Este es el último momento de Ace Freely.
Antes de partir, el hombre detrás del

casco estelar, el Spaceman, que incendió
escenarios con una guitarra humeante,
dejó flotando una pregunta que aún
atraviesa a millones de fanáticos. ¿Qué
queda cuando las luces se apagan y el
mito tiene que volver a casa? Cofundador

de Kiss, creador de un sonido filoso y
teatral que marcó a generaciones. Ece
fue al mismo tiempo astro y náufrago, un
héroe del reif que convirtió la timidez
de un chico del Bronx en un lenguaje de
galaxias. Pero su historia, como las

grandes baladas de los 70, siempre
escondió notas de melancolía, tensiones
creativas con sus viejos compañeros,
recaídas, reconciliaciones intermitentes
y la eterna batalla por ser más que una
máscara brillante. El 16 de octubre de

2025, en Morristown, Nueva Jersey, la
noticia confirmó lo que nadie quería
leer. Fredy había partido a los 74 años
después de las complicaciones de una
caída reciente que ya lo había obligado
a cancelar sus conciertos de octubre y

noviembre. Su familia dijo que se fue en
paz, rodeado de amor, cerrando así un
capítulo que comenzó, cuando un
adolescente autodidacta enchufó por
primera vez una guitarra y soñó con
hacerla rugir como un cohete. Aquel

chico terminaría cambiando la historia
del espectáculo con un personaje cósmico
y una forma de tocar que hacía temblar
estadios. En Kiss, Aceó solos
memorables, definió la estética
espacial, la actitud lúdica y peligrosa,
la sensación de que un show podía ser
una película de ciencia ficción en vivo.
Con él, la banda entendió que el rock
podía no parecer de este planeta. Esa
firma lo persiguió y lo protegió. lo
elevó a un panteón donde pocas manos han
doblado cuerdas con tanta personalidad y
al mismo tiempo lo encerró en una
armadura difícil de quitar fuera del
escenario. Cuando dejó el grupo en 1982,
demostró que su voz propia existía sin
pintura ni pirotecnia. New York Groove
volvió a sonar como un manifiesto de
independencia en sus años de carrera
solista, mientras la nostalgia y el
conflicto con sus excompañeros
alimentaban los titulares. Hoy, al
volver la mirada hacia su despedida, no
preguntamos solo cómo murió, sino que
nos enseñó sobrevivir, que detrás del
brillo hay vértigos, que la fama es un
viaje orbital y el aterrizaje duele, que
incluso un guitarrista que parecía venir
de otra galaxia necesitaba. Al final, un
lugar tranquilo donde poner la guitarra
y escuchar el eco eterno de sus propias
notas. La historia de Ace Fredy no se
puede entender sin mirar el escenario
donde todo comenzó, el Bronx de finales
de los años 60. Un barrio duro, lleno de
fábricas abandonadas, graffitis y
jóvenes que buscaban una salida entre la
música y las calles. Allí nació Paul
Daniel Fredley, hijo de una familia
humilde con raíces holandesas y
alemanas. Era un adolescente tímido, con
una energía eléctrica que no encontraba
canal. Y un día, a los 13 años,
descubrió la guitarra. Esa chispa cambió
todo. Mientras muchos de sus amigos se
perdían entre peleas o trabajos mal
pagados, Ece encontraba refugio en los
acordes de Jimmy Hendrick y de Hu.
Tocaba durante horas solo, con un viejo
amplificador que rugía como un motor
oxidado, pero en su cabeza ya sonaban
cohetes. Imaginaba luces. humo y público
que lo escuchaba como si viniera de otro
planeta. Ese sueño se transformó en
realidad cuando respondió a un anuncio
en un periódico local. Se busca
guitarrista para banda de rock teatral.
El destino lo llevó a conocer a Paul
Stanley, Jean Simmons y Peter Chris, los
otros tres nombres que formarían una de
las agrupaciones más impactantes de la
historia. Kiss, lo que comenzó como un
experimento de maquillaje y sonido,
terminó convirtiéndose en una revolución
cultural. Fry diseñó su propio
personaje, el Spaceman. Un viajero
cósmico con destellos plateados y botas
de otro mundo. Su guitarra echaba humo,
lanzaba chispas y sus solos hacían
vibrar estadios enteros. Kiss no solo
tocaba música, ofrecía un espectáculo
visual que nunca antes se había visto.
