A los 70 años, María Sorté finalmente admite lo que todos sospechábamos

Durante años, el rostro de María Sorté

fue sinónimo de dulzura y serenidad. En

las telenovelas mexicanas encarnó a la

madre perfecta, a la esposa fiel, a la

mujer que nunca se quebraba. Su sonrisa

llenaba los hogares y su voz, tan suave

María Sorté revela que tuvo un aborto en plena grabación de un programa

como un arrullo, parecía venir de otro

tiempo. Pero detrás de esa imagen

impecable, detrás de las luces y los

aplausos, existía una historia que nunca

La vez que García Harfuch salió en portada de revista con su mamá, María  Sorté

quiso contar. Por más de dos décadas,

María vivió con un secreto que le

oprimía el pecho, un silencio tan pesado

que, según sus propias palabras, a veces

dolía más que el recuerdo mismo. Porque

Quiénes son los papás de Omar García Harfuch?

aquel 29 de noviembre del año 2000 su

vida cambió para siempre. Su esposo, el

jefe policial José Harfuch, fue

asesinado en circunstancias turbias. Los

informes hablaron de un asalto, pero

Omar García Harfuch y su audición en Televisa, así lo recuerda su madre, María  Sorté - El Sol de México | Noticias, Deportes, Gossip, Columnas

María sabía que no era cierto. No fue un

robo, dijo, fue un mensaje. Y con esa

frase, 20 años después rompió el muro

del miedo. Hoy, a los 70 años, María

Sorté finalmente habla. No busca

compasión ni fama, solo verdad. Detrás

de su elegancia se esconde una herida

que nunca cerró y una fortaleza que

pocos imaginan. Esta es la historia de

una mujer que sobrevivió al dolor, al

silencio y al precio de la fama. En el

norte de México, entre el polvo del

desierto y el eco de los trenes que

cruzaban el horizonte, nació una niña

llamada María Harfuidalgo.

En su casa humilde de Camargo,

Chihuahua, la vida transcurría entre

rezos, tareas y la radio encendida.

Mientras otras niñas jugaban con

muñecas, María prefería sentarse frente

al espejo del pasillo imitando las voces

que escuchaba en las radionovelas.

Su madre, una mujer religiosa y severa,

soñaba con verla casada y estable, pero

su padre, antes de morir cuando ella

tenía apenas 10 años, le dejó una frase

que marcaría su destino. Tienes fuego en

la voz, hija, que nunca te lo apaguen.

Esa chispa fue su brújula. A los 15 años

se trasladó a la ciudad de México

amparada por una tía que creyó en su

talento. El cambio fue abrumador del

silencio del desierto a la borágine de

una capital que no perdona el miedo. Por

presión familiar se inscribió en la

facultad de medicina intentando

convencerse de que la estabilidad valía

más que los sueños, pero en su interior

ardía otra verdad. Una tarde, sin avisar

a nadie, tomó un autobús hacia los

estudios de Televisa y se presentó a un

casting. No llevaba fotos, solo su

convicción. Los productores quedaron

cautivados por su dicción impecable y su

mirada profunda, esa mezcla de dulzura y

melancolía que más tarde la convertiría

en símbolo de elegancia. Su debut llegó

en 1974

en una telenovela menor que apenas tuvo

repercusión, pero bastó para que los

directores la notaran. María no necesitó

escándalos para hacerse un nombre. Su

disciplina y serenidad la distinguían en

un medio donde la vanidad solía devorar

talentos. Durante los primeros años de

su carrera, aprendió a modular la voz, a

dominar la cámara, a construir

personajes con una verdad emocional que

conmovía al público. No buscaba ser

famosa, buscaba trascender. Mientras

muchas competían por portadas, ella

estudiaba guiones y pasaba horas en los

foros, perfeccionando cada gesto, cada

pausa. Su carrera tomó forma en una

época donde las mujeres del espectáculo

eran vistas más como adornos que como

artistas. María, sin embargo, rompió esa

percepción con una presencia distinta,

pausada, elegante y segura. No

necesitaba levantar la voz para llenar

una escena. Su silencio decía más que

cualquier diálogo. En cada personaje

depositaba algo de sí misma. la ternura

de su infancia, la disciplina que heredó

de su madre y la sensibilidad que su

padre supo ver cuando aún era una niña.

