Hace 5 minutos: Sonia Restrepo esposa de Yeison Jiménez, confirma un secreto marital que te impacta!

Alguna vez se han preguntado qué se esconde realmente detrás del éxito de un artista que parece tenerlo todo cuando se apagan las luces del escenario cuando los aplausos se convierten en silencio y el ídolo vuelve a ser simplemente un hombre frente a su propia vida.

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Y si les dijera que detrás de la voz potente de Jason Jiménez existe una historia íntima que casi nadie conoce, marcada por sacrificios, soledades, hábitos inesperados y una esposa que hoy decide hablar sin filtros.

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Aquí no solo contamos historias, también abrimos debates reales sobre la vida de quienes admiramos.

Hoy no vamos a hablar solo del cantante exitoso que llena escenarios en Colombia, Estados Unidos y América Latina.

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Hoy vamos a entrar en la vida privada de Jason Jiménez y su esposa Sonia Restrepo.

Una relación que muchos imaginan perfecta, pero que en realidad se ha construido sobre renuncias, silencios, disciplina emocional y una lucha constante por no perderse el uno al otro mientras el mundo los observa.

Cuando Jason Jiménez sube al escenario, su imagen es clara.

seguridad, carisma, letras que hablan de amor, dolor, orgullo y calle.

Para el público es el artista que convirtió una historia humilde en una carrera sólida dentro de la música popular colombiana.

Pero Sonia, su esposa, ve algo más.

Ve al hombre que regresa de madrugada, al que muchas veces no logra dormir, al que vive con la cabeza llena de conciertos, contratos, números, expectativas y presión.

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En los últimos meses, Sonia Restrepo ha empezado a mostrarse más abierta en redes y entrevistas pequeñas, no para crear escándalo, sino para explicar algo que pocas parejas de famosos se atreven a decir.

El amor no es suficiente si no existe disciplina emocional.

Ella lo expresó con una frase que llamó mucho la atención.

Uno no mantiene una familia solo con sentimientos, sino con decisiones diarias, incluso cuando no tienes ganas.

Detrás de esa frase hay años de adaptación.

Cuando Jason comenzó a crecer de verdad en la industria, la vida de ambos cambió radicalmente.

Ya no se trataba solo de grabar canciones, sino de viajar sin parar, cruzar fronteras, dormir en hoteles, vivir con maletas abiertas.

Sonia tuvo que aprender que muchas veces su esposo estaría físicamente lejos, aunque emocionalmente intentara estar cerca.

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Ella misma contó que hubo etapas en las que sentía que vivían en paralelo.

No peleaban, no había traiciones, no había grandes escándalos, pero sí existía una distancia silenciosa.

Jason salía de gira.

Sonia se quedaba organizando la vida cotidiana y cuando él regresaba ya estaba pensando en el siguiente viaje.

No era falta de amor, era exceso de trabajo.

Aquí aparece uno de los primeros contrastes que sorprenden al público.

Jason Jiménez no es el típico artista desordenado por fiestas o excesos sociales, sino alguien obsesionado con producir, con crear, con no quedarse atrás.

Sonia reveló que su mayor defecto no es la infidelidad ni el ego, sino la incapacidad de detenerse.

Puede pasar noches enteras componiendo, revisando arreglos, hablando con su equipo, incluso cuando su cuerpo le pide descanso.

Ella contó que muchas veces debía decirle, “El público ama tu voz, pero yo necesito al hombre.

” Y esa frase resume un conflicto profundo, cómo equilibrar el éxito con la presencia real en casa.

Porque estar casado con un artista no es solo acompañarlo a eventos, es aprender a convivir con ausencias constantes.

En el imaginario de los fans, Sonia es la mujer que disfruta de los logros, de los viajes, de la estabilidad económica.

Pero la realidad es más compleja.

Hay noches solas, celebraciones sin pareja, decisiones que se toman sin consultar porque el otro está en otro país, en otro uso horario, en otro escenario.

Sonia confesó algo que sorprendió a muchos.

Hubo momentos en los que se preguntó si amaba al Jason del escenario o al Jason real, el que se quita las botas al llegar a casa, el que se queda en silencio, el que carga con el peso de no fallarle a nadie.