Cada concierto era una explosión de
fuego, luces, sangre falsa y rifs
inmortales. Pero detrás de esa máscara
brillante, el verdadero Ace seguía
siendo un chico del Bronx que solo
quería tocar sin pensar en dinero ni
fama. El éxito llegó como un meteoro. En
los años 70, Kiss dominaba el mundo.
Discos platino, giras gigantescas,
millones de fanáticos que pintaban sus
rostros como sus ídolos. Ece era el alma
rebelde del grupo, el que se reía en los
camerinos, el que improvisaba en el
escenario y el que, sin darse cuenta
empezó a sentirse fuera de órbita. Las
diferencias con Jean y Paul se volvieron
inevitables. Ellos querían control,
disciplina, estrategia, Ace. En cambio
quería libertad, improvisación, rock
puro. El Spaceman empezó a flotar
demasiado lejos de la nave. En 1978,
cada miembro de Kiss lanzó su propio
álbum solista. El de Ace, simplemente
titulado Ace Fredy, fue el más exitoso.
Su canción New York Groove se convirtió
en un himno, el regreso del hijo perdido
a su ciudad natal, como si quisiera
decirle al mundo que todavía era el
mismo chico con una guitarra y un sueño.
Pero la fama tiene un precio, la
presión, los excesos, la sensación de
ser una figura reemplazable dentro de la
maquinaria Kiss comenzaron a
desgastarlo. En 1982,
después de años de peleas internas y
problemas personales, Aceó abandonar la
banda. Su salida fue como una explosión
silenciosa. El cohete que él mismo había
lanzado hacia las estrellas se había
desintegrado a mitad del vuelo. Sin
embargo, no fue un final. Freily formó
su propio grupo, Freily’s Comet, y
siguió tocando, grabando, cayendo y
levantándose. El rock seguía siendo su
oxígeno, aunque el público ya lo miraba
como a un cometa que pasa una vez cada
tanto, brillante, pero lejano. Décadas
después, cuando el mito parecía dormido,
Ace volvió con el pelo canoso, las gafas
oscuras y la voz más ronca, seguía
llenando salas, tocando con la misma
pasión que en los 70, pero esta vez su
mirada era distinta, más serena, más
humana, como si por fin hubiera aceptado
que su viaje intergaláctico tenía que
terminar en algún punto. En este segundo
acto de su vida, Ace Frey ya no era el
Spaceman, era simplemente Ace, un hombre
que había vivido todas las fases del
éxito y del olvido y que ahora tocaba
para reconciliarse con sí mismo. El
escenario cambió, pero la esencia seguía
ahí. Una guitarra encendida, una figura
solitaria bajo la luz azul y un silencio
que pesa más que cualquier aplauso. El
ascenso de Ace Fredy fue tan vertiginoso
como una llamarada eléctrica. A mediados
de los 70, Kiss se había transformado en
una religión del rock. Los rostros
pintados, los trajes imposibles y el
fuego sobre el escenario crearon una
mística que desafiaba lo convencional.
Cada uno representaba un arquetipo. El
demonio, Jen Simons, la estrella Paul
Stanley, el gato Peter Chris y el hombre
del espacio Ace Frey. Entre ellos, Ace
era el más enigmático. No hablaba mucho
en las entrevistas, no se preocupaba por
la política de la banda ni por las
estrategias de marketing. Solo le
importaba tocar. Su guitarra tenía
personalidad, un sonido afilado, veloz,
casi extraterrestre. Canciones como
Shock Me o Colin lo convirtieron en un
icono entre los guitarristas de su
generación. En los conciertos, su
instrumento lanzaba humo y destellos
como si realmente proviniera de otro
planeta. Pero detrás del espectáculo,
Ace era el único miembro que no lograba
adaptarse al ritmo inhumano del éxito.
