La MAMÁ de Mario Pineida CONFIESA Algo ATERRADOR quién dió la Orden hacía su hijo

Yo soy la madre de Mario Pineida.

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Y aunque hoy muchos se sorprenden, aunque hoy muchos dicen que nadie lo vio venir, la verdad es una sola.

Mi hijo me lo advirtió.

Desde hace mucho tiempo, Mario ya no era el mismo.

No era el muchacho tranquilo que yo conocía.

Había algo en su mirada que no estaba bien, algo que no se dice con palabras, pero que una madre reconoce de inmediato.

El miedo, él trataba de disimularlo, se reía, hablaba de trabajo, de planes de futuro, pero cuando creía que yo no lo miraba, se quedaba en silencio, perdido, como si cargara un peso demasiado grande para su espalda.

Yo empecé a notar cambios pequeños, pero constantes.

Contestaba el teléfono en voz baja.

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Salía de la casa sin avisar.

Volvía nervioso.

Dormía poco y cuando le preguntaba si algo le pasaba, siempre me respondía lo mismo, que todo estaba bien.

Pero no lo estaba.

Una noche, jamás la voy a olvidar.

Mario se sentó frente a mí.

No había televisión, no había ruido, no había nadie más.

Solo él y yo me miró fijamente con una seriedad que me heló la sangre y me dijo algo que todavía me retumba en la cabeza.

Mamá, si algún día me pasa algo, no fue un accidente.

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Yo me reí nerviosa.

Le dije que no hablara tonterías, que dejara de pensar cosas malas, pero él no sonríó, al contrario, se acercó más y bajó la voz como si alguien pudiera escucharnos.

Si algún día me matan, tú ya sabes quién fue.

Sentí un nudo en el pecho.

Le pregunté que estaba diciendo, que por qué hablaba así.

Y fue ahí cuando me confesó que había problemas en su vida que no sabía cómo manejar.

Me habló de amenazas, me habló de discusiones, me habló de una presión constante que no lo dejaba en paz.

Yo pensé inmediatamente en su esposa porque ella ya había demostrado celos, enojo, desconfianza.

Mario me contó que ella le había dicho más de una vez que dejara a esa mujer, que no quería saber nada de alguien más rondando su vida.

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Y un día, según él, ella se lo dijo riéndose como si fuera una broma, como si no fuera real.

Si no la dejas, te mando a matar.

Mario me dijo que no lo tomó en serio, que pensó que era una exageración, pero yo no, yo jamás tomé eso como una broma, porque nadie juega con la muerte.

Cuando le pregunté si tenía una amante, se quedó callado.

No me miró a los ojos y en ese silencio yo entendí más de lo que él quería decir.

Me confesó que había una mujer que no lo dejaba tranquilo, una mujer que le pedía que se separara, que le decía que ya no podía seguir viviendo así, que lo llamaba, lo buscaba, lo presionaba.

Yo le pedí que se alejara, que cortara todo, que pensara en su vida, pero él me dijo que no era tan fácil, que esa mujer sabía cosas, que esa mujer no aceptaba un no por respuesta.

Desde ese día yo empecé a vivir con miedo.

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Miedo cada vez que salía, miedo cada vez que sonaba el teléfono, miedo cada vez que no contestaba.

Mario me decía que exageraba, que todo estaba bajo control, pero al mismo tiempo me repetía, “Mamá, acuérdate de lo que te dije.

” Días después lo noté aún más nervioso.

Me dijo que sentía que lo vigilaban, que alguien sabía a qué hora salía, a qué hora volvía, con quién estaba.

Me dijo que no confiaba en nadie.

Le pregunté si había denunciado algo.

Me respondió que no, que no podía, que esto venía de alguien cercano, de alguien que conocía demasiado bien.

Cuando lo mataron, mi mundo se cayó en pedazos.

Pero lo más duro no fue la noticia, lo más duro fue recordar cada palabra, cada advertencia, cada silencio, porque en el fondo yo ya sabía que la muerte de mi hijo no fue casualidad.

