La Mujer que Controló a Maduro y Destruyó a Venezuela: Cilia Flores

Los fiscales de Estados Unidos acaban de revelar algo que nadie se atrevía a decir en voz alta, que Cilia Flores, la primera dama de Venezuela, ordenó asesinar personas.

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No, Maduro, ella, Cilia, la mujer que todos pensaban que era solo la esposa del dictador.

Los fiscales dicen que ella y Maduro mantenían pandillas armadas para proteger su negocio de drogas y que ordenaron secuestros, golpizas y asesinatos contra quienes estorbaban.

Eso dice la acusación oficial.

Documento del distrito sur de Nueva York.

revelado hace unas horas.

Hoy esa mujer está en una cárcel de Nueva York.

La sacaron de su cama a la 1 de la mañana.

Fuerzas especiales de Estados Unidos entraron a Venezuela, fueron directo a la residencia presidencial y la arrastraron fuera del país junto a Maduro.

Enfrenta cadena perpetua.

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Pero esta no es la historia de cómo cayó.

Esta es la historia de cómo llegó hasta ahí, cómo una mujer que nació en el pueblo más olvidado de Venezuela terminó controlando a un dictador.

¿Cómo metió a 47 familiares en el gobierno? Incluyendo a su propio exesposo, el hombre que abandonó por Maduro, cómo el sobrino que crió como hijo la hundió para siempre y cómo terminó ordenando matar a quienes estorbaban.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas.

Primero, ¿cómo conoció a Maduro? Las palabras exactas que dijo cuando lo vio por primera vez.

Segundo, la lista completa de los 47 familiares que metió en el gobierno y lo que le hizo a su exesposo.

Tercero, lo que su sobrino confesó cuando lo arrestaron con 800 kg de cocaína.

la frase que lo explica todo.

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Y cuarto, el documento que acaba de salir, lo que ordenó hacer los asesinatos.

Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes necesitas saber de dónde vino esta mujer, porque ahí empieza todo.

Cilia de la Flores nació el 15 de octubre de 1956 en un pueblo que nadie conoce, un lugar del que nadie sale.

Tinaquillo.

Recuerda ese nombre, Tinaquillo.

que todo lo que Cilia hizo en su vida, todo el horror que vas a conocer hoy, lo hizo para no volver a ser la niña pobre de ese pueblo olvidado.

Estado Cojedes, centro de Venezuela, a 3 horas de Caracas por carretera.

Un pueblo caliente, polvoriento, olvidado.

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Su madre se llamaba igual que ella, Cilia Adela Flores.

Murió en marzo de 2016.

Su padre se llamaba Julio Seijas, pero nunca estuvo presente.

Cilia era hija natural.

En Venezuela, en los años 50, eso significaba algo.

Significaba que tus padres no estaban casados cuando naciste.

Significaba que llevabas solo el apellido de tu madre.

Significaba avergüenza.

Significaba empezar desde abajo, más abajo que los demás.

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Cuando era niña, su familia se mudó a Caracas, pero no a las zonas bonitas, no a los edificios con portero y piscina, no a las urbanizaciones con jardines.

Se fueron al oeste de la ciudad, a las barriadas, a los cerros, donde las casas se apilan unas sobre otras, donde el agua no siempre llega, donde las calles no tienen nombre, donde la policía no entra.

Cilia creció ahí con esa rabia silenciosa que da la pobreza cuando ves que otros tienen lo que tú no puedes ni soñar.

Cuando caminas por la ciudad y ves carros que cuestan más que la casa donde vives, cuando miras los edificios brillantes del este de Caracas y sabes que nunca vas a vivir ahí cuando entiendes desde muy chica que el mundo está dividido y que tú naciste del lado equivocado.

Pero Cilia no se quedó quieta, estudió, se esforzó, llegó a la universidad, no a las universidades caras, no a las que van los hijos de los ricos.

fue a la Universidad Santa María, una universidad privada, pero de las accesibles, de las que aceptan a cualquiera que pueda pagar las cuotas mes a mes.

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Se graduó de abogada, se especializó en derecho penal y laboral y en 1978, a los 22 años, se casó.

