H mis compañeros de clase apenas eh le gustaba ponerse en la Durante años lo llamaron San Iker, el ángel guardián de la portería española, el héroe silencioso que salvó una nación entera con sus manos, campeón del mundo, leyenda del Real Madrid, símbolo de una era dorada.

Pero hoy, a los 44 años, Iker Casillas ha roto su prolongado silencio.
Ya no hay cámaras, ya no hay ovaciones, solo una confesión que pocos esperaban oír, pero que muchos llevaban tiempo sospechando.
¿Qué ocurrió realmente tras su infarto en 2019? ¿Y por qué el hombre más admirado del fútbol terminó sintiéndose solo, olvidado y roto por dentro? Móstoles, un municipio modesto a las afueras de Madrid, vio nacer en 1981 a quien sería años después uno de los porteros más icónicos en la historia del fútbol.
Iker Casillas Fernández creció entre calles tranquilas y campos de tierra, soñando con ser futbolista mientras su padre José Luis trabajaba como funcionario del Ministerio de Educación y su madre, María del Carmen, como peluquera.
Lo suyo no fue herencia ni privilegio, fue constancia, talento precoz y una voluntad inquebrantable.
A los 9 años fue fichado por el Real Madrid y rápidamente destacó por sus reflejos felinos y su capacidad para mantenerse sereno incluso en las situaciones más tensas.

Su primera gran aparición ocurrió en 1999 con tan solo 18 años en un partido de Champions League.
Desde entonces, su ascenso fue meteórico.
En el año 2000 se convirtió en el portero más joven en disputar una final de Champions y ganarla.
Con cada temporada que pasaba, Iker se consolidaba no solo como un referente bajo los tres palos, sino como un símbolo de honestidad, humildad y liderazgo silencioso.
Mientras otros jugadores se dejaban arrastrar por la fama o el escándalo, él cultivaba una imagen serena, casi angelical.
Los medios lo bautizaron como Saniker, un sobrenombre que no parecía exagerado.
Sus atajadas eran milagrosas, su actitud ejemplar, su conexión con el público profunda.
Su consagración definitiva llegó en 2010 cuando España se coronó campeona del mundo en Sudáfrica.
Casillas fue capitán, figura y protagonista de uno de los momentos más emotivos del torneo.

El beso que le dio a su pareja la periodista Sara Carbonero en plena entrevista tras la final.
Aquella imagen dio la vuelta al mundo y consolidó a Casillas no solo como un héroe nacional, sino como un hombre aparentemente pleno, tanto en lo profesional como en lo personal.
Sin embargo, ya en aquellos gloriosos años había indicios sutiles de que no todo era perfecto.
En 2012, con la llegada de José Mourinho al banquillo del Real Madrid, comenzaron las tensiones internas.
El técnico portugués consideraba que Casillas tenía demasiada influencia en el vestuario y los rumores de filtraciones a la prensa no ayudaron.
Fue degradado al banquillo y muchos fans se dividieron entre mouriñistas y casillistas.
El ídolo comenzaba a sentir el peso de ser humano.
En 2015, tras una despedida fría y casi sin homenajes por parte del club que lo vio crecer, Casilla se marchó al FC Porto.

La conferencia de prensa, donde se le vio solo, sin directivos del Real Madrid a su lado, conmovió a miles de seguidores.
Entre lágrimas, Iker balbuceaba palabras de gratitud mientras sus ojos delataban una herida más profunda de lo que parecía.
A partir de entonces comenzó una nueva etapa en Portugal, menos presión, menos focos y más silencio.
Parecía que Iker buscaba paz, pero el destino le tenía reservadas pruebas aún más duras, porque detrás del hombre que había ganado todo, comenzaba a gestarse una tormenta silenciosa que lo obligaría a enfrentarse a sus propios límites, una tormenta que lo alejaría de los estadios y de sí mismo.
Cuando Iker Casillas llegó a Porto en 2015, muchos pensaron que era el principio de un retiro dorado, una ciudad tranquila, una liga con menos presión mediática, una nueva vida para él y su familia.