Mientras los demás pensaban en contratos
y giras mundiales, él buscaba espacios
de libertad, noches de improvisación y
risas. En su autobiografía, “No
regrets”, escribió. Cuando las luces se
apagaban, yo no veía fama, veía
silencio, y ese silencio me asustaba más
que cualquier escenario vacío. Su caída
empezó lentamente, casi sin que él lo
notara. La fama trajo consigo la
presión, las giras interminables y el
aislamiento. Las tensiones dentro del
grupo se volvieron insoportables. Jean y
Paul querían más control, más
disciplina. Ace, en cambio, necesitaba
aire. La banda se convirtió en una
empresa y él ya no se reconocía en aquel
engranaje. Durante las grabaciones de
Dynasty 1979
y un Masket 1980,
Fredy se sentía cada vez más apartado de
las decisiones creativas. Y mientras el
Spaceman conquistaba estadios, el hombre
detrás del maquillaje comenzaba a
perderse. En 1982,
después de años de excesos y
agotamiento, Ece abandonó Kiss. Fue un
acto de rebelión, pero también de
supervivencia. Se llevó consigo su
guitarra, su estilo y un nombre que el
público ya adoraba. Formó Fredy’s Comet,
su propio proyecto con el que regresó a
los escenarios. Aunque la industria
había cambiado y el éxito ya no era tan
fácil, Aceía tocando como si el tiempo
se hubiera detenido en 1978.
En cada nota, en cada solo había algo de
redención. A finales de los 80, los
problemas personales comenzaron a pesar.
Los años de giras, las adicciones y la
soledad le pasaron factura. Su salud se
deterioró y su reputación sufrió golpes.
Muchos lo consideraban una leyenda, pero
también una sombra de lo que fue. Y sin
embargo, Ace nunca dejó de crear. Grabó
nuevos discos, colaboró con otros
artistas. Y aunque el público de masas
se había movido hacia nuevos estilos, él
seguía siendo un símbolo de
autenticidad. El gran giro de su vida
llegó en 1996.
Después de casi 15 años separados, Kiss
anunció una reunión mundial con los
miembros originales. Ace volvió al
escenario con su traje plateado y su
guitarra reluciente frente a un público
que lloraba de emoción. El reencuentro
fue un fenómeno. Estadios llenos,
millones de entradas vendidas,
merchandising agotado. Por un momento,
el tiempo pareció retroceder, pero las
viejas heridas no desaparecen tan
fácilmente. Detrás de los aplausos
volvieron las diferencias, los
contratos, los egos. Ace sabía que esa
no era su casa. Era un viaje de regreso
a un pasado que ya no existía. En 2002
se separó nuevamente de Kiss, esta vez
sin lágrimas ni escándalo, simplemente
se fue. Dijo en una entrevista, “No
puedo vivir para ser un personaje. Soy
un músico, no un disfraz.” Y así comenzó
la etapa más humana y madura de su
carrera. Durante las décadas siguientes,
Freily publicó discos como Anomaly 2009,
Space Invader 2014, Origins Volume 1,
2016 y Spaceman 2018. Cada álbum era un
reflejo de su viaje interior, un intento
por reconciliar al hombre y al mito. En
los escenarios más pequeños, rodeado de
fanáticos fieles, Ace ya no necesitaba
efectos especiales. Su guitarra hablaba
por él y en esa sencillez muchos
descubrieron su verdadera grandeza. Sin
embargo, la edad y los años de excesos
pesaban. En 2025, durante la preparación
de su gira 10:00, 00 Boltz sufrió una
caída en su estudio de Nueva Jersey, que
le provocó una lesión cerebral. Canceló
los conciertos pendientes, pero insistió
en que se recuperaría. Pocos imaginaban
que ese sería su último intento por
volver a los escenarios. El 16 de
octubre de 2025, el mismo día en que
hace décadas había anunciado su regreso
triunfal con Kiss, Ace Fry partió para
siempre. El mundo del rock se quedó en
silencio por unos segundos, como si
alguien hubiera desconectado un
amplificador gigante. El hombre que
había hecho vibrar estadios enteros se
despidió sin ruido, como una estrella
que se apaga lentamente en el universo.
Su ascenso fue una explosión de luz, su
caída una lección de humildad, pero
ambas fases compartieron el mismo
espíritu. La pasión inquebrantable de un
artista que jamás dejó de mirar hacia el
infinito. Detrás de la máscara del
Spaceman había un hombre que nunca se
sintió parte del planeta que lo
aclamaba. Esa fue la verdad más oscura
de Ace Fredy. Mientras millones lo veían
como un dios del rock, él se sentía cada
vez más distante de su propia creación.
El maquillaje lo había protegido, pero
también lo había encarcelado. En los
últimos años, Ace había confesado que la
fama lo había hecho perder el control de
su identidad. El personaje comía al ser
humano. En las giras era Aceitarrista
legendario, el héroe que hacía rugir a
las multitudes. Pero en los hoteles,
cuando la pintura se borraba del rostro,
quedaba Paul Daniel Fredley, un hombre
solitario, cansado, que intentaba
recordar quién era antes de que el
público lo convirtiera en un mito. La
línea entre el escenario y la vida real
se desdibujó. Vivir entre luces que no
te dejan ver tu propio rostro es la
forma más triste de oscuridad”, escribió
una vez en su diario. Esa dualidad, la
del hombre y el icono, fue el conflicto
que lo acompañó hasta el final. Por un
lado, era consciente de su legado.
