El chavo yo. Para las mamacitas lindas.
Se las cantamos así.

Este es el último momento de Carlos
Arau, un nombre que para muchos aparecía
discreto en los créditos. Para otros era
el rostro que entraba a escena y dejaba
una chispa de vida antes de desaparecer
tras bambalinas. Y sin embargo, en sus

últimas horas dejó una huella que nadie
estaba preparado para leer. Un anhelo de
mar, un guion todavía tibio entre las
manos. y una despedida escrita como
quien cierra una puerta sin hacer ruido.

Antes de partir compartió palabras que
sonaron a confidencia, un todavía quiero
que parecía dirigido a la pantalla, a la
familia, a los amigos que lo vieron
batallar con silencios más pesados que
cualquier libreto. No fue un grito, fue

una nota suave, casi náutica, que pedía
orilla, como si su vida hecha de
entradas y salidas breves, buscara por
fin un plano sostenido sin corte. Arau
pertenecía a esa estirpe rara de

artistas que conocen cada esquina del
set, cada sombra de un foro, cada espera
interminable en un pasillo helado. Fue
actor, pero también mente inquieta.
Miraba escenas y ya pensaba en cómo

contarlas mejor, en qué luz merecían, en
qué ángulo rescataba lo humano. Tenía
oficio, tenía memoria y tenía, sobre
todo, una paciencia que solo cultivan
los que han aprendido a vivir fuera del
reflector, sosteniendo a los
protagonistas con una verdad pequeña y
necesaria. La industria lo reconocía a
su manera. Ese saludo cariñoso del
técnico, esa risa cómplice del extra que
lo vio repetir una toma hasta afinarla,
ese abrazo de un colega que sabía que si
Arau estaba en cuadro, la escena
respiraría. No era la celebridad del
alfombrado rojo, era la pieza que hace
funcionar el mecanismo, el engrane
limpio que no se jacta, pero sin el cual
la máquina se traba. En su mensaje
final, ese que hoy releemos intentando
hallar advertencias, hay más amor al
oficio que queja, más horizonte que
sombra. Habla de volver al mar y de
terminar una historia. Tal vez por eso
su adiós duele distinto, porque no
interrumpe una carrera de ruido, sino
una conversación íntima con el cine y la
televisión, porque no apaga un destello
efímero, sino una lámpara de trabajo que
noche tras noche iluminó a otros. Para
comprender el último momento de Carlos
Arau, hay que volver al inicio, al
escenario donde su vida se forjó entre
bastidores y recuerdos familiares que ya
llevaban el sello del arte. Nació en el
seno de una estirpe, donde el cine no
era simple entretenimiento, era
herencia, destino y a veces carga. Su
hermano Alfonso, director y actor de
renombre internacional, y su sobrino
Sergio, músico y cineasta, hicieron del
apellido Arau una firma reconocida.
Carlos creció entre cámaras, libretos y
conversaciones que hablaban de planos,
encuadres y sueños en celuloide. Ese
entorno, sin embargo, no le garantizó la
gloria, más bien lo colocó en un punto
difícil, vivir bajo la sombra de
gigantes y construir su propia
identidad. El joven Carlos buscaba un
lugar que no fuera préstamo, un camino
en el que su talento no pareciera eco de
nadie. Su escenario inicial fue duro,
papeles pequeños, sets donde su nombre
apenas figuraba, horas de ensayo para
una línea de guion que quizá el público
olvidaba al instante, pero él no
olvidaba. Guardaba cada instante como
prueba de que pertenecía a ese universo.