Su esposo se llamaba Walter Ramón Gavidia Rodríguez.

Con él tuvo tres hijos.

El primero, Walter Jacob, nació en diciembre de 1978, el mismo año de la boda.

Cilia tenía 22 años.

El segundo, Joseper Daniel, nació 10 años después, en octubre de 1988.

El tercero, Josh Wall Alexander, nació en agosto de 1990.

Tres hijos varones, un matrimonio de más de 15 años, una carrera como abogada, una vida normal.

Recuerda el nombre de este hombre, Walter Gavidia, porque lo que Cilia le hizo después, lo que hizo con él cuando llegó al poder, es una de las cosas más crueles que vas a escuchar hoy.

Pero eso viene más adelante.

Cilia no quería una vida normal.

Cilia quería poder.

Y en febrero de 1992, el poder tocó a su puerta.

El 4 de febrero de 1992, un teniente coronel del ejército venezolano intentó derrocar al presidente.

Se llamaba Hugo Rafael Chávez Frías.

Tenía 37 años, carismático, rebelde, con ideas de revolución que había cultivado durante años en los cuarteles.

Organizó un golpe de estado contra Carlos Andrés Pérez y fracasó.

Lo arrestaron, lo metieron preso y en teoría su carrera política había terminado antes de empezar.

Pero pasó algo extraño, algo que nadie esperaba.

El golpe falló, pero Chávez se hizo famoso.

Lo llevaron frente a las cámaras de televisión para que dijera que todo había terminado, para que llamara a sus seguidores a rendirse.

Y Chávez habló, pero no dijo lo que querían que dijera.

Dijo una frase que todo Venezuela recuerda hasta hoy.

Por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados.

Por ahora esas dos palabras lo cambiaron todo.

No dijo fracasamos, no dijo nos rendimos.

Dijo por ahora, como si fuera cuestión de tiempo, como si esto fuera solo el principio.

De pronto, el militar preso se convirtió en símbolo, en esperanza para los que estaban cansados de la corrupción.

En algo nuevo y Cilia Flores lo vio desde las barriadas del oeste de Caracas, desde su oficina de abogada, desde su vida de madre de tres hijos, Cilia vio lo que estaba pasando y vio algo que nadie más estaba viendo.

No vio a un golpista fracasado, no vio a un militar preso que había perdido su oportunidad.

Vio una oportunidad para ella.

Se ofreció como abogada.

Ella y un grupo de colegas tomaron la defensa legal de Chávez y los otros militares presos por el golpe y empezó a visitarlo en la cárcel, semana tras semana, mes tras mes, llevándole documentos, preparando recursos legales, planificando la estrategia de defensa, pero también hablando horas y horas de conversación sobre política, sobre Venezuela.

sobre lo que el país podía ser, sobre la revolución que Chávez soñaba.

Cilia absorbía todo, aprendía, observaba, calculaba y en una de esas visitas a la cárcel conoció a alguien que cambiaría su vida para siempre.

Aquí viene lo primero que te prometí.

Entre las personas que visitaban a Chávez en la cárcel había un muchacho joven, un sindicalista que había sido chóer de autobús del metro de Caracas, de bigote espeso, alto, corpulento, 6 años menor que Cilia.

Se llamaba Nicolás Maduro Moros.

También hacía campaña por la liberación de Chávez, organizaba protestas, repartía panfletos, hablaba en asambleas.

Años después, en noviembre de 2023, Cilia y Maduro grabaron juntos un podcast y Cilia contó con sus propias palabras cómo lo conoció.

En esa travesía por la liberación de Chávez andábamos en actividades en la calle.

Yo siempre recuerdo de una asamblea en Katia y cuando un muchacho pide la palabra, habló y me quedé mirando.

Hizo una pausa y dijo, dije, “Qué inteligente, qué inteligente.

” Eso fue lo que pensó la primera vez que lo vio.

No sabemos exactamente cuándo empezó la relación entre ellos.

Lo que sí sabemos es que Cilia seguía casada.

tenía tres hijos con Walter Gavidia, un matrimonio de más de 15 años.

Pero algo cambió en esas visitas a la cárcel.