Guitarras icónicas, millones de discos
vendidos, el respeto eterno de toda una
generación. Por otro, sentía que el
mundo nunca lo comprendió del todo. “Yo
no era un rebelde”, dijo en una
entrevista. solo era un tipo tratando de
sobrevivir a su propio ruido. El clímax
emocional de su vida llegó cuando
comprendió que su mayor victoria también
fue su condena. El éxito de Kiss lo
había catapultado a las estrellas, pero
también le había quitado la posibilidad
de volver a ser solo Ece. Era un
símbolo, una caricatura inmortal y
ningún ser humano puede competir con su
propio mito. Durante los últimos años,
mientras la pandemia pausaba los
escenarios y las giras, Freily se
refugió en su casa de Nueva Jersey,
rodeado de guitarras, discos y
recuerdos. Allí, entre los muros
tapizados con fotografías antiguas,
componía sin prisa. En una entrevista
concedida poco antes de su accidente,
confesó, “Ahora toco solo para mí. Ya no
quiero probar nada, solo quiero que las
notas me hablen. Como cuando era un
chico en el Bronx. Sus amigos más
cercanos aseguran que pasaba largas
horas mirando al vacío, sosteniendo la
guitarra sin tocarla, como si escuchara
algo que los demás no podían oír. Tal
vez era el eco de su juventud, tal vez
eran los aplausos que nunca regresan
igual. El día de su caída, según
informes de su entorno, Ace estaba
preparando un nuevo proyecto. Tenía
demos, letras, ideas de portada. El
título tentativo era Return to the
Stars, una metáfora perfecta. Quería
cerrar su ciclo regresando
simbólicamente al lugar de donde siempre
dijo venir. Esa noche perdió el
equilibrio en el estudio golpeándose la
cabeza. Fue internado, pero su condición
se agravó con los días. El 16 de
octubre, su familia decidió dejarlo
partir. Se fue en silencio, sin público,
sin escenario, como si el universo
hubiera venido a buscarlo discretamente,
apagando las luces del camerino una por
una. La noticia se esparció rápidamente.
Jean Simons escribió, “Perdimos a un
hermano del espacio. Sin Ece, Kiss no
habría alcanzado las estrellas.” Paul
Stanley dijo, “Era un soñador, siempre
lo fue. Y los soñadores nunca mueren. It
is a probably hope like the gold and the
sign of the wrongs of coner.” Miles de
fans llenaron las redes con fotos
antiguas, entradas de conciertos,
tatuajes del casco plateado y frases de
sus canciones. El mundo comprendió quizá
por primera vez que Ace Freely no solo
había sido parte de una banda, había
sido una constelación en sí mismo. La
verdad más dolorosa emergió entonces.
Ace nunca buscó ser un dios del rock,
solo quería tocar guitarra. El éxito lo
llevó a una galaxia donde el silencio
era insoportable, donde las luces no se
apagan nunca y donde cada sonrisa debe
repetirse 1000 veces. El precio de la
inmortalidad fue la soledad. En su casa,
tras su partida, se encontraron varias
libretas con anotaciones. En una de
ellas, escrita a mano con tinta azul, se
leía, “Si alguna vez me pierdo en el
espacio, no me busquen. Estaré tocando
una melodía que solo las estrellas
pueden escuchar. Was there?” Esa fue su
despedida, su epitafio no oficial. Una
frase que resume el alma del hombre que
quiso flotar libre, pero que terminó
atrapado en su propio universo de luces.
