Así DESPIDIERON a Yeison Jimenez los Famosos | Jhonny Rivera, Pipe Bueno, Luis Alfonzo…

Adiós, ángel mío.

El dolor era evidente.

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Corear sus canciones se convirtió en la mayor muestra de cariño.

Fueron cientos en medicina legal, en la funeraria, en el Movistar Arena, por donde pasó el carro fúnebre y en la puerta del cementerio en la autopista norte, lugar de las exequias.

Hoy despedimos a Jason Jiménez, un amigo, un hijo, un hermano que llenó de música y alegría nuestras vidas.

Su partida nos dejó un vacío enorme, pero también el recuerdo de su risa y su bondad.

Así fue como comenzó aquel día.

Así fue como el padre de Jason Jiménez cruzó el umbral del lugar donde descansaban los restos de su hijo, con los hombros caídos y el rostro marcado por una tristeza imposible de ocultar.

Nadie estaba preparado para verlo así.

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El hombre que durante años fue señalado, criticado y cuestionado, ahora avanzaba lentamente como si cada paso le recordara que ya no había vuelta atrás.

El féretro estaba ahí, cerrado, silencioso, definitivo, y frente a él un padre roto.

Así dijo su padre con la voz quebrada, apenas audible.

Uno cree que está listo para todo, pero nunca para esto.

Las manos le temblaban.

No buscó cámaras, no buscó protagonismo.

Se quedó quieto unos segundos, mirando sin mirar, como si su mente se negara a aceptar lo que sus ojos tenían enfrente.

Para muchos, ese momento lo cambió todo, porque más allá de los rumores, de las versiones y de los juicios, ahí estaba un padre enfrentándose a la pérdida más grande que puede existir.

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El funeral se desarrollaba en estricta reserva.

La familia había decidido despedirse en privado, lejos del ruido mediático, lejos de las especulaciones.

Aún así, el ambiente estaba cargado de una energía difícil de describir.

Amigos cercanos, algunos artistas y personas del círculo íntimo acompañaban en silencio.

Nadie hablaba más de lo necesario.

Las miradas lo decían todo.

El padre de Jason Jiménez se acercó lentamente al féretro, apoyó la mano sobre la madera y cerró los ojos.

Así dijo su padre en un susurro que apenas se escuchó.

Perdóname, hijo, por lo que no hice, por lo que no supe hacer.

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Esas palabras no estaban planeadas.

Salieron desde un lugar profundo desde la culpa que muchas veces acompaña al duelo.

Porque cuando un hijo parte, el pasado regresa sin pedir permiso.

Los recuerdos se mezclan con los reproches internos.

Las preguntas aparecen una tras otra.

Pude haber hecho más.

Pude haber estado más.

pude haberlo protegido.

Mientras el acto avanzaba, el padre permanecía en silencio.

No lloraba de manera escandalosa.

Su dolor era distinto.

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Era ese dolor que aprieta el pecho y deja sin aire, ese que no siempre se manifiesta con lágrimas, pero que se siente en cada gesto.

Algunos notaron como apretaba los labios, como respiraba hondo una y otra vez, como intentando mantenerse en pie.

Así dijo su padre en un momento en que alguien intentó consolarlo.

Un padre nunca debería enterrar a su hijo.

Eso va contra la naturaleza.

Las palabras quedaron flotando en el aire.

Nadie supo qué responder porque no había respuesta posible.

Afuera, aunque el funeral era privado, el país entero parecía acompañar desde la distancia.

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Las redes sociales se llenaban de mensajes, de oraciones, de despedidas.

Pero dentro de ese espacio todo era distinto.

Ahí no existían los seguidores ni los números.

Solo existía una familia rota y un padre enfrentando su peor pesadilla.

Con el paso de las horas, el padre comenzó a hablar más.

No frente a micrófonos, sino frente a quienes estaban cerca.

Así dijo su padre con la mirada perdida.

La gente cree que uno no siente, que uno no sufre, pero el dolor no se mide por lo que se ve desde afuera.

Algunos presentes intercambiaron miradas incómodas.

Sabían que ese hombre había sido duramente juzgado.

Sabían que su relación con Jason había sido tema de comentarios durante años.

Pero en ese momento nada de eso parecía importar.

El dolor era real, la pérdida era real.

Fue entonces cuando ocurrió algo que nadie esperaba.

El padre, en medio de ese ambiente de recogimiento, dejó escapar una frase que heló la sangre de quienes lo escucharon.