Pero bajo esa apariencia de serenidad se escondía un desgaste emocional que empezaba a notarse en lo más íntimo.
Su matrimonio, su salud, su identidad como futbolista.
Desde el inicio, su relación con Sara Carbonero fue vista como un cuento de hadas moderno.

Ella una de las periodistas más influyentes de la televisión española.
Él el capitán de la selección campeona del mundo.
La famosa entrevista y beso tras la final del mundial de 2010 no solo fue viral, se convirtió en un símbolo de amor en tiempos de gloria.
Durante años fueron la pareja dorada de España, criando a sus hijos en un entorno privilegiado bajo el afecto del público.
Pero el brillo del amor comenzó a opacarse con el paso del tiempo.
En Portugal, Sara no logró adaptarse del todo.
Su carrera periodística quedó en pausa y aunque intentó emprender nuevos proyectos, su presencia mediática disminuyó.
Las diferencias de ritmo de vida y prioridades empezaron a hacerse evidentes.

La distancia con España, la presión de estar siempre en el centro de atención y las nuevas dinámicas familiares generaron roces que, aunque no se mostraban públicamente, ya eran constantes.
Y entonces el destino golpeó con brutalidad.
El 1 de mayo de 2019, mientras entrenaba con el FC Porto, Iker Casilla sufrió un infarto agudo de miocardio, un paro cardíaco repentino que pudo haberle costado la vida.
El mundo del fútbol quedó paralizado.
Las imágenes del portero, siendo trasladado en ambulancia recorrieron todos los medios.
Durante horas se temió lo peor.
Afortunadamente, los médicos actuaron con rapidez y su vida fue salvada, pero algo en Iker cambió para siempre.
En declaraciones posteriores, Casillas confesó que pensó que no volvería a ver a sus hijos.
Durante semanas permaneció en observación y aunque se recuperó físicamente, los especialistas le recomendaron alejarse del fútbol profesional.
Aquel día no solo marcó el final de su carrera deportiva, fue también el inicio de una introspección profunda, de un silencio que se alargó por años.
Y como si el golpe no fuera suficiente, meses después su esposa Sara Carbonero fue diagnosticada con cáncer de ovario.
Dos noticias devastadoras en menos de un año, dos cuerpos al límite, dos animas que irónicamente se estaban alejando mientras más necesitaban estar juntas.
Los medios especularon cómo era posible que dos personas que habían pasado por tanto siguieran mostrándose tan fríos en público.
¿Por qué sus publicaciones en redes sociales eran cada vez más impersonales? ¿Por qué ya no se veían juntos? La respuesta llegó en marzo de 2021.
Iker Querisara anunciaron su separación en un comunicado conjunto.
Nos sentimos enormemente orgullosos de la familia que somos y de haber compartido un amor que nos ha llenado de felicidad, escribieron.
Pero detrás de esa cordialidad se escondía el dolor de una ruptura definitiva.
Casillas quedó devastado.
Si bien continuó residiendo en Madrid para estar cerca de sus hijos, su presencia pública se redujo drásticamente.
Las redes sociales eran su única ventana al mundo y aún ahí sus mensajes eran crípticos, distantes, casi apagados.
Uno de sus mensajes más enigmáticos rezaba, “No sé si callar es de sabios, pero a veces es de cobardes.
” Aquella frase encendió todas las alarmas.
Algunos medios comenzaron a hablar de un Iker Casilla sumido en una depresión silenciosa, de un campeón que ya no encontraba propósito.
Se hablaba de ansiedad, de inseguridad, de una identidad perdida tras el fútbol y el amor.
Él, sin embargo, no confirmaba ni desmentía nada, simplemente callaba.
Miraba, esperaba.
En entrevistas posteriores al borde de los 44 años, Iker comenzó a abrirse lentamente.
Admitió que el infarto le cambió la vida, que pasó noches en vela preguntándose por qué había sobrevivido, que se sintió olvidado por el Real Madrid, el club al que lo dio todo, y lo más impactante que durante meses después de su retiro no tenía ganas de vivir.