El México de los años 80 y 90, con su
televisión en pleno auge, se convirtió
en su casa laboral. Allí aparecieron las
primeras oportunidades, la telenovela,
el programa unitario, el personaje
secundario que aunque breve exigía
autenticidad. Arau entendió que no había
papeles menores, solo actores que podían
o no darles verdad. Esa filosofía lo
acompañaría hasta sus últimos días. Su
tema de vida fue ese, ser la voz
discreta que sostiene el relato sin
reclamar protagonismo. Mientras muchos
colegas luchaban por el brillo, él
cultivaba la constancia. Se formó
también como director y guionista porque
comprendía que el arte no se agota en la
actuación. Quería narrar, producir,
aportar desde varias trincheras. Cada
proyecto era para él una lección más que
un trampolín. Sin embargo, el escenario
que parecía prometer estabilidad
ocultaba tensiones. Ser parte de la
familia Arau significaba lidiar con
comparaciones inevitables. ¿Cómo
alcanzar el reconocimiento cuando tu
hermano dirige películas aplaudidas en
todo el mundo? ¿Cómo evitar que tu
nombre se lea como un apéndice del árbol
genealógico? Carlos encontró respuesta
en la humildad. aceptó ser el actor de
carácter, el rostro que completa un
reparto, el narrador silencioso de
historias. En la memoria de muchos
mexicanos, su rostro está ligado a
producciones como Vecinos y la Rosa de
Guadalupe, escenarios populares cercanos
a millones de hogares donde él entregaba
interpretaciones que podían parecer
sencillas, pero estaban llenas de
humanidad. Fue en esos espacios donde se
consolidó como parte del paisaje
audiovisual del país y aunque no fue el
protagonista, se convirtió en un
referente entrañable, el actor que
aparecía y generaba confianza,
familiaridad, un eco de verdad, pero el
tema que rodea su figura va más allá del
oficio. Habla de la soledad del actor
que no recibe grandes titulares, de la
vida dedicada a un arte que muchas veces
responde con silencio. Habla de la lucha
contra la invisibilidad. incluso en
medio de los reflectores. Y finalmente
habla de un hombre que al acercarse a
sus últimos días dejó mensajes crípticos
como si quisiera que el público
entendiera que su historia todavía no
estaba completa. Ese es el escenario. Un
hombre formado en la tradición
artística, marcado por el peso del
apellido, acostumbrado a ser secundario,
pero dueño de una voz interior que pedía
ser escuchada en el último acto de su
vida. El ascenso de Carlos Arau no fue
un relámpago ni un golpe de suerte que
lo lanzó a la cima. Fue un ascenso
lento, tejido con la misma paciencia que
él mostraba en cada set de grabación. En
la industria del espectáculo, donde las
carreras suelen medirse en titulares y
portadas. La suya fue una escalera
discreta, sin reflectores deslumbrantes,
pero firme. Y esa firmeza con los años
se convirtió en el sello de su
trayectoria. Sus primeras apariciones
frente a la cámara fueron papeles que
muchos hubieran rechazado. El vecino
curioso, el amigo que escucha, el
personaje que entra y sale en segundos.
Sin embargo, para Arau cada intervención
era una oportunidad de explorar un matiz
humano. Decía, según recuerdan
compañeros de rodaje, que no existen
personajes pequeños, solo miradas
superficiales. Por eso se tomaba el
tiempo de estudiar cada gesto, cada
línea, como si de ello dependiera la
veracidad de la escena. La televisión
mexicana de los 90 y principios de los
2000 vivió una expansión sin
precedentes. Los melodramas, las
comedias de situación y los programas
unitarios se convirtieron en la columna
vertebral de la cultura popular. Allí,
entre historias que se transmitían a
diario en millones de hogares, Carlos
encontró un espacio que lo adoptó. La
Rosa de Guadalupe, con su mezcla de
drama y moraleja, le ofreció papeles que
cambiaban de episodio en episodio. Para
el espectador podía ser un padre
desesperado, un vecino solidario o un
antagonista inesperado. Esa versatilidad
era su herramienta, pero fue con vecinos
donde su rostro se volvió verdaderamente
familiar. Interpretando a Hortenio, un
personaje que parecía secundario en la
trama, logró que cada aparición tuviera
un sabor especial. La comedia exigía
precisión, ritmo y sobre todo
naturalidad. Y él la entregaba. Los
televidentes lo recordaban no porque
dominara la pantalla, sino porque su
presencia agregaba autenticidad a la
vida cotidiana del condominio ficticio.
En una serie donde cada gesto contaba,
Arau demostró que un actor puede ser
inolvidable incluso desde la periferia.
Su ascenso también incluyó facetas menos
conocidas. Carlos no era solo
intérprete, era un creador inquieto. Se
interesó en la escritura de guiones, en
la dirección de escenas y en la
producción. Ese deseo de abarcar
distintas áreas no respondía a la
ambición del reconocimiento, sino a la
necesidad de comprender el oficio en su
totalidad. Para él, un set era una
orquesta. Cada instrumento debía sonar
en armonía y él quería aprender a tocar
varios. Aunque nunca alcanzó el estatus
de celebridad internacional, se
convirtió en un trabajador respetado.
Los técnicos lo valoraban por su
disciplina, los directores por su
capacidad de adaptarse, los compañeros
de reparto por su camaradería. En un
medio a menudo dominado por egos, Arau
representaba la otra cara, la del
profesional que hace que todo fluya sin
buscar protagonismo. Sin embargo, en esa
constancia se escondía también una lucha
silenciosa. Estar siempre en segundo
plano puede ser un arma de doble filo.