Así dijo su padre entre lágrimas contenidas, “Mi hijo no se fue como muchos creen y yo cargo con una verdad que me quema por dentro.

El silencio se volvió aún más pesado.

” Nadie preguntó.

Nadie interrumpió.

Todos entendieron que esas palabras no eran casuales.

El padre respiró hondo, se pasó la mano por el rostro como intentando despertar de una pesadilla.

Así dijo su padre con una mezcla de dolor y firmeza, “Hay cosas que uno descubre demasiado tarde y cuando las entiendes, ya no puedes hacer nada.

” Esa confesión vaga pero contundente quedó resonando en el ambiente.

Algunos pensaron que hablaba de errores del pasado.

Otros intuyeron que había algo más, algo que aún no estaba listo para salir a la luz.

Mientras el funeral avanzaba hacia su parte final, el padre permaneció cerca del féretro hasta el último momento.

No se movió, no se distrajo.

Era como si quisiera grabar cada segundo en su memoria, como si temiera que al irse ese fuera el último vínculo físico con su hijo.

Así dijo su padre casi al final con la voz rota.

Si pudiera cambiar lugares contigo, lo haría sin pensarlo.

Nadie dudó de la sinceridad de esas palabras.

Ese día, el funeral de Jason Jiménez no solo fue una despedida, fue el inicio de una historia distinta, una historia donde el padre, señalado por muchos, comenzaba a cargar con un peso aún mayor, un secreto, una confesión incompleta, una verdad que tarde o temprano amenazaba con salir a la luz.

Y mientras el ataud era retirado en silencio, quedó claro que ese no era el final.

Era apenas el comienzo de algo que nadie estaba preparado para escuchar.

La noche cayó lenta, como si incluso el tiempo se negara a avanzar.

Tras el funeral, el lugar quedó casi vacío.

Las flores seguían ahí, inmóviles, testigos mudos de una despedida que aún no terminaba de asentarse en el corazón de nadie.

El padre de Jason Jiménez no se fue de inmediato, permaneció sentado con la espalda encorbada y la mirada fija en un punto indefinido.

No hablaba, no lloraba, pero por dentro todo se derrumbaba.

Así dijo su padre con un hilo de voz que apenas rompía el silencio.

Cuando se apagan las luces y todos se van, es cuando empieza el verdadero dolor.

Nadie lo contradijo.

Quienes quedaban cerca entendían que ese hombre necesitaba ese espacio para enfrentarse a sí mismo, porque el funeral había terminado, pero la batalla interna recién comenzaba.

En ese momento, el padre empezó a recordar, no los escenarios, no los aplausos, no la fama.

Recordó al niño, al muchacho que alguna vez llegó a casa con los ojos llenos de sueños y la voz temblorosa de emoción.

Así dijo su padre en segunda persona como hablándole a su hijo ausente.

Te vi luchar desde pequeño.

Te vi caerte y levantarte y muchas veces no supe cómo acompañarte.

Las palabras salían entre pausas largas, como si cada frase le costara un pedazo de alma.

Para él, el dolor no solo era la muerte, era todo lo que quedó inconcluso.

Las conversaciones que nunca tuvieron lugar, los abrazos que se postergaron, los silencios que se hicieron costumbre.

Así dijo su padre apretando los puños.

Creí que el tiempo no se iba a alcanzar y el tiempo fue el que nos traicionó.

Algunos familiares se acercaron con cautela.

Nadie quería forzar nada, pero el padre parecía decidido a hablar como si guardar más palabras fuera ya imposible.

Así dijo su padre con una sinceridad que dolía.

Yo cargué con mis errores, pero también cargué con miedos que nunca supe explicar.

Fue entonces cuando empezó a revelarse algo distinto, no una confesión directa, sino una serie de frases que unidas formaban un retrato mucho más complejo de lo que cualquiera había imaginado.

Así dijo su padre, hay decisiones que uno toma creyendo que protege y termina lastimando.

El ambiente se volvió denso.

Todos entendieron que no hablaba solo de sí mismo, sino de una historia marcada por malentendidos, por orgullo, por silencios heredados.

Porque entre padre e hijo no siempre hubo claridad, hubo amor, sí, pero también distancia.

Así dijo su padre bajando la mirada.

Nunca te dije cuánto me dolía verte sufrir, porque pensé que mostrar debilidad no era de hombres.

Esa frase cayó como un golpe seco, porque en ella se resumía una vida entera de emociones reprimidas, de palabras no dichas, de sentimientos guardados por miedo o por costumbre.

