A sus 68 años, Gloria Estefan rompió el silencio y admitió lo que todos pensábamos.

En una noche cualquiera de los años 80, cuando el mundo entero bailaba al compás de Conga y Rid Me Get You, una mujer menuda de ojos profundos y voz de terciopelo se convertía en la reina indiscutida de la música latina en Estados Unidos.

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Su nombre era Gloria Stefan, la muchacha cubana que había llegado a Miami con apenas dos años, huyendo de la revolución y que décadas después haría temblar los escenarios desde Madrid hasta Tokio.

Millones la adoraban por su sonrisa radiante, por esa energía que parecía inagotable, por la manera en que transformaba el dolor en fiesta.

Pero detrás de cada aplauso, detrás de cada flash de cámara, había una historia que muy pocos conocían.

Una historia de heridas que nunca cerraron del todo, de lágrimas que se guardaron en silencio, de secretos que pesaron más que cualquier trofeo.

Esta noche, queridos oyentes, vamos a apagar las luces del escenario y a encender una sola lámpara en el camerino donde Gloria, ya sin maquillaje, se enfrentó a sus demonios más profundos.

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Prepárense, porque lo que viene no es una biografía de éxitos, es el relato de una mujer que tuvo que aprender a caminar dos veces en la vida.

literal y metafóricamente, y que aún hoy lleva cicatrices que ni el tiempo ni la fama han logrado borrar por completo.

Hay un momento que Gloria Stefan nunca ha podido contar sin que la voz se le quiebre.

No fue la muerte de su padre, aunque aquello también la marcó para siempre.

No fue tampoco el exilio infantil ni los años de pobreza en mí.

El dolor más grande, el que le atraviesa el alma a cada vez que lo recuerda, ocurrió una tarde de marzo de 1990, cuando un camión chocó contra la parte trasera del autobús de gira, en el que viajaba la familia Stefan por una carretera nevada de Pennsylvania.

Gloria quedó inmóvil en el suelo con la columna vertebral fracturada en dos lugares.

Los médicos le dijeron que tal vez nunca volvería a caminar.

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Tenía 32 años, dos hijos pequeños y una carrera en la cima del mundo.

Y de pronto todo se volvió oscuridad.

Aquel llanto de gloria fajardo fue el sonido más desgarrador que la cantante ha escuchado jamás, porque en ese instante comprendió que ya no era solo una hija, se había convertido en el pilar de toda una familia que había depositado en ella sus sueños de redención.

Su madre había trabajado cosciendo uniformes militares, limpiando casas, haciendo cualquier cosa para que sus hijas tuvieran una vida mejor que la que ella tuvo en la Habana.

Y de repente esa hija que había logrado lo imposible, que había puesto el nombre de Cuba en el mapa del mundo entero, estaba rota, rota de verdad.

Y la madre por primera vez no tenía fuerzas para seguir adelante.

Gloria guarda ese recuerdo como la herida que nunca cierra.

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Dice que hay noches en que todavía escucha el llanto de su madre resonando en su cabeza como un eco que se niega a desaparecer.

Incluso hoy cuando tiene 68 años y ha vendido más de 100 millones de discos cuando la llaman la madre del pop latino y tiene una estrella en el paseo de la fama, cuando puede llenar estadios con solo anunciar su nombre, ese llanto sigue siendo su dolor más grande.

Porque ninguna ovación, ningún grami, ningún reconocimiento ha logrado borrar la imagen de su madre destrozada junto a su cama de hospital.

Esa fue la única vez, oh, que Gloria sintió que le había fallado a alguien, no a sus fans, no a la industria, sino a la mujer que le dio la vida dos veces.

La primera al nacer, la segunda al sacarla de Cuba.

Y sin embargo, fue precisamente ese dolor el que le dio la fuerza más brutal que jamás había sentido.

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Porque cuando vio a su madre llorar, Gloria tomó una decisión en silencio.

Si salía de esa cama, no sería solo por ella, sería por su madre.

por su padre que había muerto joven, por sus hijos que la necesitaban de pie, por todos los inmigrantes que veían en ella la prueba de que los sueños sí se cumplen en este país.

Y así, con el llanto de su madre como motor, empezó la batalla más dura de su vida.

Si hay algo que el mundo siempre envidió de Gloria Stefan, además de su voz, fue su matrimonio con Emilio Stefan.