Fue anunciada.

fue advertida, fue temida y hoy, mientras muchos buscan respuestas, yo solo puedo decir una cosa.

Mario sabía que lo querían muerto y trató de avisarme.

Después de aquella conversación, ya nada volvió a ser normal.

Yo intenté seguir con mi vida, fingir que todo estaba bien, pero cada palabra de Mario se me quedó clavada en la cabeza.

Cada vez que lo veía salir por la puerta, sentía un presentimiento horrible, como si algo malo fuera a pasar en cualquier momento.

Nunca había vivido con ese miedo constante, con esa angustia silenciosa que no te deja respirar tranquila.

Mario empezó a visitarme menos.

Cuando venía siempre estaba apurado mirando el reloj pendiente del celular.

A veces parecía que quería hablar, pero se quedaba callado.

Yo lo conocía demasiado bien para no darme cuenta de que estaba cargando un secreto muy pesado.

Una tarde lo enfrenté.

Le dije que ya no podía seguir así que me dijera la verdad completa.

Al principio se negó.

Me dijo que no quería preocuparme, pero después bajó la mirada y empezó a hablar con una voz que no era la suya, una voz cansada, derrotada.

me confesó que las discusiones con su esposa eran cada vez peores, que ella lo revisaba, lo interrogaba, lo acusaba, que no confiaba en él.

Mario me dijo que ella estaba convencida de que había otra mujer en su vida y que no iba a parar hasta comprobarlo.

Pero no era solo eso.

También me habló de la otra mujer, de cómo apareció en su vida cuando menos lo esperaba, de como al principio todo parecía inofensivo, de cómo poco a poco esa relación se convirtió en una presión constante.

Ella no quería seguir siendo un secreto.

que exigía que se separara, que tomara una decisión definitiva.

Mario me dijo que esa mujer sabía demasiado, que conocía sus horarios, sus rutinas, sus debilidades, que le escribía mensajes llenos de reproches y amenazas disfrazadas de amor.

Yo sentí un escalofrío cuando me contó que ella le decía que si no estaba con ella, nadie más lo estaría.

Le pregunté si su esposa sabía de esa relación.

me respondió que sospechaba que lo sentía, que lo enfrentaba con frases hirientes, con advertencias que parecían bromas, pero que no lo eran.

Una vez, según Mario, ella le dijo que tenía gente que podía hacerle daño, que él no sabía con quién se estaba metiendo.

Mario se rió al contármelo, pero yo no.

Yo vi miedo en sus ojos.

Le dije que se alejara de las dos, que pensara en su seguridad, pero él me respondió que ya era tarde, que estaba atrapado en una situación que se le había ido de las manos.

Con el paso de los días, mi hijo se volvió más desconfiado.

Cambiaba de ruta, apagaba el teléfono, evitaba ciertos lugares.

Me dijo que sentía que lo seguían, que alguien estaba pendiente de cada paso que daba.

Yo insistí en que denunciara, en que buscara ayuda, pero él me decía que nadie le iba a creer.

Un día me confesó algo que me partió el alma.

Me dijo que había recibido mensajes anónimos, que le decían que se cuidara, que dejara de jugar con fuego, que pensara en su familia.

Mario estaba convencido de que esos mensajes venían de alguien cercano, de alguien que conocía su vida desde adentro.

Yo empecé a observar a todos con desconfianza, a escuchar conversaciones a medias, a notar miradas extrañas.

Sentía que algo se estaba cocinando en silencio, algo oscuro, algo peligroso.

La última vez que hablé con Mario antes de su muerte, lo noté distinto, más callado, más serio, me abrazó fuerte como nunca antes.

Me dijo que me quería que cuidara de mí.

Yo le pregunté si estaba bien y él solo asintió, pero su expresión decía lo contrario.

Esa noche casi no dormí.

Tenía un presentimiento horrible.

Sentía que el tiempo se estaba acabando, que todas las señales que había ignorado ahora se estaban juntando.