Algo cambió cuando vio a ese muchacho, 6 años menor pedir la palabra en una asamblea de barrio.

En 1994, el presidente Rafael Caldera indultó a Chávez.

El teniente coronel salió libre.

Iilia ya estaba a su lado con Maduro, construyendo lo que vendría después.

Su matrimonio con Walter Gavidia terminó.

Los detalles exactos nunca se hicieron públicos, pero hay reportes, investigaciones periodísticas que hablan de infidelidad, de que el divorcio sobrevino por un problema de infidelidad, de que Maduro no sabía resistirse a las tentaciones.

No está claro si fue él o ella quien fue infiel.

Lo que sí es un hecho es que Cilia dejó a su esposo después de más de 15 años juntos.

se quedó con la custodia de sus tres hijos y empezó una nueva vida con Nicolás Maduro, un hombre 6 años menor, un hombre que algún día sería presidente de Venezuela y ella estaría ahí a su lado, controlándolo todo.

En 1997, Cilia participó en la fundación del movimiento Quinto República, el partido político de Chávez.

En 1999, Chávez ganó la presidencia de Venezuela con una avalancha de votos.

Iilia estaba lista para cobrar.

Para el año 2000 era diputada de la Asamblea Nacional.

Para 2005 fue reelegida.

Y en agosto de 2006 pasó algo histórico.

Cilia Flores se convirtió en la primera mujer en presidir la Asamblea Nacional de Venezuela, la primera en la historia del país, la niña de Tinaquillo, la hija natural que crecía sin padre, la que venía de las barriadas del oeste de Caracas.

Ahora era oficialmente la mujer más poderosa de Venezuela.

Pero eso no le bastaba, nunca le bastaba.

Aquí viene lo segundo que te prometí.

En julio de 2008, un hombre llamado William Díaz hizo una denuncia que sacudió al país.

Era el presidente de la Unión de Trabajadores y Emple de la Asamblea Nacional.

representaba a las personas que trabajaban en el Congreso, los empleados de base, los que veían todo lo que pasaba adentro.

Y lo que denunció fue esto.

Durante un concurso para elegir nuevos empleados de la Asamblea en 2007, hubo irregularidades.

El jurado estaba compuesto por siete personas.

Dos de esas siete personas eran familiares directos de Cilia Flores.

Una era su prima, se llamaba Numidia Flores.

La otra era su nuera, se llamaba Magali Gutiérrez.

Entre las dos, desde el jurado, avalaron la contratación de decenas de familiares de Cilia.

Díaz presentó la lista completa.

47 personas, 47 familiares de Cilia Flores metidos en la nómina del gobierno.

Te voy a leer algunos nombres.

Sus cuatro hermanos, los cuatro.

Dos sobrinos, dos primos, su propia madre Cilia Adela Flores, su hijo mayor Walter Jacob Gavidia Flores, su sobrino Carlos Eric Malpica Flores, el director de seguridad de la Asamblea Nacional, un hombre llamado Vladimir Flores, su primo, 47 personas con el mismo apellido o lazos directos con la presidenta de la asamblea, pero hubo un nombre en esa lista que nadie podía creer.

Un nombre que lo decía todo sobre quién era realmente Cilia Flores.

Walter Gavidia, su exesposo, el hombre al que había dejado por Maduro, el padre de sus tres hijos, el hombre que la acompañó durante 15 años y luego fue reemplazado.

Ese hombre estaba en la nómina de la Asamblea Nacional.

¿Te acuerdas que te dije que recordaras el nombre de Walter Gavidia? Aquí está lo que le hizo.

Cilia lo abandonó por un hombre 6 años menor y después, cuando llegó al poder, lo convirtió en su empleado.

Lo metió en la nómina del gobierno que ella controlaba.

Piensa en eso un momento.

Imagínate que tu exesposa, la madre de tus hijos, la mujer que te dejó por otro, de pronto se convierte en la mujer más poderosa del país y te ofrece trabajo.

Y tú aceptas porque ya no tienes opciones, porque el poder de ella es tan grande que no puedes decir que no.

Eso es lo que Cilia hizo con el padre de sus hijos.

lo humilló de la peor manera posible y él tuvo que aguantar.