Y ahora, cada vez que alguien pone un
vinilo de Kiss o escucha el solo de
Shock Mme, parece que un fragmento de
Ace aún viaja entre los planetas,
recordándonos que el arte cuando nace
del alma nunca muere, solo cambia de
frecuencia. En el último momento creemos
que la historia de Ace Freely no solo
habla del rock, sino de la fragilidad
humana que se esconde detrás de los
ídolos. Durante décadas, millones de
personas lo vieron como un superhéroe
cósmico, una figura inmortal con una
guitarra que lanzaba fuego. Pero detrás
del maquillaje y las luces hubo un
hombre que peleó contra los mismos
demonios que muchos enfrentan en
silencio. La soledad, la incomprensión,
la búsqueda de identidad. Ece nunca
quiso ser un símbolo. Su talento lo
empujó hacia un destino del que ya no
pudo escapar. El público quería al
Spaceman, no al hombre que regresaba
cansado al camerino con los oídos
zumbando y las manos temblando. Y sin
embargo, esa dualidad fue su mayor
aporte al rock. Demostró que detrás de
cada máscara hay una verdad más
profunda, que la vulnerabilidad también
puede ser legendaria. Lo que admiramos
de Ace no es solo virtuosismo, sino su
capacidad para seguir adelante después
de cada caída. rompió con su banda en el
momento más alto. Se reinventó como
solista cuando todos lo daban por
acabado y volvió a los escenarios para
cerrar el ciclo con dignidad. No todos
los artistas logran volver a casa con el
corazón limpio. El no porque haya
vencido a sus fantasmas, sino porque
aprendió a convivir con ellos. El
público muchas veces olvida que los
genios también sangran, que detrás de
los aplausos hay noches de silencio, que
los escenarios pueden ser cárceles
doradas. Ace Frey vivió todo eso y lo
transformó en música. Su sonido, su
actitud, su rebeldía siguen inspirando a
quienes buscan autenticidad en un mundo
que premia las máscaras. Desde este
canal queremos rendirle homenaje no como
una leyenda distante, sino como un ser
humano que se atrevió a ser diferente.
Mientras otros se conformaban con
repetir fórmulas, él buscó nuevas
galaxias sonoras. Mientras la industria
lo etiquetaba, él respondía con una
carcajada y un solo de guitarra. Y
cuando el cuerpo ya no resistió, cuando
el ruido del mundo se volvió demasiado
fuerte, simplemente guardó silencio. Ese
silencio no fue derrota, fue paz. La
muerte de Ace Frely nos recuerda algo
esencial, que los mitos no mueren cuando
dejan de respirar, sino cuando dejamos
de recordarlos. Cada vez que una
guitarra suena con ese tono metálico y
melancólico, cada vez que un joven se
pinta el rostro de plateado, Ace vuelve
a nacer porque su historia no terminó en
un hospital de Nueva Jersey. Sigue
viajando entre los ecos de su música,
entre las estrellas que alguna vez soñó
alcanzar. Y tal vez en algún rincón del
universo, el Spaceman siga tocando en un
escenario sin gravedad, donde no hay
juicios, ni máscaras ni contratos. Solo
él, su guitarra y el infinito. La
habitación donde Ace Freely pasó sus
últimos días estaba llena de guitarras
colgadas, fotografías de giras antiguas
y un casco plateado que brillaba bajo la
luz tenue de una lámpara. Dicen que poco
antes de cerrar los ojos por última vez,
alcanzó a mirar por la ventana. Afuera,
el cielo de Nueva Jersey estaba cubierto
de estrellas y tal vez por un instante
volvió a sentirse en casa. Su vida había
sido un viaje constante entre la tierra
y el espacio, entre el ruido y el
silencio, entre el mito y la verdad.
Cada cuerda que tocó fue un intento por
comunicarse con un universo que parecía
entenderlo mejor que los humanos. Por
eso su partida no se siente como un
adiós, sino como un regreso. El Spaceman
finalmente volviendo al lugar de donde
siempre dijo venir. En las semanas
siguientes, los fans encendieron velas
frente a estudios, bares y escenarios
donde Ace había tocado alguna vez. No
eran homenajes grandilocuentes, sino
gestos íntimos, guitarras apoyadas en la
pared, discos puestos a girar, frases
escritas en servilletas con tinta azul,
en cada una de ellas el mismo mensaje.
Gracias por enseñarnos que incluso las
estrellas solitarias pueden brillar. El
eco de su música continúa viajando como
una onda de radio perdida en el cosmos.
Quizá en algún rincón del universo
alguien escuche el rif de Shock Me y
sonría sin saber quién fue su autor. Y
así está bien, porque la verdadera
inmortalidad no está en el nombre, sino
en la emoción que deja. El legado de Ace
Freelyy no es solo el de un guitarrista
legendario, es el de un hombre que nunca
dejó de ser un soñador del Bronx, que se
construyó alas hechas de acordes y se
atrevió a volar demasiado cerca de la
Luna. M.