A medida que avanzaba la noche, el padre se permitió llorar, no de manera descontrolada, sino con lágrimas lentas, pesadas, lágrimas que parecían haber esperado años para salir.

Así dijo su padre con la voz quebrada, “Perdóname por no decirte a tiempo que estaba orgulloso de ti.

” El silencio volvió a envolverlo todo.

Nadie interrumpió, nadie se movió, porque ese momento no era para consuelos, sino para verdad.

Entonces, casi sin darse cuenta, el padre dejó escapar una frase que cambió el tono de la noche.

Así dijo su padre con un suspiro profundo.

Hay cosas que la gente nunca supo, cosas que tú cargaste solo.

Esa afirmación despertó miradas de sorpresa.

Algunos se preguntaron si se refería a presiones, a conflictos internos, a batallas invisibles.

El padre no dio detalles, pero tampoco se retractó, al contrario, continuó como si hubiera cruzado un punto sin retorno.

Así dijo su padre mirándote en ese monólogo íntimo.

Te vi sonreír cuando por dentro estabas cansado y yo no supe leerlo.

El dolor se transformó en culpa.

una culpa silenciosa, pesada, persistente.

Porque en su mente el padre repasaba una y otra vez los momentos en que pudo haber hecho algo distinto, en que pudo haber escuchado más, insistido más, abrazado más.

Así dijo su padre con un tono casi de confesión.

A veces los padres también nos equivocamos creyendo que nuestros hijos son más fuertes de lo que realmente son.

La madrugada avanzó, las luces se atenuaron, el lugar quedó casi en penumbra y en esa penumbra el padre siguió hablando como si por fin se hubiera permitido ser vulnerable.

Así dijo su padre, yo pensé que el éxito te protegería, que la música te salvaría.

Pero no siempre fue así.

Sin entrar en detalles explícitos, el padre dejó entrever que Jason había atravesado momentos de profunda soledad, que detrás del brillo había noches largas y silenciosas.

Así dijo su padre con un nudo en la garganta.

Hay luchas que no se ven desde afuera y esas son las más peligrosas.

La frase quedó suspendida en el aire.

Nadie preguntó.

Nadie necesitó hacerlo.

Antes de retirarse, el padre se acercó una vez más al lugar donde horas antes había estado el féretro.

Tocó la superficie con suavidad, como si aún pudiera sentir la presencia de su hijo.

Así dijo su padre en segunda persona como una despedida tardía.

Te prometo que no voy a callar más, aunque duela.

Esa promesa no pasó desapercibida porque sugería que aún quedaba mucho por decir, que la historia no estaba completa, que la verdad fragmentada y dolorosa aún esperaba su momento.

Y mientras el padre se alejaba lentamente, quedó claro que su silencio se había roto para siempre, que lo que había comenzado como un funeral se estaba transformando en un relato mucho más profundo.

Uno donde el dolor, la culpa y la verdad caminaban juntos.

hacia una revelación que nadie estaba preparado para escuchar.

Ese día después del funeral amaneció gris, no por el clima, sino por el ánimo que parecía haberse instalado en cada rincón de la casa familiar.

El padre de Jason Jiménez no había dormido.

Se le notaba en el rostro cansado, en la mirada perdida, en los silencios prolongados.

Algo dentro de él había cambiado desde aquella noche en la funeraria.

Ya no era solo un padre en duelo, era un hombre decidido a decir lo que durante años había guardado.

Así dijo su padre con una voz más firme que el día anterior.

No hablé antes porque pensé que protegerte era callar y me equivoqué.

La familia se reunió en una sala sencilla, sin cámaras, sin micrófonos.

Solo estaban los más cercanos.

Sin embargo, todos entendían que esas palabras, tarde o temprano llegarían más allá de esas paredes, porque no eran frases al azar, eran piezas de una verdad más grande.

Así dijo su padre mirándolos uno por uno, pero hablándote a ti en segunda persona, como si Jason aún estuviera ahí.

Cargaste con responsabilidades que no te correspondían desde muy joven.

El silencio se volvió espeso.

Nadie interrumpió.

Nadie quiso romper ese momento porque por primera vez el padre no hablaba desde el orgullo ni desde la dureza, sino desde la honestidad.

Así dijo su padre con los ojos húmedos, “Te exigí ser fuerte cuando lo único que necesitabas era sentirte acompañado.

” Esa frase fue como una grieta que se abría lentamente.

Muchos entendieron que la relación entre padre e hijo estuvo marcada por expectativas, por sacrificios tempranos, por decisiones tomadas con buenas intenciones, pero consecuencias profundas.