Cuando los periodistas le preguntaron sobre las acusaciones de nepotismo, Cilia respondió con una frase que se volvió famosa.

Mi familia ingresó por cualidades propias.

Me siento orgullosa y defenderé su trabajo las veces que haga falta.

cualidades propias, 47 familiares, todos con cualidades propias, incluyendo al exesposo que abandonó y humilló.

Una diputada de la oposición, pastora Medina, respaldó la denuncia de Díaz.

Habló del despido arbitrario e ilegal de más de 46 trabajadores para hacer espacio a los familiares de CIA.

Pero no pasó nada.

Nadie fue investigado, nadie fue sancionado, porque tocar a Cilia era tocar al poder y nadie se atrevía.

El 5 marzo de 2013, Hugo Chávez murió.

Cáncer de colon que se extendió por todo su cuerpo, 14 años en el poder y de pronto ya no estaba.

Venezuela quedó sin líder, pero Cilia había pasado dos décadas preparándose para ese momento.

Nicolás Maduro, su pareja desde los años 90, fue ungido como sucesor por el propio Chávez antes de morir.

Chávez lo dijo en televisión, demacrado, sin cabello por la quimioterapia.

Si algo ocurriera que me inhabilitara, mi opinión firme, plena como la luna llena, es que elijan a Nicolás Maduro como presidente.

Y así fue.

En abril de 2013, Maduro ganó las elecciones presidenciales por un margen mínimo, apenas un punto y medio de diferencia, un resultado cuestionado por la oposición, pero ganó.

Y tres meses después, el 15 de julio de 2013, hicieron algo que llevaban más de 20 años postergando.

Se casaron.

Cilia tenía 56 años, Maduro 46.

Más de dos décadas juntos sin casarse hasta que él llegó a la presidencia.

Jorge Rodríguez, el alcalde de Caracas y hombre fuerte del chavismo, ofició la ceremonia civil y así Cilia Flores se convirtió oficialmente en la primera dama de Venezuela.

Aunque ella rechazó ese título, dijo que primera dama era un concepto de la alcurnia, de la élite, de los ricos.

Ella quería otro nombre, primera combatiente.

Así pidió que la llamaran, primera combatiente de la República Bolivariana de Venezuela.

Pero hay algo que necesitas entender.

Cilia nunca fue solo la esposa del presidente.

Nunca fue la que aparece en las fotos oficiales y sonríe para las cámaras.

Nunca fue decoración.

Una politóloga venezolana llamada Carmen Arteaga, profesora de la Universidad Simón Bolívar, lo explicó así: “No hay dudas de que Flores es la mujer más poderosa del país.

” Otra analista, Estefanía Reyes, agregó algo todavía más revelador.

“Es difícil cuantificar su poder porque ocurre tras bambalinas.

No está institucionalizado.

Tras bambalinas, ese era el secreto.

Maduro era la cara visible.

Maduro daba los discursos, aparecía en televisión, firmaba los decretos.

Pero Cilia era el cerebro, la que decidía quién subía y quién caía, la que controlaba los hilos que nadie veía, la que susurraba al oído del presidente.

Personas cercanas al círculo de Maduro lo describieron así: Tiene un genio de los 1000 demonios.

Un genio de los 1000 demonios.

Esa era la mujer que realmente gobernaba Venezuela, la que nadie veía.

Pero todos temían.

Mientras Venezuela se hundía en la crisis más brutal de su historia moderna, la familia de Cilia vivía otra realidad.

En 2014, los tres hijos de Cilia aparecieron mencionados en una investigación sobre corrupción, un esquema con PDVSA, la empresa petrolera del Estado.

Según los investigadores y testigos que declararon antecortes federales de Estados Unidos en Miami, Houston y Nueva York, el esquema funcionaba así.

Varios empresarios hacían un préstamo en bolívares, la moneda venezolana, el equivalente a 50 millones de dólares.

PDVSA pagaba ese préstamo en dólares a la tasa de cambio oficial del gobierno, pero la tasa oficial era una fracción del valor real.

El resultado, una ganancia de más de 550 millones de dólares.