Esa fue la confesión que removió a toda España.
El hombre al que millones consideraban invencible admitía que había tocado fondo, que incluso él, Saniker, necesitaba ayuda, que no siempre fue fuerte, que había aprendido a llorar en silencio.
Tras el infarto y la retirada forzada del fútbol profesional, Iker Casillas se encontró en una tierra de nadie.
Durante más de dos décadas, su vida había tenido un sentido claro: entrenar, competir, ganar, proteger una portería.
De pronto, todo eso desapareció.
Ya no había vestuarios, ni partidos decisivos, ni esa rutina que había definido su identidad desde la adolescencia.
Y lo más doloroso no fue dejar el fútbol, fue sentir que el fútbol lo había dejado a él.
En público, Casillas intentó mostrarse sereno, agradecía a los médicos, sonreía en actos institucionales, repetía que se sentía afortunado por seguir vivo, pero en privado, según reconocería más tarde, comenzó una de las etapas más oscuras de su vida.
El silencio se convirtió en su refugio, pero también en su prisión.
intentó reinventarse.
Aceptó un cargo institucional vinculado al Real Madrid, aunque su función nunca quedó del todo clara.
Para muchos era una figura simbólica, casi decorativa, para él una señal dolorosa.
Después de haber sido capitán y emblema, ahora parecía invisible.
En varias ocasiones, personas de su entorno dejaron entrever que Casilla se sentía apartado, poco escuchado, incluso incómodo en la casa que había sido su hogar durante tantos años.
En 2020 anunció su intención de postularse a la presidencia de la Real Federación Española de Fútbol.
El anuncio fue recibido con sorpresa y esperanza por algunos sectores, pero el proyecto nunca llegó a consolidarse.
Iker retiró su candidatura sin demasiadas explicaciones.
Otro intento fallido, otra puerta que se cerraba.
Mientras tanto, su vida personal seguía resquebrajándose.
La separación definitiva de Sara Carbonero lo obligó a enfrentarse a la soledad.
Aunque ambos mantuvieron una relación cordial por el bien de sus hijos, Casillas confesó después que aquel fue el momento en el que realmente sintió que había tocado fondo.
Cuando todo se detiene a la vez, no sabes dónde agarrarte, diría años más tarde.
Las redes sociales se convirtieron en un reflejo de su estado emocional.
Mensajes breves, frases ambiguas, reflexiones sobre el paso del tiempo y el olvido.
En una de ellas escribió: “Ser fuerte no es no caer, es levantarse cuando nadie te ve.
” Muchos interpretaron esas palabras como una súplica silenciosa.
Los rumores no tardaron en crecer.
Se hablaba de depresión, de ansiedad, de miedo constante a un nuevo episodio cardíaco.
Personas cercanas afirmaban que Iker vivía con una sensación permanente de fragilidad, como si su cuerpo ya no le perteneciera.
Cada molestia, cada latido extraño, despertaba el recuerdo del día en que estuvo a minutos de morir.
Fue entonces cuando poco a poco comenzó a decir lo que durante años había evitado.
En entrevistas concedidas ya entrada la década de los 40, Casillas admitió que pasó meses sin rumbo, sin ilusión, preguntándose quién era sin los guantes, sin el estadio, sin la ovación.
reconoció que se sintió prescindible, reemplazable, olvidado y que esa sensación para alguien que había vivido siempre bajo el reconocimiento, fue devastadora.
Lo tenía todo y de repente no tenía nada, confesó.
Aquella frase resumía su caída.
No una caída pública, no un escándalo, sino algo mucho más profundo, la caída interior de un ídolo que descubrió que la gloria no protege del vacío.
Ese fue el momento en el que Iker Casillas dejó de fingir fortaleza cuando aceptó que necesitaba ayuda, cuando entendió que sobrevivir no era suficiente, había que aprender a vivir de nuevo.
Aceptar que había tocado fondo no fue el final de Iker Casillas, fue paradójicamente el comienzo de algo nuevo.
No un regreso triunfal ni una revancha pública, sino un proceso íntimo, lento y silencioso, el de reconciliarse consigo mismo.