Cuando recibí la noticia, supe que mis miedos no eran exageraciones, que las advertencias no eran cuentos, que las amenazas no eran bromas.

Todo lo que Mario me había dicho empezó a tener sentido.

Desde ese momento, empecé a repasar cada conversación, cada gesto, cada palabra.

Empecé a preguntarme quién tenía más motivos, quién estaba más desesperada, quién era capaz de llegar tan lejos.

Porque una cosa estaba clara, mi hijo estaba rodeado de celos, de obsesiones y de personas que no aceptaban perderlo.

Y alguien, en medio de todo eso, decidió que Mario no podía seguir con vida.

Desde el momento en que enterramos a Mario, supe que ya no podía callar.

No porque buscara venganza, sino porque el silencio me estaba consumiendo por dentro.

Yo había escuchado las advertencias, había visto las señales, había sentido el miedo en su voz y aún así nadie me creyó cuando dije que su muerte no fue casualidad.

Desde el primer día entendí que mi hijo había vivido sus últimos meses rodeado de peligro.

Los días siguientes fueron confusos y dolorosos.

Personas entrando y saliendo de mi casa.

Preguntas que nunca llegaban a nada, promesas de investigación que se sentían vacías.

Yo observaba todo en silencio, recordando cada conversación con Mario, cada gesto nervioso, cada llamada que lo hacía cambiar de humor.

Empecé a anotar todo porque sentía que si no lo hacía, la verdad se perdería para siempre.

Mario ya estaba decidido a terminar con esa vida que lo asfixiaba.

me dijo que no podía seguir entre mentiras, que quería tranquilidad, que necesitaba paz.

Me confesó que había intentado alejarse de esa mujer que no aceptaba perderlo.

Le pidió tiempo, le pidió comprensión, le dijo que todo había terminado, pero ella no lo aceptó.

Según mi hijo, lloró, gritó, lo acusó de haberla usado y le lanzó palabras que todavía me erizan la piel.

le dijo que si no era para ella, no sería para nadie.

Al mismo tiempo, la relación con su esposa era cada vez más tensa.

Ella sospechaba, lo presionaba, lo enfrentaba con frases duras.

Mario me contó que una noche ella le dijo que sabía más de lo que él creía, que tenía contactos, que podía hacerle daño si seguía engañándola.

Él pensó que era rabia, que eran palabras dichas desde el enojo.

Yo no yo supe que ahí había una amenaza real.

Después de su muerte comenzaron a aparecer detalles que nadie quiso ver al inicio.

Mensajes borrados, llamadas insistentes, personas que dijeron haberlo visto discutiendo días antes.

Todo apuntaba a alguien cercano, alguien que conocía sus horarios, sus rutinas, sus miedos.

Yo dudé mucho antes de hablar.

Dudé porque no quería equivocarme, porque acusar sin pruebas destruye vidas.

Pero callar era traicionar a mi hijo.

La verdad es que Mario me lo dijo claramente.

Me dijo que la persona más peligrosa no era la que gritaba, sino la que no aceptaba perder.

Me dijo que esa mujer estaba obsesionada, que lo vigilaba, que sabía dónde estaba, incluso cuando él no se lo decía a nadie.

Con el tiempo entendí que mi hijo estaba atrapado entre dos amenazas, una hecha desde los celos y otra nacida desde la obsesión.

Hoy con el corazón destrozado, lo digo.

La persona que ordenó el asesinato de mi hijo fue su amante.

No lo digo por odio, lo digo porque todo lo que Mario me confesó, todo lo que salió después, todo lo que se fue descubriendo apunta hacia ella.

Aunque en mi corazón aún existe la duda, porque la esposa también lo amenazó, porque ambas sabían de la existencia de la otra y ambas tenían motivos.

Pero si algo tengo claro es que la muerte de Mario no fue un accidente y como madre no voy a permitir que su historia quede en el olvido.

Gracias por acompañarnos en este testimonio.

Esto fue LZ Documental.

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Hasta la próxima.

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