Esa pregunta no nace del drama, nace de la conciencia de que la fama transforma a las personas.

Jason, por su parte, siempre habló de sus orígenes humildes, de la necesidad de no desperdiciar oportunidades.

Ese miedo a volver atrás es uno de los motores que lo empuja a trabajar sin parar.

Sonia entiende eso, pero también sabe que el éxito sin equilibrio termina cobrando factura emocional.

En esta historia no hay villanos.

Hay seres humanos tratando de no romperse mientras crecen.

Jason quiere ser mejor artista, mejor empresario, mejor referente.

Sonia quiere ser esposa, compañera, pero también mujer con espacio propio.

Y entre esos deseos se construye una convivencia que no siempre es fácil.

Uno de los secretos que Sonia dejó entrever es que muchas discusiones no nacieron por celos, sino por cansancio emocional.

Cuando alguien vive constantemente en modo productividad, empieza a olvidar los pequeños rituales.

Sentarse sin el teléfono, hablar sin reloj, compartir sin pensar en el próximo vuelo.

Ella dijo algo que tocó a muchos seguidores.

A veces no necesitas que tu pareja te regale cosas, sino que te regale tiempo sin agenda.

Y en la vida de Jason, el tiempo es el lujo más caro.

Mientras tanto, el público sigue viendo al artista que triunfa, ve los conciertos llenos, los videos, los aplausos, pero no ve el momento en que Sonia revisa mensajes sola, ni el momento en que Jason desde un hotel mira fotos familiares preguntándose si está perdiéndose algo irrepetible.

Esta es apenas la puerta de entrada a una historia mucho más profunda, porque detrás del Jason que canta al amor herido existe un hombre que también lucha por no herir sin querer a quien más ama.

Y detrás de Sonia, la mujer discreta, existe una voz que hoy decide explicar que una relación con un artista no se mantiene con romanticismo permanente, sino con acuerdos, límites y una disciplina emocional que pocas personas están dispuestas a sostener.

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La Gen la historia continúa justo donde la dejamos, en ese punto incómodo donde el amor existe, pero el tiempo empieza a escasear.

Porque cuando Jason Jiménez despega definitivamente como artista, la relación con Sonia entra en una etapa distinta, no más improvisación, no más vida normal, sino una agenda que parece no terminar nunca.

Jason comienza a vivir con el reloj en la mano.

Aeropuertos, camerinos, hoteles, entrevistas, pruebas de sonido, reuniones con managers, grabaciones nocturnas.

Para el público es éxito.

Para Sonia muchas veces es ausencia, no una ausencia dramática, sino una que se instala despacio como una costumbre peligrosa.

Ella lo explicó con una sinceridad que sorprendió.

Hay días en los que sabes que tu pareja te ama, pero no la tienes.

Esa frase resume lo que significa estar casada con alguien que pertenece también a miles de personas más.

Mientras Jason canta frente a multitudes, Sonia se queda organizando una casa donde el ruido principal no es la música, sino las preguntas de los hijos.

¿Cuándo vuelve papá? si vendrá al cumpleaños, si podrá ver el partido, si estará en la cena.

Y no siempre hay respuestas claras, porque en la gira no entiende de rutinas familiares.

A veces Jason sale pensando que serán pocos días y termina siendo semanas.

A veces promete una videollamada que se cancela por un retraso, un vuelo, una reunión inesperada.

No es mala intención, es la lógica de la industria, pero el corazón no funciona con la misma lógica.

Sonia cuenta que hubo noches en las que la casa estaba llena de juguetes, pero vacía de conversación adulta, no por falta de amor, sino por exceso de responsabilidades.

Ella debía ser madre, administradora del hogar, apoyo emocional y al mismo tiempo mujer que también necesitaba ser escuchada.

Aquí aparece uno de los ejes más delicados de esta historia.

La soledad dentro del matrimonio no es estar sola físicamente, es sentir que tu compañero vive en otro ritmo.

Jason estaba conectado con escenarios, Sonia con la vida real cotidiana y sin embargo nunca dejaron que esa distancia se convirtiera en ruptura, no porque fuera fácil, sino porque tomaron una decisión consciente.

Proteger a la familia por encima del ego.

Sonia reveló que muchas veces tuvo que tragarse el orgullo.