Durante los primeros años 80, su nombre

empezó a figurar junto al de las grandes

estrellas del momento. En los foros de

Televisa, los técnicos decían que María

tenía una luz propia, una energía que la

cámara captaba con devoción. Entre

grabaciones y ensayos, aprendió que la

fama no se mide por los aplausos, sino

por la capacidad de seguir siendo uno

mismo cuando las luces se apagan. Aún en

medio del reconocimiento, María

conservaba un aire de misterio. No

frecuentaba fiestas ni escándalos.

Prefería volver a casa, leer guiones,

cuidar de su familia y observar el mundo

con esa calma que más tarde se

convertiría en su sello personal.

quienes trabajaron con ella decían que

era de esas personas que transformaban

el ambiente solo con entrar al set. Poco

a poco, aquella joven del norte se

convirtió en símbolo de la mujer

mexicana moderna, fuerte, discreta y con

una belleza que trascendía la pantalla.

había cumplido su promesa. El fuego de

su voz seguía encendido, guiándola hacia

un destino brillante. Lo que nadie

imaginaba es que detrás de esa calma

perfecta se avecinaba la tormenta que

pondría a prueba todo lo que había

construido. El amor llegó a la vida de

María Sorté cuando su carrera comenzaba

a florecer. En una cena de beneficencia

conoció a José Harfuch, un joven oficial

de mirada firme y modales discretos.

Él no sabía que ella era una actriz en

ascenso y ella ignoraba que él

pertenecía a una familia con profundas

raíces en el poder. Fue una conversación

breve, casi casual, pero suficiente para

encender una conexión que ninguno de los

dos pudo explicar. Pocos meses después

se casaron. El matrimonio sorprendió a

muchos. En un mundo de cámaras y

rumores, María optó por el silencio, por

un amor que se vivía lejos de los

reflectores. “Prefiero una casa en paz

que un titular escandaloso”, decía con

una sonrisa tímida. Y así fue

construyendo su refugio familiar, una

vida discreta en la que cada gesto se

medía con ternura. Tuvieron dos hijos,

Omar y Adrián, y María se convirtió en

el centro emocional de su hogar. Grababa

hasta altas horas de la noche, pero

siempre regresaba para prepararles el

desayuno. Evitaba fiestas, entrevistas

innecesarias o fotos sin sentido.

Quienes la conocían decían que era una

mujer de otra época, donde la fama se

llevaba con dignidad. Durante algunos

años todo fue armonía. José ascendía en

la policía judicial mientras María

consolidaba su reputación como actriz

seria, confiable, incapaz de fingir

fuera del set.

Pero cuando los ascensos de su esposo se

volvieron más notorios, también

comenzaron las sombras. Llamadas

extrañas, autos que la seguían, miradas

que no sabía interpretar. Ella,

acostumbrada al drama ficticio, empezó a

vivir su propio thriller silencioso.

Nunca habló de ello públicamente, pero

sus allegados notaban su inquietud.

Dormía poco, evitaba salir sola,

revisaba las herraduras una y otra vez.

La noche del 29 de noviembre del año

2000 lo cambió todo. José fue asesinado

a balazos en la ciudad de México. Los

reportes oficiales hablaron de un asalto

fallido, pero algo en el silencio de

María delataba una historia distinta. No

hubo declaraciones, no hubo lágrimas en

televisión, solo una imagen que quedó

grabada en la memoria colectiva. María,

vestida de negro sosteniendo con fuerza

la mano de su hijo Omar mientras

caminaban detrás del ataúd. Esa

fotografía recorrió todos los periódicos

del país. Durante semanas desapareció

del ojo público. Nadie sabía dónde

estaba ni qué planeaba hacer. Se

especuló que abandonaría la actuación,

que se retiraría para siempre, pero

pocos meses después sorprendió a todos

regresando a los foros de Televisa.

Cuando le preguntaron por qué había

vuelto, respondió con una serenidad

desarmante. Actuar fue mi medicina. Si

no trabajaba, me moría por dentro. Su

regreso fue con la telenovela Entre el

amor y el odio. En 2002, interpretaba a

una mujer fuerte, marcada por la pérdida

y la traición. No era ficción, era

catarsis. En cada escena se notaba un

dolor real, una vulnerabilidad que

traspasaba la pantalla. Los críticos

coincidieron en que aquella fue la

actuación más intensa de su carrera.

María no estaba representando a un

personaje, estaba exorcizando su propio

pasado. Con el tiempo, su figura se

transformó en un símbolo de resilencia.

Ya no era la joven romántica que soñaba

con el amor eterno, sino la mujer que

había aprendido a sobrevivir a lo

irreparable. Pero aunque las luces

volvieron a encenderse a su alrededor,

dentro de ella seguía ardiendo una

pregunta sin respuesta. ¿Por qué mataron

a José? Y sobre todo, ¿hasta cuándo

podría seguir viviendo con ese silencio?