Se conocieron en 1975 en una boda en Miami.

Ella tenía 17 años, él 22.

Él era el tecladista de la Miami Sound Machine.

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Ella una estudiante de psicología que cantaba los fines de semana para ayudar en casa.

Emilio la escuchó cantar para vigilar y supo inmediatamente que esa muchacha tímida, de ojos enormes, iba a cambiarle la vida.

Dos años después, el 2 de septiembre de 1978, se casaron en una ceremonia sencilla en la iglesia del Corpus Cristi.

Nadie imaginaba que ese matrimonio duraría casi medio siglo y resistiría accidentes, enfermedades, fama desmedida y todas las tentaciones que trae el éxito.

que hace único al matrimonio, Stefan, no es que nunca hayan peleado, porque han peleado y mucho, sino que nunca se han separado ni un solo día en el plano creativo y emocional.

Emilio fue quien empujó a Gloria a ser la voz principal de la banda cuando ella quería quedarse en los coros.

Fue él quien insistió en grabar canciones en inglés cuando el resto del grupo quería seguir solo en español.

Fue él quien la noche del accidente se negó a abandonar el hospital ni un segundo, durmiendo en sillas incómodas durante meses.

Y fue Gloria a quien, cuando Emilio sufrió un infarto en 2010, dejó todo para cuidarlo como él la había cuidado a ella 20 años antes.

Muchos creen que el secreto es que trabajan juntos.

Prutín producen, componen, deciden todo en pareja, pero la verdad es más profunda.

Ellos se consideran literalmente dos mitades de una misma alma.

Gloria ha dicho en más de una ocasión que Emilio es la única persona en el mundo que la conoce completamente, incluso las partes que ella misma prefiere no ver.

Él sabe cuando está fingiendo una sonrisa en una entrevista.

Ella sabe cuando él está agotado, aunque diga que todo está bien.

Se hablan con la mirada, se entienden con medio gesto, han construido un lenguaje propio que nadie más comprende.

Hubo un momento especialmente revelador en 1971, cuando Gloria estaba en plena rehabilitación y los médicos le dijeron que tal vez nunca volvería a bailar.

Emilio llegó al hospital con una grabadora y le puso la maqueta de Coming out of the dark, la canción que había escrito para ella.

La letra decía, “Desde la oscuridad estoy saliendo.

Hacia la luz vuelvo a caminar.

” Gloria lloró tanto que las enfermeras pensaron que había tenido una recaída, pero eran lágrimas de agradecimiento porque entendió que Emilio no solo era su esposo, era sus salvavidas, su brújula, su razón para seguir luchando cuando todo parecía perdido.

50 años después de aquella boda en Corpus Cristi, siguen durmiendo abrazados, siguen componiendo juntos todas las noches, siguen terminando las frases del otro.

Sus hijos Nayib y Emily crecieron viendo a sus padres besarse en la cocina, discutir sobre una nota musical y reconciliarse 5 minutos después con una carcajada.

Y cuando les preguntan cuál es el secreto, ambos responden lo mismo.

Nos elegimos todos los días.

No fue solo aquella vez en 1978.

Es cada mañana cuando abrimos los ojos.

Durante años, cuando alguien le preguntaba a Gloria Stefan si había algo en su vida que nunca había contado públicamente, ella sonreía con esa sonrisa perfecta de estrella y cambiaba de tema.

Pero había una verdad que cargó en silencio durante casi 40 años.

Una verdad tan dolorosa que ni siquiera Emilio conocía todos los detalles hasta mucho después.

En 1959, cuando Gloria tenía apenas 2 años, su padre José Fajardo fue arrestado en Cuba, acusado de haber colaborado con la CIA.

Pasó 18 meses en el campo de concentración de la cabaña, el mismo lugar donde fusilaron a cientos de personas.

Su madre logró sacarlo con vida gracias a contactos y sobornos, pero el precio fue altísimo.

Tuvieron que abandonar todo y huir a Miami como refugiados.

Lo que Gloria nunca contó fue que durante esos meses de prisión, su madre recibió la noticia de que su esposo había sido ejecutado.

Le mostraron incluso un papel falso con la firma.

Gloria Fajardo, embarazada de su segunda hija, vivió tres días creyendo que era viuda y que sus hijas crecerían sin padre.

Cuando José apareció vivo en el aeropuerto de Miami, flaco como un espectro y con la mirada perdida, su esposa se desmayó en sus brazos.