Hubo días en los que quería reclamar, pero entendía que Jason no estaba huyendo, estaba construyendo.

La diferencia entre abandono y sacrificio es fina y solo se entiende cuando hay comunicación real.

Jason, por su parte, también empezó a notar que algo no cuadraba.

Desde un hotel en otro país podía recibir fotos de sus hijos creciendo sin él.

sonrisas nuevas, palabras nuevas, gestos que no presenció en directo y eso empezó a dolerle más que cualquier crítica pública.

El éxito trae dinero, reconocimiento y poder, pero también trae culpa.

Culpa por no estar, culpa por perder momentos que no vuelven.

En más de una ocasión, Jason confesó en círculos cercanos que sentía que su carrera avanzaba más rápido que su vida personal.

Mientras todo el mundo celebraba sus logros, él se preguntaba si estaba pagando un precio demasiado alto.

Aquí entra un elemento clave, sus tres hijos.

Para Sonia, ellos no son un detalle, son el centro del equilibrio.

Ella entendió que no podía competir con la música, pero sí podía convertir el hogar en un lugar emocionalmente estable.

Los niños crecieron viendo a un padre que aparece y desaparece.

Pero también viendo a una madre que no habla mal de él, Sonia nunca quiso que sus hijos asociaran la ausencia con el abandono.

Siempre explicó que su papá trabajaba para ellos, no lejos de ellos.

Y ese matiz cambia todo, porque no es lo mismo decir papá no está que decir papá está luchando por nosotros.

Sonia desarrolló una especie de ritual familiar, mantener la presencia simbólica de Jason, incluso cuando él no estaba físicamente.

Videos antes de dormir, audios por la mañana, mensajes simples pero constantes, no para fingir cercanía, sino para que los niños no sintieran que vivían con un fantasma.

Jason, desde el otro lado, empezó a entender que no bastaba con enviar dinero o regalos.

tenía que enviar tiempo emocional.

Así, muchas noches después de conciertos, en lugar de salir con el equipo, se encerraba a hablar con sus hijos, aunque estuviera agotado.

Esa es otra cara poco conocida.

El artista que termina de cantar frente a miles y luego se queda en silencio frente a una pantalla pequeña escuchando historias escolares, problemas simples, preguntas inocentes, pero la distancia no solo afectó a los hijos, afectó a la pareja.

Sonia confesó que hubo momentos en los que se sentía más administradora que esposa.

Coordinaba horarios, agendas, viajes, permisos, pero extrañaba la complicidad espontánea.

Ella dijo algo muy humano.

Uno no se casa para ser secretaria del amor.

Y en esa frase se refleja la tensión entre organización y emoción.

Por eso Sonia empezó a hablar de disciplina emocional.

No esperar a sentir para actuar.

sino actuar incluso cuando el cansancio pesa.

Decidir cuidar la relación cuando sería más fácil dejarla en piloto automático.

En vez de reclamar desde el drama, aprendió a hablar desde la estructura, poner límites, pedir espacios, exigir presencia real cuando Jason estuviera en casa.

No más celulares en la mesa, no más reuniones en horarios familiares, no más excusas cuando había oportunidad de estar juntos.

Jason aceptó que si no cambiaba pequeñas cosas podía perder lo grande.

Empezó a reducir algunos viajes innecesarios, a organizar giras de manera más humana, a entender que no todo contrato vale lo mismo que una cena con sus hijos, pero no fue automático.

Hubo roces, silencios incómodos, conversaciones duras, no peleas de escándalo, sino discusiones de adultos que saben que el problema no es el otro.

sino el ritmo de vida.

Sonia explicó que lo más difícil no era que Jason se fuera, sino que cuando volvía, a veces seguía mentalmente lejos.

El cuerpo estaba en casa, pero la cabeza seguía en el escenario.

Ahí empezó otro aprendizaje.

Desconectar.

Jason tuvo que aprender a quitarse el personaje del artista y volver a ser esposo y padre.

Algo que parece simple, pero que para alguien acostumbrado a vivir bajo presión constante es casi una reeducación emocional.

Los hijos también jugaron un papel importante.

Con preguntas simples, obligaron a Jason a mirarse.