Por un lado, le dio estabilidad y
presencia constante en la pantalla. Por
otro, le negó el brillo que muchos
esperan tras décadas de entrega. Y esa
tensión, esa dualidad entre la
satisfacción del trabajo bien hecho y la
frustración de la invisibilidad fue uno
de los ejes de su vida. Entrevistas
breves y en charlas informales con
colegas, Arau dejaba entrever una
filosofía particular. No vine a ser
estrella, vine a ser actor. Una frase
sencilla, pero que contenía toda una
declaración de principios. Para él,
actuar no era un medio para la fama,
sino un fin en sí mismo, el placer de
encarnar vidas distintas, de habitar
emociones que luego abandonaba al caer
el telón. Con los años, esa ética lo
llevó a ser parte de proyectos diversos,
desde cine independiente hasta teatro
experimental. Aunque no siempre
recibieron gran difusión, eran espacios
donde podía explorar más a fondo su
capacidad creativa. Esa búsqueda
constante, más allá de los aplausos, fue
la esencia de su ascenso. No un camino
hacia la cima visible, sino hacia la
plenitud interior. Y sin embargo, como
toda historia de ascenso, también tuvo
un desenlace. La conclusión de su
trayectoria no llegó con una película
consagratoria ni con un premio de
reconocimiento a su carrera. llegó con
un silencio abrupto, con una noticia
inesperada que estremeció al medio
artístico. Cuando se anunció su
fallecimiento a finales de septiembre de
2025, muchos se sorprendieron de lo poco
que se sabía sobre su vida personal en
esos últimos meses. Lo único que quedó
claro es que hasta el final seguía
creando. Estaba escribiendo un guion
sobre la vida del cinefotógrafo Gabriel
Figueroa, un proyecto que hablaba de su
amor profundo al séptimo arte y de su
deseo de rescatar figuras fundamentales
de la cultura mexicana. Ese proyecto
inconcluso se convirtió en símbolo de lo
que Carlos Arau fue, un narrador
incansable, siempre trabajando en
silencio, siempre pensando en la próxima
historia. Su conclusión, en términos
vitales, fue abrupta, pero en términos
simbólicos, su vida se cerró como él la
vivió, entre páginas a medio escribir,
entre escenas que merecían ser contadas,
entre personajes que aguardaban su turno
para existir. En esa paradoja, el hombre
que nunca buscó los reflectores y que,
sin embargo, en su partida los encendió
todos sobre su nombre, reside la
grandeza discreta de Carlos Arau. El
ascenso y la conclusión se encuentran en
su legado. Un artista que nunca fue
estrella, pero que brilló con la luz
propia de la constancia. Un hombre que
supo ser indispensable sin ser
protagonista. Y en esa aparente
contradicción quizá radique la enseñanza
más profunda de su historia. La muerte
de Carlos Arau sorprendió no solo por lo
repentino, sino por el velo de misterio
que aún hoy rodea sus últimas horas. La
noticia llegó el 30 de septiembre de
2025 cuando la Asociación Nacional de
Intérpretes, Andy, confirmó su
fallecimiento. Pero la fecha exacta
parecía haber ocurrido días antes, entre
el 27 y el 28. Ese desfase temporal
abrió una grieta de incertidumbre. ¿Por
qué el silencio inicial? ¿Qué sucedió
realmente en esas horas donde su voz
dejó de resonar? La oscura verdad
empieza en los mensajes que él mismo
dejó en redes sociales. Arao escribió
sobre el mar, sobre la necesidad de
volver a él, como si el océano fuera
refugio y testigo de sus pensamientos
finales. También mencionó un guion
inconcluso sobre Gabriel Figueroa, el
gran cinefotógrafo mexicano. A primera
vista eran reflexiones de un artista
apasionado, de un hombre que seguía
soñando con nuevos proyectos, pero en
retrospectiva suenan a despedida velada,
a confesión entre líneas. Ese es el
clímax emocional. Un creador que a pesar
de haber entregado más de tres décadas a
la actuación sintió que el tiempo se
agotaba. No hubo discursos
grandilocuentes ni entrevistas
reveladoras. Solo esas frases
compartidas con sus seguidores que hoy
se leen como un testamento simbólico.