550 millones.

robados del dinero que debía ser para el pueblo venezolano.

Los hijos de Cilia fueron mencionados en la investigación, relacionados con empresarios como Francisco Convit, Alejandro Betancur y Raúl Gorrín.

¿Qué pasó con esa investigación? Nada.

Nunca fueron procesados en Venezuela.

nunca pagaron consecuencias porque tocar a la familia de Cilia era tocar el poder mismo.

Pero el escándalo más grande todavía no había llegado.

Faltaba un año y lo que estaba por pasar destruiría la imagen de Cilia para siempre.

Te dije al principio que el sobrino que crió como hijo la hundió para siempre.

Ahora vas a conocer esa historia.

Para entender lo que pasó en noviembre de 2015, primero tienes que conocer a Efraín Antonio Campoflores.

No era técnicamente hijo de Cilia, era su sobrino, hijo de una hermana de Cilia que murió.

Cuando Efraín quedó huérfano de madre, Cilia lo adoptó, lo llevó a vivir a su casa, lo crió como si fuera su propio hijo, lo inscribió en las mejores escuelas, le abrió todas las puertas.

Efraín creció en el corazón del poder chavista.

Cuando Maduro llegó a la presidencia en 2013, Efraín tenía acceso a todo.

Pasaporte diplomático venezolano, contactos en los más altos niveles del gobierno, una mansión en República Dominicana en un lugar exclusivo llamado Casa de Campo.

Un yate.

Tenía veintitantos años y vivía como un millonario.

Mientras afuera en las calles de Venezuela, la gente hacía colas de horas para comprar un paquete de harina.

Aquí viene lo tercero que te prometí.

El 10 de noviembre de 2015, Efraín Campoflores y su primo Francisco Flores de Freitas volaron a Puerto Príncipe, Haití.

iban a reunirse con alguien, un hombre que se hacía pasar por líder del cártel de Sinaloa.

Lo que Efraín y Francisco no sabían era que ese hombre trabajaba para la DEA.

Era un informante encubierto.

Durante semanas habían estado negociando.

Efraín y Francisco querían enviar 800 kg de cocaína a Estados Unidos.

La droga vendría de las FARC, la guerrilla colombiana que controlaba gran parte del narcotráfico en la región y ellos la moverían usando sus contactos en el gobierno venezolano.

La DEA grabó todo, cada reunión, cada conversación, cada negociación.

En total, según los documentos del juicio, las reuniones produjeron una grabación de audio y entre tres y siete vídeos cada una.

En esas grabaciones, Efraín explicó el plan con lujo de detalles.

Dijo que usarían vuelos legales desde Caracas hasta Roatán en Honduras, que su relación con el presidente abriría puertas para la operación de contrabando, que tenían acceso al hangar presidencial en el aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiketía, el hangar donde estaban los aviones del gobierno de Venezuela.

podían sacar lo que quisieran sin que nadie los revisara.

El 10 de noviembre, cuando Efraín y Francisco llegaron a Haití para cerrar el trato, los agentes de la DEA los estaban esperando.

Los arrestaron, los esposaron, los subieron a un avión rumbo a Nueva York y en ese avión, durante horas de vuelo, los interrogaron.

A Efraín le mostraron una foto, un hombre con un paquete de cocaína.

Ese soy yo, dijo.

Le preguntaron qué había en el paquete.

Tú sabes lo que es, confirmó quién era.

Soy el hijastro adoptivo del presidente Maduro.

Crecí en su casa.

Su primo Francisco también habló.

Admitió que tenía control sobre el hangar presidencial.

que podían mover lo que quisieran, que nadie los iba a detener porque eran familia de la primera dama.

Pero lo más devastador de todo fue la respuesta a una pregunta simple.

¿Por qué lo hacían? ¿Por qué dos hombres que lo tenían todo, que vivían en mansiones, que tenían yates y carros de lujo, se arriesgaban a traficar cocaína? Los fiscales de Estados Unidos resumieron la respuesta a sí.

El destino del efectivo era ayudar a su familia a mantenerse en el poder, ayudar a su familia a mantenerse en el poder.