¿Te vas otra vez? ¿Cuánto falta para que vuelvas? ¿Te quedas hoy? Preguntas que no atacan, pero atraviesan.

Y Sonia entendió que proteger la familia no significaba esconder los problemas.

sino mostrarlos con amor, no maquillar la ausencia, sino transformarla en responsabilidad compartida.

Así, poco a poco, la relación dejó de girar solo alrededor de la carrera de Jason y empezó a girar alrededor del proyecto familiar, no perfecto, no ideal, pero consciente.

Porque amar a un artista no es acompañarlo en la alfombra roja, es acompañarlo cuando el éxito amenaza con llevárselo lejos de casa.

Y en esta parte de la historia, Sonia no se presenta como víctima, sino como arquitecta emocional.

La mujer que entiende que una familia no se sostiene con promesas, sino con hábitos.

Mientras Jason sigue llenando escenarios, Sonia sigue llenando silencios con estructura.

Mientras él canta sobre heridas, ella trabaja para que las heridas no se abran dentro del hogar.

Y así entre vuelos y cunas, entre aplausos y tareas escolares, la historia de Jason Jiménez y Sonia Restrepo continúa construyéndose no desde el espectáculo, sino desde la resistencia cotidiana.

Porque el verdadero desafío no es triunfar afuera, sino no fracasar adentro.

Y lo que viene a continuación nos lleva todavía más lejos hacia los hábitos ocultos de Jason, las presiones invisibles del éxito y las decisiones que podrían cambiar para siempre la manera en que el público lo mira.

La distancia, el trabajo y la familia ya habían cambiado la dinámica entre Jason y Sonia, pero había una capa más profunda que todavía no salía a la luz.

La manera en que Jason vivía consigo mismo cuando nadie lo veía, porque no todos los conflictos vienen de afuera, muchos nacen dentro.

Sonia comenzó a notar algo que al principio parecía pequeño.

Jason nunca descansaba de verdad.

Incluso cuando estaba en casa, su mente seguía funcionando como si estuviera en un escenario.

Revisaba números, escuchaba pistas, hacía llamadas, escribía letras en servilletas.

en el celular, en cualquier espacio libre, no sabía detenerse.

Ella lo llamó sin dramatizar, una adicción silenciosa al trabajo.

No era vicio de fiestas ni de excesos públicos, sino de productividad.

Jason sentía que si se detenía podía perder todo lo que había construido.

Ese miedo venía de lejos, de una infancia donde nada estaba garantizado, de años luchando por un lugar en la música popular.

Para Jason, el éxito no era comodidad, era una carrera contra el tiempo.

Sonia reveló que muchas noches él se dormía con audífonos puestos, escuchando mezclas que todavía no estaban terminadas.

No para presumir, sino para controlar.

Quería que todo estuviera perfecto.

Esa obsesión que afuera se veía como profesionalismo, dentro de casa se sentía como ausencia emocional.

Ella lo miraba y pensaba, “Está aquí, pero no está.

” Otra costumbre que sorprendió a muchos fue su incapacidad para desconectar incluso en momentos familiares, cumpleaños, cenas, vacaciones.

Siempre había un mensaje que responder, una llamada que atender, una idea que no podía esperar.

Sonia no hablaba de infidelidad, hablaba de distracción constante y la distracción repetida también erosiona.

Jason no se daba cuenta hasta que Sonia empezó a poner palabras donde antes había silencios, no con reproches, sino con preguntas.

¿Estás conmigo o con tu carrera ahora mismo? Esa pregunta simple desarmaba cualquier excusa.

Con el tiempo, Sonia entendió que Jason no huía de la familia, huía del miedo a fallar.

En su mente, fallar no era solo perder público, era volver a sentirse vulnerable.

Pero la presión no venía solo del pasado, venía también del presente.

La industria exige números: visibilidad, constancia.

Un artista que se detiene desaparece y Jason lo sabía.

Ese conocimiento lo empujaba a trabajar incluso cuando su cuerpo pedía pausa.

Dormía poco, comía rápido, vivía acelerado.

Sonia empezó a preocuparse no solo por la relación, sino por la salud emocional de su esposo.

Ella contó que hubo momentos en los que Jason estaba irritable sin saber por qué.

