A sus 84 años, César Costa nombró a
cinco cantantes a los que nunca

perdonará lo que le hicieron. El
primero, Enrique Bumburi. En una
entrevista tranquila, César muy
caballeroso pidió el micrófono para
improvisar, pero Bumburi, con su aire de

yo soy arte y tú no me toques, se quedó
tieso.
¿Por qué nos llamamos así?
Sí, ¿por qué?
Pues tiene tan poco sentido como el por
qué los molletes fue tan incómodo que

hasta las cámaras parecían sudar. En
segundos las redes estallaron. “Qué
grosero Bumburi”, decían unos. “Qué
imprudente César”, decían otros. Desde
entonces, ni hola ni adiós, solo un
silencio que huele a incomodidad cada
vez que alguien los menciona juntos. El
segundo nombre es Paul Anka. Sí, el
ídolo internacional con el que César
compartió época y pleito en sus años de
gloria Anca lanzó unos arreglos
sospechosamente parecidos a los de costa
y el mexicano, siempre tranquilo,
estalló. Se habló de plagios, de
demandas y de traiciones artísticas. Una
guerra fría con más tensión que una
telenovela ochentera. Con el tiempo se
reencontraron, hablaron y volvieron a
ser amigos. Con Paul aprendí que hasta
los conflictos más duros pueden volverse
amistad”, dijo César. “Claro, después de
unas cuantas canas y muchos años
después. La tercera en discordia, Rebeca
de Alba, elegante, moderna y directa,
demasiado directa.” En una entrevista
soltó una frase letal que algunas
figuras del pasado vivían de glorias
viejas. No mencionó nombres, pero todos
supieron a quién iba el golpe.
“Se la verdad de por qué me fui de un
nuevo día. Porque yo acosté a estar
costin pelo.”
César sonrió con elegancia, pero por
dentro le ardió. no buscó venganza, pero
sintió que esa pedrada venía de alguien
que representaba todo lo superficial que
él detestaba. Y aunque nunca lo dijo en
público, ese comentario se le quedó
clavado. Luego viene Enrique Guzmán, el
eterno rebelde. Entre ellos hubo choques
de ego, críticas y desplantes. Guzmán
decía que los proyectos de Costa eran
demasiado suaves. César respondía con
silencio. Hoy con la serenidad de los
años admite que nunca lo perdonó del
todo. Guzmán representa justo lo que él
nunca quiso ser arrogante, hiriente y
atrapado en su propio personaje. Y el
último, Alberto Vázquez. Dos iconos, dos
polos opuestos del mismo género.
Mientras uno era fuego, el otro era
hielo. Alberto lo veía como un niño
fresa con guitarra. César lo consideraba
un rebelde sin rumbo. En giras y
escenarios la rivalidad era evidente.
Nunca se reconciliaron, nunca hubo
abrazo, solo respeto, distancia y una
espina que nunca se sacó. ¿Y tú a quién
nunca podrías perdonarle haberte
traicionado?
De compañeros. Yo decía, “No, esto no es
no es bueno.
[Música]