Por primera vez en su vida, el hombre que había sido entrenado para resistir, para no mostrar debilidad, entendió que pedir ayuda no era rendirse.
Casillas comenzó un camino de introspección lejos de los focos, terapia, conversaciones privadas, largas caminatas, tiempo con sus hijos.
Aprendió a escuchar su cuerpo, a convivir con el miedo, a aceptar que su corazón ya no era el leantes y que eso no lo hacía menos valioso.
Durante meses evitó los grandes escenarios, rechazó entrevistas y apariciones innecesarias.
Necesitaba reconstruirse sin la presión de ser saniker.
Poco a poco empezó a hablar no con titulares grandilocuentes, sino con palabras medidas honestas.
En una charla pública sobre salud mental y deporte, reconoció que había pasado noches enteras sin dormir, preguntándose por qué había sobrevivido cuando tantos otros no lo habían hecho.
Confesó que la fama no lo había preparado para el vacío posterior y que el silencio al que siempre había recurrido como protección casi lo destruye.
La relación con Sara Carbonero, aunque ya no era sentimental, encontró un nuevo equilibrio.
Ambos priorizaron a sus hijos y aprendieron a acompañarse desde otro lugar, más maduro y menos idealizado.
Casillas entendió que algunas historias no fracasan, simplemente se transforman y que el amor a veces también consiste en saber soltar.
En este proceso de reconstrucción, Iker comenzó a implicarse en causas sociales relacionadas con la prevención cardíaca y la salud emocional de los deportistas retirados.
Habló con jóvenes atletas sobre el miedo a fallar, sobre la presión de ser un referente, sobre lo difícil que es dejar de serlo.
Su voz, antes tímida, empezó a tener un nuevo peso.
Ya no era la del campeón invencible.
sino la del hombre que había sobrevivido a sí mismo.
En una de sus declaraciones más sinceras, dijo, “No soy el mismo de antes y está bien.
He aprendido que la vida no me debía nada, pero yo sí me debía cuidarme.
” Aquellas palabras emocionaron a miles de personas que, sin haber levantado copas ni jugado finales, se reconocieron en su fragilidad.
Casillas no volvió a ponerse los guantes, pero recuperó algo mucho más importante, el sentido.
Comprendió que su valor no estaba en las paradas imposibles, ni en los trofeos, ni en el aplauso eterno.
Estaba en seguir adelante, en estar presente para sus hijos, en atreverse a vivir sin armadura.
Y así, sin ruido, sin promesas épicas, el antiguo ídolo empezó a sanar.
Hoy, a los 44 años, Iker Casillas vive una vida distinta.
Ya no hay estadios que lo ovacionen, ni portadas que griten su nombre, ni rivales que lo reten cada fin de semana.
Su mundo es más silencioso, más íntimo y también más real.
El hombre que alguna vez fue considerado un semidios del fútbol ha aprendido a convivir con sus cicatrices.
Algunas visibles, otras invisibles, todas profundas.
A veces la mayor victoria no está en levantar una copa, sino en levantarse uno mismo del suelo cuando todo parece perdido.
Casillas no ha vuelto a ser el mismo y quizás ese sea el mayor regalo que le dejó la vida después del infarto.
Ha perdido el brillo de la fama, pero ha ganado el peso de la palabra.
ha dejado de ser símbolo para convertirse en ser humano.
Y en esa humanidad frágil, herida, valiente, hay una belleza que el público apenas comienza a comprender.
Quedan preguntas en el aire.
¿Qué habría pasado si el Real Madrid lo hubiera despedido como menecía? ¿Habría resistido mejor la tormenta si no hubiera estado tan solo? Y cuántos ídolos más están atravesando batallas silenciosas mientras el mundo exige que siempre sonrían.
Tal vez nunca sabremos todas las respuestas, pero si algo nos ha enseñado esta historia es que incluso los más grandes necesitan caer para volver a empezar y que al final la vida no se mide en títulos, sino en la capacidad de seguir respirando cuando todo arde por dentro.
M.