No era enojo contra nadie, era agotamiento acumulado.

Y cuando alguien vive cansado, empieza a responder desde la defensa.

Así aparecieron pequeños choques, no por grandes temas, sino por detalles.

Un mensaje no contestado, una promesa postergada, una presencia a medias.

Pero el conflicto más delicado fue interno.

Jason empezó a preguntarse quién era sin el escenario.

Cuando un artista se acostumbra a ser aplaudido, el silencio puede volverse incómodo.

En casa no hay ovaciones, hay rutina y adaptarse a eso también es un desafío psicológico.

Tony notó que a veces Jason llegaba eufórico después de un concierto y horas después caía en una especie de vacío.

No tristeza profunda, pero sí una desconexión emocional, como si el cuerpo no supiera dónde quedarse.

Ese contraste entre la gloria pública y la vida privada es uno de los secretos menos hablados del éxito.

Jason tenía que pasar de ser ídolo a ser papá en minutos, de cantar sobre amores intensos, a ayudar con tareas escolares, de recibir gritos de admiración a escuchar silencios domésticos.

No todos saben manejar ese cambio.

Sonia empezó a ver que su esposo necesitaba algo más que apoyo.

Necesitaba estructura emocional.

Por eso volvió a insistir en la disciplina emocional, no solo para la pareja, sino para Jason consigo mismo.

Le pidió que aprendiera a estar sin producir, sin crear, sin responder, que pudiera simplemente existir.

Algo que para un artista obsesivo es casi una terapia.

Jason aceptó que había construido su identidad alrededor del trabajo.

Si no estaba grabando, viajando o cantando, sentía que perdía valor.

Y ese pensamiento es peligroso, porque el valor personal no debería depender del aplauso.

Sonia lo llevó a enfrentar una pregunta incómoda.

Si mañana no hay escenario, ¿sigue siendo suficiente para ti mismo? Esa pregunta no buscaba herir, buscaba despertar.

Y Jason empezó a notar que muchas de sus decisiones no nacían del amor, sino del miedo.

Miedo a desaparecer, a quedarse atrás, a no ser relevante.

Ese miedo también se filtraba en la relación, no por celos, sino por control del tiempo, del ritmo del futuro.

Sonia explicó que una pareja sana no vive en modo supervivencia constante, vive en modo presencia.

Y Jason vivía demasiado tiempo en modo carrera.

El público solo ve al hombre fuerte, exitoso, seguro.

Pero Sonia veía al hombre cansado, presionado, autoexigente.

Uno de los secretos que ella dejó ver es que Jason casi nunca se permite sentirse vulnerable.

Prefiere cantar el dolor antes que hablarlo y cantar no siempre sana.

Por eso Sonia empezó a invitarlo a conversaciones incómodas.

Hablar de miedos, de dudas, de límites, no de contratos, sino de emociones.

Jason tuvo que aprender a mirarse sin el personaje, a aceptar que no siempre puede ser el mejor artista y el mejor esposo al mismo tiempo sin ajustes.

Hubo momentos en los que se dio cuenta de que su carrera avanzaba más rápido que su capacidad emocional para sostenerla.

Y ahí aparece una paradoja.

El éxito que te eleva también te exige más de lo que estás preparado para dar.

Sonia no quiso cambiar a Jason.

Quiso que Jason no se perdiera a sí mismo.

Le enseñó que descansar también es responsabilidad, que apagar el teléfono no es abandono del trabajo, es protección del hogar.

Poco a poco, Jason empezó a reconocer sus hábitos dañinos.

Dormir poco, vivir acelerado, priorizar siempre el afuera sobre el adentro.

No eran escándalos, eran erosiones silenciosas.

Y Sonia entendió que muchas relaciones no se rompen por traición, sino por olvido progresivo, olvido de mirarse, olvido de escucharse, olvido de quedarse.

La la historia de Jason y Sonia en este punto no habla de crisis pública, sino de crisis íntima.

La lucha por no desaparecer como pareja dentro de una vida que exige ser siempre visible.

Porque el verdadero riesgo no es perder fans, sino perder identidad.

Y Jason empezó a entender que no todo aplauso compensa una ausencia emocional en casa.