El padre respiró hondo antes de continuar.

Así dijo su padre.

Nunca quise que la música fuera una carga, pero lo fue.

No lo dijo para culpar a nadie.

Lo dijo como quien reconoce un error tarde, pero con valentía.

Explicó que desde muy joven Jason mostró talento, disciplina, una determinación poco común y que sin darse cuenta, la familia comenzó a apoyarse emocionalmente en esa fortaleza.

Así dijo su padre bajando la cabeza, “Te convertiste en el sostén emocional de muchos y eso pesa.

” Las palabras no eran acusaciones, eran constataciones, eran la descripción de una dinámica silenciosa, normalizada, que con el tiempo se volvió agotadora, porque detrás del artista exitoso había un hijo que también necesitaba descanso.

Así dijo su padre con un suspiro largo.

Yo veía tus logros, pero no veía tu cansancio.

Fue entonces cuando llegó la parte que nadie esperaba, la confesión que cambió el rumbo del relato.

Así dijo su padre con un temblor en la voz.

Hubo una conversación que nunca conté.

Todos levantaron la mirada.

Así dijo su padre hablando en segunda persona como reviviendo ese momento.

Me dijiste que estabas cansado y yo te respondí que no te detuvieras.

El silencio fue absoluto.

Nadie respiraba.

Así dijo su padre con lágrimas ya sin control.

Ese día me pedías descanso y yo te pedí más fuerza.

No entró en detalles, no habló de fechas exactas ni de lugares.

No fue necesario.

La carga emocional de esa revelación bastaba para entenderlo todo, porque no se trataba de un solo diálogo, sino de muchos similares a lo largo de los años.

Así dijo su padre.

Pensé que motivarte era empujarte.

Ahora sé que también era escucharte.

La culpa se volvió visible.

no como un acto de autoflagelación, sino como una aceptación dolorosa.

El padre no buscaba perdón público, buscaba paz interna y quizá dejar un mensaje para otros.

Así dijo su padre levantando la mirada, “A los padres que me escuchen, no confundan fortaleza con ausencia de dolor.

” Esa frase resonó con fuerza porque trascendía la historia de Jason.

hablaba de una realidad que muchos viven en silencio.

Más tarde, el padre decidió salir.

Caminó solo, sin escoltas, sin compañía.

Llegó a un lugar simbólico donde en días anteriores fans habían dejado flores, velas y mensajes.

Se detuvo frente a uno que decía, “Gracias por salvarnos con tu música.

” Así dijo su padre en voz baja, “Tú salvaste a muchos y yo no supe salvarte a ti.

” No era una acusación, era un lamento, un reconocimiento tardío de que incluso el amor puede fallar cuando no sabe cómo expresarse.

Mientras tanto, en redes sociales los homenajes continuaban.

Canciones sonando al unísono en distintos puntos del país, videos, fotografías, palabras de despedida.

Pero nadie conocía aún esta parte de la historia.

Nadie sabía lo que el padre estaba a punto de revelar al mundo.

Así dijo su padre ya de regreso en casa, “No quiero que te recuerden solo como un ídolo, quiero que te recuerden como un ser humano.

” Y con esa intención decidió hablar, no para alimentar rumores, no para generar morvo, sino para dejar claro que detrás de cada artista hay una historia que merece ser entendida con más empatía.

Así dijo su padre cerrando los ojos.

Si mi sirve para que otro padre abrace más, entonces no habré guardado silencio en vano.

La noche volvió a caer, pero esta vez no fue tan oscura, porque aunque el dolor seguía intacto, algo se había liberado.

Una verdad dicha, una carga compartida.

Y mientras el nombre de Jason Jiménez seguía siendo coreado por miles, su padre entendió que el legado de su hijo no solo estaba en la música, sino también en la lección más dura de todas.

Aprender a escuchar antes de que sea demasiado tarde.

La mañana comenzó en silencio.

Un silencio distinto, más pesado, como si todo el país contuviera la respiración.

Ya no había cámaras apostadas ni multitudes intentando acercarse.

El funeral había quedado atrás, pero el duelo seguía vivo en cada gesto, en cada recuerdo, en cada canción que sonaba a lo lejos.

El padre de Jason Jiménez despertó temprano, no por costumbre, sino porque el sueño ya no llegaba.

Se sentó en el borde de la cama y miró sus manos.

Las mismas manos que alguna vez guiaron a su hijo, las mismas que ahora temblaban con una mezcla de dolor y aceptación.