La pequeña gloria que apenas hablaba, vio toda la escena.

Y aunque era muy niña, algo quedó grabado para siempre en su memoria.

la imagen de su madre cayendo al suelo y la certeza infantil de que el mundo podía terminar en cualquier momento.

Ese trauma infantil se convirtió en el gran secreto de gloria.

Durante décadas sufrió ataques de pánico que ocultaba magistralmente.

En plena gira mundial, en hoteles de lujo, se encerraba en el baño a llorar sin hacer ruido para que nadie la escuchara.

tenía terror a los aviones, terror a perder a sus hijos, terror a que todo lo que había construido se derrumbara de un día para otro, como le pasó a su familia en Cuba.

Y cada vez que subía a un escenario y sonreía, estaba venciendo ese miedo ancestral que le susurraba que la felicidad nunca dura.

Solo en 2018, con 61 años, decidió hablar públicamente por primera vez.

Lo hizo en una entrevista para una cadena española y cuando terminó de contar la historia, rompió a llorar frente a las cámaras.

Durante mucho tiempo pensé que si hablaba de esto le daría poder al miedo.

Dijo, “Pero hoy entiendo que el silencio era lo que le daba poder.

Desde entonces ha convertido esa herida en bandera.

Habla abiertamente de salud mental, de los traumas del exilio, del miedo que todos llevamos dentro.

Aunque sonríamos para las fotos.

Y así la reina del pop latino, que parecía tenerlo todo, reveló finalmente que también había sido una niña aterrorizada que vio a su madre creer que era viuda.

Una adolescente que cuidó a su padre enfermo de esclerosis múltiple.

una mujer que sonreía en los escenarios mientras luchaba contra ataques de pánico.

Y al contar su secreto, no se hizo más pequeña, se hizo inmensa, porque demostró que incluso las reinas tienen cicatrices y que la verdadera fuerza no es no tener miedo, sino cantar aunque te tiemble la voz.

El 20 de marzo de 1990, a las afueras de Scranton, Pennsylvania, un camión cargado de madera perdió el control en una carretera helada y envistió el autobús de gira de los Miami Sound Machine.

El impacto fue tan brutal que el vehículo se salió de la vía y rodó varias veces.

Gloria quedó tendida boca abajo en el pasillo central, incapaz de mover las piernas.

Sintió un crujido en la espalda, como si alguien hubiera partido una rama seca dentro de su cuerpo.

Cuando intentó gritar, solo salió un hilo de voz.

Emilio corrió hacia ella y la encontró pálida, con los ojos abiertos de par en par.

repitiendo una sola frase, no siento nada.

No siento nada.

Los paramédicos tuvieron que cortarle la ropa para colocarla en una camilla rígida.

En ese instante, Gloria supo que su vida acababa de dividirse en dos, antes y después del choque.

En el Hospital Community Medical Center de Scranton le hicieron las primeras radiografías.

La columna estaba fracturada en la vértebra lumbar L1 y había una dislocación completa entre la primera y la segunda lumbar.

El neurocirujano jefe, el Dr.

Michael Soboleevski, le explicó con voz grave que tenía dos opciones.

Una cirugía experimental con tornillos de titanio que nadie había probado en una paciente tan joven y famosa o quedarse paralítica el resto de su vida.

Gloria, todavía bajo los efectos de la morfina, miró a Emilio y dijo, “Haz lo que tengas que hacer, pero quiero volver a abrazar a mis hijos de pie.

” La operación duró 9 horas y media.

Le insertaron dos barras de acero de 30 cm y ocho tornillos que atravesaban hueso y músculo.

Cuando despertó, el dolor era tan intenso que pidió que la volvieran a dormir.

Durante semanas, cada movimiento era una guerra.

Los primeros meses de rehabilitación fueron un infierno que nadie vio.

Gloria pasó tres meses en el hospital de Nueva York, inmovilizada en una cama giratoria que la volteaba a cada dos horas para evitar úlceras.

No podía sentarse, no podía bañarse sola, no podía ni siquiera abrazar a sus hijos sin que alguien la sostuviera.

Nayib, que tenía 9 años, y Emily, que tenía cinco, entraban a la habitación y se quedaban paralizados al ver a su madre convertida en un cuerpo lleno de cables y tubos.