Así, entre hábitos que necesitaban cambio y miedos que necesitaban hombre, la relación entró en una fase más consciente, más frágil, pero también más honesta, no para volverse perfecta, sino para volverse real.

Y en ese silencio posterior hasta los conciertos, cuando la música se apaga y solo queda la respiración, Jason empezó a descubrir que el mayor escenario no estaba afuera, sino dentro de su propia vida.

La historia de Jason Jiménez y Sonia Restrepo no termina con una canción ni con una gira exitosa.

Termina, o mejor dicho, continúa en algo mucho más silencioso.

La decisión diaria de no perderse cuando todo alrededor empuja a separarse.

Después de atravesar la distancia, la soledad, la presión y los hábitos que casi se vuelven costumbre, la relación entró en una etapa distinta.

No más idealismo ingenuo, sino realismo emocional.

Jason entendió que no podía seguir siendo solo el artista que todos celebran.

Tenía que volver a ser el hombre que su familia necesita.

Sonia, por su parte, dejó de esperar que el amor resolviera todo.

Aprendió que amar también es organizar, poner límites, pedir presencia, incomodar cuando hace falta y proteger cuando el otro se pierde dentro de sí mismo.

No hubo un momento mágico de cambio, no existió una conversación que lo arreglara todo.

Lo que hubo fue una suma de pequeños ajustes, menos vuelos innecesarios.

Más tiempo sin teléfono, más silencios compartidos, más escucha real.

Jason empezó a seleccionar mejor sus batallas profesionales.

No todo contrato merecía su ausencia.

No todo escenario justificaba perder un recuerdo con sus hijos.

Y aquí aparece algo que el público casi nunca ve.

El artista que aprende a decir no, decir no a un evento, decir no a una reunión, decir no a la prisa.

Para alguien que viene de abajo, decir no es difícil porque siempre existe el miedo de que la oportunidad no vuelva.

Pero Jason empezó a comprender que la oportunidad más frágil es la familiar.

Sonia siguió siendo el eje invisible.

No la mujer del escándalo, sino la mujer de la estructura, la que entiende que una pareja no se sostiene con promesas, sino con hábitos emocionales.

Ella no quiso competir con la música.

Quiso que la música no compitiera con la familia.

Los hijos, mientras tanto, crecieron viendo a un padre que no es perfecto, pero que intenta estar, que falla, pero vuelve, que canta lejos, pero aprende a quedarse cerca.

La casa dejó de ser un lugar de espera para convertirse en un lugar de encuentro.

Jason también cambió su manera de verse, ya no solo como artista exitoso, sino como hombre que necesita cuidarse para no romper lo que ama.

Empezó a dormir mejor, a respetar pausas, a entender que la mente también se agota, porque no solo se cansa el cuerpo, se cansa el alma.

y Sonia fue quien lo ayudó a ponerle nombre a ese cansancio.

Esta historia no habla de perfección, habla de conciencia de dos personas que entendieron que el éxito no sirve si destruye lo que se supone que protege.

Jason sigue llenando escenarios, pero ahora con una pregunta diferente en la cabeza.

¿A quién estoy regresando cuando termina el show? Porque la gloria no está en los aplausos, sino en el lugar al que vuelves cuando se apagan.

Y Sonia sigue recordándole que una familia no se mantiene con discursos románticos, sino con disciplina emocional, con presencia, con valentía para decir lo que duele antes de que sea demasiado tarde.

La relación de Jason Jiménez y Sonia Restrepo no es un cuento de hadas, es un proceso, una construcción diaria entre vuelos, canciones, hijos, miedos y decisiones.

Tal vez por eso conecta tanto, porque no es perfecta, es humana.

Y ahora la pregunta queda abierta para ustedes.

¿Vale más un escenario lleno o una mesa completa en casa? ¿Puede un artista triunfar afuera sin perder adentro? ¿Dónde creen ustedes que está el verdadero éxito de Jason? En Derriar la gloire nos interesa justamente eso, mirar más allá del personaje y entender a la persona.

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Déjenos en los comentarios qué opinan sobre Jason Jiménez y Sonia Restrepo, si creen que el equilibrio entre fama y familia es posible y qué harían ustedes en su lugar, porque detrás de cada artista siempre hay una historia que no se canta, se vive.

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