Así dijo su padre con la voz baja pero clara.

Hoy ya no puedo cambiar el pasado, pero sí puedo cuidar la memoria de mi hijo.

Ese pensamiento lo acompañó mientras caminaba por la casa.

Cada rincón guardaba un recuerdo, una risa, una conversación, un momento simple que ahora pesaba más que nunca.

No eran los grandes escenarios ni los aplausos lo que venía a su mente, sino los instantes pequeños, los que casi nunca se cuentan.

Así dijo su padre mirando una fotografía antigua.

Aquí todavía eras solo mi hijo antes de ser Jason Jiménez para el mundo.

Ese fue el punto de quiebre.

entendió que la despedida no se trataba solo de aceptar la muerte, sino de reconstruir la historia completa.

No la del artista perfecto, sino la del ser humano que sintió miedo, cansancio, dudas y aún así siguió adelante.

Mientras tanto, Colombia seguía rindiéndole homenaje.

En varios, pueblos y ciudades, la gente encendía velas al caer la noche.

Se escuchaban sus canciones desde ventanas abiertas.

Algunos lloraban en silencio, otros cantaban como una forma de despedirse.

No era un acto organizado, era algo espontáneo, profundo, colectivo.

El padre observaba todo desde la distancia.

No buscaba protagonismo, pero sabía que su confesión había cambiado la manera en que muchos entendían la historia de su hijo.

Ya no solo veían al ídolo, sino al joven que cargó con más de lo que muchos imaginaron.

Así dijo su padre con serenidad, no quiero que su historia se use para el dolor, sino para la conciencia.

Esa fue la razón por la que decidió hablar una última vez, no para añadir más detalles, sino para cerrar, para poner un punto final digno, humano, honesto.

Así dijo su padre, mi hijo amaba la música, pero también necesitaba silencio.

Esa frase resumía todo, el equilibrio que nunca llegó del todo, la entrega absoluta que tuvo un costo invisible y la lección que ahora quedaba como herencia.

recordó las últimas horas antes del accidente.

No como una escena trágica, sino como la imagen de un hijo sonriente, comprometido, agradecido con su público.

No hubo presagios oscuros, no hubo despedidas dramáticas, hubo rutina, trabajo, sueños por cumplir.

Así dijo su padre, se fue haciendo lo que amaba, pero ojalá también hubiera podido descansar más.

No había reproches hacia nadie, ni hacia el destino, ni hacia la vida, ni siquiera hacia sí mismo.

Había tristeza, sí, pero también una comprensión tardía que ahora quería compartir con otros.

El funeral, aunque privado, se convirtió en un símbolo, no por su tamaño, sino por su significado.

Fue un acto de recogimiento, de respeto, de amor silencioso.

No hubo discursos grandilocuentes ni homenajes multitudinarios.

Hubo abrazos largos, lágrimas contenidas y miradas que decían más que las palabras.

Así dijo su padre.

Ese día entendí que el amor no necesita aplausos.

Con el paso de las horas, la noticia dejó de ocupar titulares, pero no dejó los corazones.

Jason Jiménez ya no estaba físicamente, pero su voz seguía presente en radios, en playlists, en recuerdos compartidos entre amigos y familias.

El padre aceptó algo fundamental, que el dolor no desaparece, pero se transforma, que la ausencia se vuelve memoria y que la memoria cuando se cuida puede ser un refugio.

Así dijo su padre cerrando los ojos, “Ahora te escucho más que nunca.

” Esa fue la última verdad inesperada que en la pérdida finalmente aprendió a escuchar no solo a su hijo, sino a sí mismo, a los silencios, a lo que nunca se dijo cuando aún había tiempo.

Antes de que terminara el día, el padre encendió una vela.

No por tradición, sino por necesidad.

La colocó junto a una foto sencilla, sin escenarios, sin luces, solo Jason sonriendo.

Así dijo su padre.

Gracias por perdonarme, aunque nunca te lo pedí.

No sabía si ese perdón existía, pero necesitaba creerlo, porque creer también es una forma de sanar.

La historia de Jason Jiménez no terminó con su muerte, tampoco con su funeral.

Continuó en cada persona que encontró consuelo en su música, en cada padre que decidió escuchar un poco más, en cada hijo que se atrevió a decir que estaba cansado.

Y mientras la noche caía por última vez, quedó claro algo que nadie podrá borrar.

Su voz se apagó.

Sí, pero su verdad apenas comenzó a escucharse.

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