Los años siguieron su curso y aunque el

tiempo parecía haber cerrado algunas

heridas, en el fondo María Sortés sabía

que la paz era apenas una ilusión. Su

hijo mayor, Omar García Jarfuch había

heredado el temple y la vocación de su

padre. Desde joven mostró un carácter

decidido, disciplinado, casi

inquebrantable.

Cuando anunció que seguiría una carrera

en la policía, María lo abrazó en

silencio. No quería detenerlo, pero su

corazón se estremecía con una mezcla de

orgullo y miedo. “Prométeme que vas a

cuidarte”, le dijo aquella tarde, sin

imaginar que dos décadas más tarde esas

palabras resonarían como una profecía. A

lo largo de los años, María lo acompañó

a distancia. Nunca habló públicamente de

su hijo para no exponerlo, pero quienes

la conocían sabían que vivía pendiente

de cada paso que él daba. En su casa

guardaba recortes de periódicos,

fotografías y medallas, como si

intentara protegerlo con recuerdos. Sin

embargo, el 26 de junio de 2020, la

historia volvió a repetirse. Ese día, en

plena Ciudad de México, Omar sufrió un

atentado brutal. Más de 400 disparos

impactaron su camioneta. Dos escoltas

murieron en el acto. Él sobrevivió

milagrosamente con heridas graves. La

noticia se propagó como un relámpago.

México entero contuvo la respiración y

María, al enterarse corrió al hospital

sin pensar en nada más. Testigos la

vieron llegar vestida de blanco con el

rostro pálido y los ojos perdidos. no

habló con la prensa, solo entró a la

habitación y se sentó junto a su hijo,

acariciándole la mano vendada. En ese

gesto silencioso se condensaron 20 años

de dolor contenido. Era el mismo

movimiento que había hecho el día del

funeral de José. Durante los días

siguientes, la actriz se mantuvo al

margen de los titulares, pero algo

dentro de ella se quebró. por primera

vez en dos décadas comprendió que el

silencio no había protegido a nadie, que

callar no había salvado a su familia.

Días después, en una breve llamada

telefónica con un periodista de

confianza, pronunció las palabras que

cambiarían todo. Mi esposo no murió en

un asalto. No fue un accidente, fue algo

mucho más grande. Me lo advirtieron. Si

hablaba ponía en peligro a mis hijos.

Por eso me tragué el dolor. Pero ahora,

después de ver lo que pasó con Omar, ya

no puedo callar más. Esa confesión

recorrió las redacciones del país como

un terremoto. Los medios la titularon

como La revelación inesperada y durante

semanas su nombre volvió a ocupar los

titulares. Se hablaba de conspiraciones,

de encubrimientos, de secretos

enterrados. María, sin embargo, no dio

más detalles. Dijo lo suficiente para

romper 20 años de miedo, pero no tanto

como para volver a poner a los suyos en

riesgo. Esa entrevista marcó un antes y

un después. Por primera vez, el público

comprendió que detrás de la actriz

elegante había una mujer que había

sobrevivido a dos tragedias idénticas y

que su silencio no había sido cobardía,

sino un acto de amor. En medio de la

conmoción mediática, María volvió a los

escenarios, esta vez en el teatro.

estrenó una obra íntima sobre la

pérdida, el perdón y la fortaleza

interior. Cada noche, frente al público,

se desnudaba emocionalmente, no

interpretaba, revivía. Y cuando el telón

caía, algunos espectadores aseguraban

que podían verla llorar discretamente

entre aplausos. No era actuación, era

liberación. Así, con voz serena y mirada

firme, María cerró el círculo del

silencio que la había acompañado por dos

décadas. No necesitó pruebas ni

explicaciones. Bastó su verdad para que

el país entendiera que detrás de su

aparente calma se escondía una historia

de coraje, miedo y amor incondicional.

Después de su confesión, María Sorté

volvió a sentirse expuesta. Los

titulares la perseguían. Los periodistas

llamaban a su puerta y las redes

sociales resucitaron viejas heridas. Sin

embargo, ella no buscó esconderse, solo

eligió el silencio de otra manera, ya no

como refugio del miedo, sino como escudo

de paz. Durante los primeros meses

posteriores a la entrevista, se alejó

del bullicio del espectáculo y redujo su

círculo a unas pocas personas de

confianza. Pasaba los días entre

lecturas, plantas y recuerdos. “He

vivido tanto que ya no necesito

demostrar nada”, dijo una vez a una

amiga cercana. Aún así, el peso

emocional seguía cobrándole factura.