Gloria se obligaba a sonreír, pero por dentro se moría de vergüenza y de rabia.

En las noches, cuando todos se iban, lloraba hasta quedarse sin lágrimas.

Se preguntaba si alguna vez volvería a usar tacones, a bailar salsa, a correr detrás de sus niños en la playa de Callo Vizcaíno.

El verdadero calvario comenzó cuando la trasladaron a casa.

tenía que aprender a caminar de nuevo con un corsé de acero que le llegaba hasta el cuello y le pesaba 8 kg.

El fisioterapeuta llegaba todas las mañanas a las 6 y la obligaba a hacer ejercicios que le arrancaban gritos.

Una vez más, gloria, una vez más, le repetía.

El hombre, mientras ella sudaba y temblaba como una hoja, hubo días en que caía al suelo y no podía levantarse.

Emilio la cargaba en brazos hasta la cama y ella lloraba de impotencia contra su pecho.

Había perdido 11 kg.

Tenía y el pelo opaco y los ojos hundidos.

Los espejos de la casa estaban cubiertos con sábanas porque no soportaba verse.

En una ocasión, una amiga la visitó y le dijo con buena intención, “Qué suerte que tienes a Emilio!” Gloria la miró fijamente y respondió, “La suerte sería no necesitarlo para ir al baño.

Durante 14 meses no pudo subir escaleras, no pudo conducir, no pudo cargar a su hija en brazos.

Cada pequeño avance era una victoria épica.

La primera vez que logró estar de pie 15 segundos sin ayuda, la primera vez que dio tres pasos sosteniéndose de las barras paralelas.

La primera vez que se sentó en el piano y tocó una nota sin que le doliera la espalda, pero también había retrocesos que la hundían.

Una infección en los tornillos la obligó a volver al quirófano.

Una caída en el baño le luxó el hombro y cada vez que creía estar mejor, el dolor volvía como una ola traicionera.

En su diario escribió una frase que nunca mostró a nadie.

A veces pienso que sería más fácil rendirme, pero luego recuerdo el llanto de mi madre y me da vergüenza siquiera pensarlo.

El 5 de abril de 1991, exactamente un año y 16 días después del accidente, Gloria dio su primer concierto de regreso en el Miami Arena.

Entró al escenario con un vestido negro largo que ocultaba el corsé y caminó lentamente hasta el centro.

El público de 15,000 personas se puso de pie y lloró con ella.

Cuando empezó a cantar Coming out of the dark, su voz tembló en la primera estrofa, pero terminó la canción de pie, sin ayuda, bailando aunque fuera solo unos pasos.

En ese momento, el dolor físico se convirtió en algo más.

se convirtió en orgullo.

Había vuelto a caminar, sí, pero sobre todo había aprendido que el cuerpo se rompe, pero la voluntad puede soldarlo pedazo a pedazo.

El dolor físico era visible, pero la depresión que vino después fue un enemigo silencioso que casi la mata.

En los meses más oscuros del 1990 y 1991, Gloria Stefan dejó de ser Gloria Stefan.

Se convirtió en una mujer que se despertaba a las 3 de la mañana, convencida de que nunca volvería a ser útil, ni como madre, ni como esposa, ni como artista.

Se miraba al espejo y veía a una inválida de 30 y pocos años que había perdido todo lo que la definía.

La capacidad de moverse libremente, la alegría espontánea, la seguridad de que el mundo era un lugar seguro.

Los médicos le recetaron antidepresivos, pero ella los escondía en el cajón porque tenía terror a volverse dependiente.

“Si me drogo para sentirme bien, ¿quién soy realmente?”, se preguntaba.

Hubo noches en que se encerraba en el baño de la mansión de Star Island y se quedaba ahora sentada en el suelo frío mirando la pared.

Emilio golpeaba la puerta y ella no respondía.

En una ocasión, Nayib la encontró así y le preguntó con voz de niño asustado, “Mami, ¿tú también vas a morir como el abuelo? Esa pregunta fue un puñal.

Gloria se dio cuenta de que su dolor no era solo suyo, estaba contaminando a sus hijos.

Desde ese día empezó a fingir mejor.

se levantaba, se maquillaba, sonreía para las cámaras que entraban a casa a grabar su milagrosa recuperación, pero por dentro se estaba rompiendo en mil pedazos.

El miedo se volvió su compañero constante, miedo a que los tornillos se soltaran y quedara paralítica para siempre.