Todavía quiero escribir, todavía quiero
mar. Frases que parecen extender la mano
hacia algo que se le escapaba. Lo que
enciende el misterio es que nunca se
informó la causa oficial de su partida.
Algunos medios hablaron de un malestar
súbito, otros de un padecimiento
guardado con discreción. La falta de
claridad alimentó teorías, rumores y
conjeturas. Y como suele ocurrir en el
espectáculo, el silencio se convirtió en
un eco más fuerte que cualquier
declaración. La verdad oculta también
tiene otra dimensión, la soledad del
actor secundario. Arau vivió siempre en
los márgenes de los reflectores, rodeado
de aplausos que rara vez iban dirigidos
a él. Sus compañeros lo apreciaban, sí,
los técnicos lo respetaban también, pero
en la narrativa mediática era invisible.
Y esa invisibilidad con los años pesa.
¿Cuántas veces habrá sentido que su
trabajo se perdía en la memoria del
público? ¿Cuántas veces habrá comparado
su vida con la de Alfonso, su hermano
reconocido internacionalmente?
El clímax llega cuando entendemos que su
despedida no fue solamente biológica,
sino simbólica. Fue el último acto de un
hombre que se sintió más visto en su
ausencia que en vida. Porque
paradójicamente fue tras su muerte
cuando los titulares lo nombraron,
cuando las portadas lo pusieron al
centro, cuando millones de personas lo
recordaron con cariño. Ese es el drama
silencioso de muchos artistas, ser
reconocido solo cuando la cortina baja
definitivamente. Familiares y colegas
reaccionaron con sorpresa. Algunos
recordaron su disciplina, otros su humor
discreto, otros el amor con que hablaba
del cine. Nadie esperaba su partida tan
pronto y menos aún de manera tan
misteriosa. No hubo una última alfombra
roja ni un homenaje masivo en vida.
Hubo, en cambio, un repentino vacío en
el set de vecinos, en los foros donde
solía caminar, en las butacas de teatro
que lo habían visto soñar. El público al
enterarse reaccionó con esa mezcla de
ternura y culpa que acompaña la pérdida
de quienes estuvieron siempre presentes
sin ser vistos del todo. Yo lo recuerdo
en La Rosa de Guadalupe. Era hortensio.
Me hacía reír, siempre estaba ahí
acompañándonos.
Esos comentarios multiplicados en redes
sociales revelan la paradoja. Nunca fue
el protagonista de la vida pública, pero
sí formó parte íntima de la vida
cotidiana de miles de personas. La
oscura verdad. Entonces es doble, por un
lado, el misterio de su fallecimiento,
que todavía se rodea de versiones
contradictorias. Por otro, la certeza de
que su carrera fue una lucha constante
contra la invisibilidad. Y en ese cruce
de incertidumbre y reconocimiento tardío
se encierra la tragedia que hoy
contamos. El clímax emocional de esta
historia no está en cómo murió, sino en
cómo vivió, con disciplina, con amor al
arte, con un anhelo constante de crear y
al mismo tiempo con la carga de no haber
sido nunca la figura central, de haber
sido siempre el otro arau, el hermano,
el tío, el secundario. Esa tensión entre
la plenitud de su vocación y la carencia
de visibilidad es la verdad más oscura
de su recorrido. Cuando recordamos sus
últimas palabras escritas, el eco se
vuelve casi cinematográfico.
Un hombre que pide mar, que habla de un
guion inconcluso, que se despide sin
gritar. El mar como símbolo de
infinitud, el guion como símbolo de lo
que queda por contar y finalmente el
silencio como telón definitivo. Carlos
Arau partió envuelto en enigmas, como si
él mismo hubiera decidido dejar una
escena abierta para que el público
complete la historia. Y quizás en ese
gesto se revela su último acto creativo,
convertir su a Dios en un relato
inacabado, en una obra que obliga a
quienes lo conocieron a pensar, a
recordar, a sentir. En el último momento
no buscamos glorificar la partida de
Carlos Arau ni reducirla a un titular
vacío. Lo que nos conmueve de su
historia es esa dualidad entre el brillo
silencioso de su carrera y la penumbra
que rodeó su último acto. nos obliga a
preguntarnos algo esencial. ¿Qué
significa realmente ser recordado? Arau
fue un trabajador del arte, un artesano
de la interpretación. No necesitaba ser
estrella deportada para dejar huella en
millones de hogares. En cada capítulo de
La Rosa de Guadalupe, en cada escena de
vecinos, estaba allí sosteniendo la
historia, dándole veracidad a una
ficción que de otro modo sería frágil.