Sufría insomnio, ansiedad y ataques de

pánico antes de cada grabación. Hubo

días en los que su cuerpo se negaba a

seguir. En 2015 llegó incluso a

desvanecerse en su casa producto del

agotamiento físico y emocional. Fue

hospitalizada brevemente y aunque el

hecho pasó casi inadvertido por los

medios, quienes la conocían entendieron

que su cuerpo estaba gritando lo que su

alma llevaba años callando. Desde

entonces, aprendió a vivir con cuidado,

a medir cada paso, cada palabra. dejó de

aceptar proyectos largos, rechazó viajes

fuera de la ciudad y cambió varias veces

de número telefónico.

El miedo a perder a alguien más la

acompañaba como una sombra silenciosa. A

pesar de ello, nunca abandonó por

completo su profesión. Decía que actuar

era su forma de seguir respirando, de

recordarse viva. Su vida amorosa también

se volvió un terreno prohibido. No

volvió a presentar a ninguna pareja en

público. Aunque se le vinculó con algún

empresario y un productor de televisión,

ella jamás confirmó nada. Quienes la

rodean aseguran que años más tarde vivió

una historia breve y sincera con un

hombre que la hizo reír de nuevo. No

buscaba eternidad. dijo una vez, “Solo

Consuelo.” Aquellas palabras resumían

todo su viaje, la necesidad de encontrar

paz en medio del dolor. Con el paso del

tiempo, su refugio se volvió su hogar.

Vive en una casa sobria en la Ciudad de

México, rodeada de fotos familiares,

plantas y un piano que casi nunca toca.

“Me gusta sentir las teclas frías”, ha

dicho, como las palabras que decidí

callar. Cada mañana camina con sus

perros, cocina para sus nietos y lee

novelas de misterio. Ha aprendido que la

rutina puede ser también una forma de

sanación. Cuando habla de sus nietos,

los ojos se le iluminan con la misma

chispa de sus primeros papeles. Son su

oxígeno, su motivo, su risa más pura.

Con ellos canta canciones de su infancia

y les enseña que la fuerza no siempre se

grita, a veces se susurra. Su relación

con Omar, hoy figura pública y hombre de

poder, es profunda, pero discreta. Lo

admira, lo respeta, pero sobre todo lo

protege. “Sigue siendo mi niño”, dice

aquel que una noche me pidió dormir con

la luz encendida. En los últimos años,

María ha rechazado múltiples ofertas de

televisión. Solo volvería, dice, si

encuentra un papel que le hable alma.

Sueña con protagonizar una obra teatral

sobre la dignidad de envejecer con

historia, sobre las mujeres que

aprendieron a sobrevivir al dolor sin

perder la ternura. En ella no hay rastro

de arrogancia ni de rencor. Solo queda

la serenidad, las arrugas y una mirada

que lo ha visto todo. Hoy, a los 70

años, María Sorté vive sin buscar

titulares, sin perseguir aplausos. ha

aprendido que el verdadero éxito no se

mide en premios ni en rating, sino en la

capacidad de seguir de pie después de

haberlo perdido todo. En su rostro se

dibujan las huellas del tiempo, pero

también las marcas de una resistencia

silenciosa.

Ya no necesita gritar para ser

escuchada. Su voz pausada contiene más

verdad que cualquier escándalo. En un

mundo donde la fama promete eternidad,

María se convirtió en prueba viviente de

que el brillo también puede doler.

Durante décadas fue la actriz perfecta,

la madre ejemplar, la figura intocable.

Pero detrás del personaje había una

mujer que sufrió, que amó, que temió y

que aún así eligió no rendirse. Su

historia nos recuerda que la fragilidad

también es una forma de fuerza y que

incluso los silencios pueden hablar

cuando se escuchan con el corazón. Hoy

dedica sus días a lo esencial, cocinar,

leer, cuidar de los suyos y disfrutar

del rumor tranquilo de la vida. A veces

se sienta frente al piano y deja que el

silencio la abrace. “Ya no quiero

respuestas”, ha dicho. Solo paz. Porque

al final el mayor legado de María Sorté

no son sus papeles ni sus premios, sino

la lección que deja a quienes la

admiran. Que la fama no inmuniza contra

el dolor, que el amor no siempre salva,

pero que la dignidad nunca muere. ¿Y tú

crees que la fama protege o aísla?

Déjanos tu opinión en los comentarios.

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