Miedo a que sus hijos la recordaran como la madre que no podía jugar con ellos.

Miedo a que el público la olvidara.

Miedo a que Emilio se cansara de cargar con una esposa rota.

Ese último miedo era el más absurdo y el más real al mismo tiempo.

Ella sabía que Emilio nunca la abandonaría, pero la depresión le susurraba mentiras tan convincentes que a veces le creía.

Hubo una noche en que le dijo, “Si quieres irte, te entiendo.

Ya no soy la mujer con la que te casaste.

” Emilio la miró con una mezcla de dolor y furia, la tomó de la mano y le respondió, “Tú eres la misma mujer que cantó descalza en una boda en 1975, solo que ahora llevas tornillos y yo sigo enamorado de la misma loca.

” La crisis alcanzó su punto más bajo en noviembre de 1990, cuando los médicos le dijeron que tal vez nunca volvería a bailar profesionalmente.

Gloria entró en una especie de duelo por su propio cuerpo.

Dejó de comer, dejó de hablar, dejó de cantar, incluso en la ducha.

Su madre, que se había mudado a vivir con ellos para ayudar, la encontraba mirando al mar durante horas sin parpadear.

Una tarde, Gloria Fajardo, madre se sentó a su lado y le dijo algo que la sacudió.

Yo perdí un país entero y seguí adelante.

Tú solo perdiste la capacidad de moverte por un tiempo.

No me obligues a enterrar a mi hija antes que a mí.

Esas palabras duras fueron el primer rayo de luz en meses.

Poco a poco, con terapia, con oración, con la música que Emilio le ponía a todo volumen para obligarla a recordar quién era, Gloria empezó a salir del pozo.

Aprendió técnicas de respiración para los ataques de pánico.

empezó a escribir canciones otra vez, aunque solo fueran fragmentos de dolor.

Una de ellas se convirtió en Live for Loving You, donde habla de amar incluso cuando uno se siente muerto por dentro.

La depresión no desapareció de un día para otro.

Tardó años en irse del todo.

Pero aquellos días, Tamtoy le enseñaron algo que ninguna escuela de fama le había enseñado, que la felicidad no es la ausencia de dolor, sino la valentía de seguir adelante teniéndolo.

Cuando Gloria Stefan cruzó la barrera del idioma y se convirtió en la primera artista latina en llenar estadios en Estados Unidos cantando en español e inglés indistintamente, algo cambió para siempre.

De pronto, ya no era solo una cantante, era un símbolo.

Era la prueba viva de que los inmigrantes podían triunfar.

Era la cara bonita que ponían en las revistas cuando querían hablar de El sueño americano con acento cubano.

Y ese título, que al principio la llenaba de orgullo, terminó convirtiéndose en una carga que casi la aplasta.

Desde finales de los 80, cada entrevista empezaba y terminaba con la misma pregunta.

¿Qué significa ser la representante de la comunidad latina? Gloria sonreía y respondía con gracia, pero por dentro sentía que le estaban poniendo una corona demasiado pesada, porque ser símbolo significaba no poder fallar nunca.

No podía tener un mal día, no podía engordar 5 kg, no podía divorciarse, no podía cometer errores, tenía que ser perfecta porque millones de personas habían depositado en ella sus sueños de integración.

Cuando sacaba un disco en inglés, la acusaban de venderse al mercado anglo.

Cuando sacaba uno en español, decían que se había quedado atrás.

Era un juego en el que nunca ganaba.

En 1992, cuando ganó el Grammy al mejor álbum tropical latino por mi tierra, subió al escenario y dedicó el premio a todos los latinos que trabajan duro y aman este país.

El público aplaudió de pie, pero en los camerinos lloró de rabia, porque ese mismo día había leído una carta de una muchacha puertorriqueña que le decía, “Gracias a ti, mi padre dejó de avergonzarse de hablar español en casa.

” Y Gloria se preguntó si esa muchacha entendería que ella también tenía días en que se sentía una impostora, que ella también había sido discriminada, que ella también había tenido que tragarse el acento para conseguir ciertas entrevistas.

El punto de quiebre llegó en 1996 durante la gira Evolution.

Estaba agotada, con la espalda todavía dolorida, con dos niños pequeños en casa y los promotores le exigían más fechas porque los latinos nunca habían tenido a alguien como tú.