Su valor radicaba en eso, en ser parte
de la memoria colectiva, aún cuando
pocos sabían su nombre. La opinión de
este canal es que la vida de Carlos Arau
refleja la condición de tantos actores y
actrices que construyen la industria del
entretenimiento sin recibir la luz
directa de la fama. Son esos rostros
que, sin proponérselo, nos acompañan
durante años en la televisión, en el
cine, en el teatro. Y cuando parten nos
sorprende descubrir cuánto formaban
parte de nuestra cotidianidad. También
creemos que su legado nos invita a
reflexionar sobre la invisibilidad. En
un medio donde todo parece medirse en
seguidores y titulares, Arau defendió la
dignidad de los personajes pequeños, de
las historias breves, de la constancia.
Quizás por eso sus últimas palabras, ese
deseo de regresar al mar y de concluir
un guion, resuenan con tanta fuerza. son
la metáfora de un creador que nunca dejó
de buscar belleza, incluso en medio de
la sombra. Al no saberse la causa exacta
de su muerte, su figura se reviste de
misterio, lo cual intensifica el dolor y
la curiosidad. Pero más allá de las
especulaciones, lo que queda es la
certeza de que dedicó su vida a una
vocación que lo definió hasta el final.
Su despedida no es un capítulo cerrado,
sino una pregunta abierta. ¿Cuántos
otros artistas viven y mueren sin que
los veamos realmente? En el último
momento creemos que contar su historia
es una forma de rendir homenaje no solo
a él, sino a todos los que, como él
sostienen el arte desde las sombras.
Carlos Arau no fue la estrella que todo
lo eclipsa, pero sí fue el faro humilde
que iluminó escenas que nos hicieron
reír, llorar y pensar. Y en esa
discreción radica su grandeza.
Recordarlo es reconocer que la fama no
es la única medida del éxito, que hay
vidas entregadas al arte cuya mayor
victoria es permanecer en el recuerdo de
quienes, sin saberlo, compartieron
tardes enteras frente a la pantalla
gracias a su presencia. Carlos Arau nos
deja con esa lección. El valor de lo
sencillo, la nobleza de lo discreto y la
eternidad de lo auténtico. El recuerdo
de Carlos Arau no se cierra con una
fecha ni con un parte oficial. se queda
suspendido como una escena sin corte,
como un plano que el director decide
alargar para que el espectador respire
en silencio. Esa es la sensación que
deja su partida, la de un adiós que no
termina, que se repite cada vez que
alguien enciende la televisión y lo
encuentra en un episodio de Vecinos o en
alguna historia de La Rosa de Guadalupe.
Imaginamos a Carlos caminando hacia el
mar que tanto mencionó, como si allí
buscara una última conversación consigo
mismo. Mar, infinito y nostálgico,
representa la continuidad que él
deseaba. Seguir contando, seguir
creando, aún cuando el tiempo parecía
agotarse. Tal vez en esa orilla soñada
encontró la paz que tantas veces le fue
esquiva en el terreno de la fama. En la
memoria del público quedará como ese
actor que nunca necesitó un papel
protagónico para ser parte de nuestras
vidas, como el artesano de las escenas
que construyó con paciencia, con amor,
con la convicción de que el arte se hace
también desde lo pequeño. Su legado nos
recuerda que no hay despedidas
absolutas. Cada interpretación suya es
una ventana abierta hacia lo humano, un
eco que no desaparece. Este final no es
cierre, sino invitación. invitación a
mirar con otros ojos a quienes suelen
pasar desapercibidos, a valorar la
constancia por encima del ruido, a
reconocer que detrás de cada sonrisa en
la pantalla hubo un trabajador que dejó
parte de su alma en cada gesto. Arau en
su silencio final nos enseñó que la
grandeza no siempre necesita aplausos.
Así, cuando volvamos a ver su rostro en
alguna repetición, no lo veremos solo
como hortensio o como un padre en
apuros, sino como el hombre que buscaba
el mar, como el artista que escribió
hasta el último día, como la voz
discreta que nos acompañó sin pedir nada
a cambio. Y en ese reconocimiento
tardío, quizás encontremos la forma de
mantenerlo vivo, porque en el último
momento cada historia es un homenaje,
cada recuerdo una despedida contada con
respeto. Y hoy, al hablar de Carlos
Arau, lo despedimos sin cerrarle la
puerta. Dejamos la escena abierta para
que siga caminando hacia ese horizonte
que tanto anhelaba. Yeah.