Una noche en Los Ángeles, después de un concierto perfecto, se encerró en el camerino y empezó a golpear la pared con los puños hasta sangrar.

Emilio la encontró así y por primera vez le gritó, “Tú no le debes tu vida a nadie.

Eres una mujer, no una bandera.

” Esa noche tomaron una decisión.

Reducirían las giras, elegirían sus batallas y, sobre todo, Gloria empezaría a decir que no.

A partir de ahí, empezó a hablar con honestidad.

En entrevistas decía, “No soy la reina de nada.

Soy una cubana que tuvo suerte y mucho trabajo.

Rechazó campañas políticas que querían usarla como trofeo.

Se negó a cantar en eventos donde sentía que solo la invitaban por ser latina y famosa.

Y poco a poco el símbolo empezó a humanizarse.

La gente empezó a quererla más precisamente porque veían que también dudaba, que también se cansaba.

que también tenía derecho a cerrar la puerta cuando ya no podía más.

Hoy, con la perspectiva de los años, Gloria dice que ser símbolo fue el precio que pagó por abrir puertas.

Puertas que ahora cruzan Bad Bunny, Rosalía, Carol G.

J.

Balvin sin tener que justificarse tanto.

Y aunque a veces todavía siente el peso de esa responsabilidad, también siente orgullo, porque entendió que los símbolos no tienen que ser perfectos, solo tienen que ser valientes.

Al final de todas las batallas, cuando se apagan las luces y los aplausos se convierten en silencio, queda una sola verdad que Gloria Stefan repite como un mantra.

Fue el amor lo que la mantuvo viva.

No el amor abstracto de los fans, no el amor romántico de las películas, sino el amor concreto, cotidiano, terco y a veces hasta molesto de las personas que nunca se fueron de su lado.

El amor de Emilio, que durmió 400 noches en sillas de hospital, que aprendió a cambiarle las bolsas de drenaje, que le cantaba boleros cubanos cuando ella no podía dormir del dolor.

amor de su madre, que cocinaba arroz con pollo, aunque Gloria no tuviera apetito, que le peinaba el pelo con paciencia infinita, que le recordaba todos los días, “Tú eres más fuerte que cualquier tornillo.

” El amor de sus hijos que le dibujaban tarjetas diciendo, “Mami superheroína” y se las dejaban debajo de la almohada.

el amor de sus amigos que cancelaban todo para venir a sentarse en silencio con ella cuando no tenía fuerzas para hablar, pero sobre todo el amor propio que tuvo que reconstruir desde cero.

Porque en los días más oscuros, cuando se odiaba por ser una carga, cuando creía que ya no valía nada, tuvo que aprender a mirarse al espejo y decirse, “Gloria María milagrosa, Fajardo, tú sigues aquí y eso ya es un milagro.

Ese amor propio fue el más difícil de recuperar porque implicaba aceptar el cuerpo lleno de cicatrices, la voz que a veces temblaba, la mujer que ya no era la misma de antes del accidente, pero que paradoxalmente era mucho más fuerte.

En 2013, cuando le quitaron finalmente los tornillos de la espalda después de 23 años.

Gloria organizó una pequeña ceremonia en casa.

Invitó a la familia, puso música de Celia Cruz y cuando el cirujano le entregó las barras de titanio en una cajita, ella las levantó como si fueran un trofeo y dijo, “Estas son las cadenas que me rompieron y las alas que me hicieron volar otra vez.

” Luego las guardó en una vitrina junto a sus gramis.

Porque entendió que todas sus victorias, las grandes y las pequeñas, habían sido posibles gracias al amor.

Hoy, cuando le preguntan cómo hizo para levantarse, Gloria responde con la misma frase que le dijo a su hija Emily el día que está tuvo su primer desamor.

El amor no es un sentimiento bonito, es una decisión que tomas todos los días, incluso cuando estás rota, incluso cuando no tienes ganas, incluso cuando duele.

Y si tomas esa decisión suficientes veces, un día te despiertas y descubres que ya no estás rota.

Estás entera, con cicatrices, pero entera.

Y así la muchacha que llegó huyendo de Cuba con dos años, que vio a su madre creer que era viuda, que se rompió la espalda y el alma, que cargó con el peso de ser símbolo, descubrió que el ritmo que realmente la salvó nunca estuvo en los tambores.

estaba en los latidos de todos los que la amaron.

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