No era por riqueza personal, no era para comprar más yates o más mansiones.

para financiar la maquinaria política del chavismo, para pagar las campañas, para comprar lealtades, para asegurar que Maduro y Cilia siguieran controlando Venezuela.

La cocaína era para financiar la dictadura.

Cuando la noticia del arresto estalló en los medios internacionales, Cilia hizo lo que siempre hacía.

atacó, acusó a Estados Unidos de secuestrar a sus sobrinos.

dijo textualmente que tenía pruebas de que la DEA los había secuestrado.

Maduro publicó un mensaje en Twitter criticando los ataques y emboscadas imperiales.

Dios dado Cabello, el segundo hombre más poderoso del régimen, dijo que era un secuestro de Estados Unidos.

Pero las grabaciones existían, los videos existían, las confesiones grabadas en el avión de la DEA existían.

No había forma de negarlo.

Y había algo más, algo que casi nadie recuerda, algo que nunca se investigó adecuadamente.

Dos testigos clave en el caso fueron asesinados.

El primero era un hombre conocido como Hamudi.

Era el contacto venezolano que había presentado a Efraín y Francisco con el informante de la DEA, el puente entre los sobrinos de Cilia y la trampa que le extendieron.

Semanas antes del arresto, las FARCK lo mataron.

Según los documentos del juicio, fue asesinado por proveedores de las FARC.

El segundo fue el propio informante de la DEA.

El hombre conocido en los documentos como CW1, Confidential Witness 1.

Semanas después del arresto de los sobrinos, en diciembre de 2015, también apareció muerto, asesinado, dos testigos, los dos más importantes del caso, los dos que podían conectar directamente a la familia de Cilia con el narcotráfico.

Los dos eliminados, uno antes del arresto, otro después.

Coincidencia, los investigadores no lo creen, pero nunca se pudo probar quién ordenó esas muertes.

El juicio contra Efraín, Campo Flores y Francisco Flores de Freitas se llevó a cabo en la corte del distrito sur de Nueva York.

Duró 25 meses.

Presentaron todas las grabaciones, todos los videos, todas las pruebas.

En noviembre de 2016, un jurado los declaró culpables, culpables de conspirar para importar cocaína a Estados Unidos.

Un año después, en diciembre de 2017, el juez Paul Crotty dictó sentencia.

Efraín Antonio Campo, Flores, 18 años de prisión.

Francisco Flores de Freitas, 18 años de prisión, 18 años cada uno.

Pero la historia no terminó ahí.

Cuando los agentes registraron las propiedades de Efraín, encontraron más.

En su mansión de República Dominicana encontraron 130 kg adicionales de droga.

130 kg.

Cocaína y heroína.

80 kg estaban escondidos en la casa.

El resto estaba en su yate.

El sobrino que Cilia crió como hijo.

El niño huérfano al que le dio todo.

Tenía un yate lleno de heroína en República Dominicana.

Mientras en Venezuela madres no encontraban leche para sus bebés, mientras los hospitales se quedaban sin medicinas, mientras los ancianos morían porque no había tratamiento para la presión arterial, mientras millones huían del país caminando por la selva del Darién, él tenía un yate con heroína.

Y Cilia lo sabía.

¿Cómo no iba a saber? Era la mujer que controlaba todo, la que tenía ojos en cada rincón del poder, la del genio de los mil demonios, la que nada se le escapaba.

Quizá tú también conoces lo que es criar a alguien, darle todo lo que tú no tuviste, levantarte temprano para que no le falte nada, trabajar horas extra para pagarle la escuela.

sacrificarte para que tenga oportunidades que a ti te negaron.

soñar con su futuro, imaginar que va a ser mejor que tú, que va a llegar más lejos, que va a hacer algo bueno con todo lo que le diste y que al final esa persona te decepcione de la peor manera posible, que todo lo que hiciste no sirvió de nada, que eligió el camino equivocado.

Eso duele de una forma que es difícil de explicar.

Es un dolor que se queda adentro, que no se va, que te hace preguntarte dónde fallaste, pero hay una diferencia enorme entre lo que tú sentirías y lo que sintió Cilia.

Cuando una madre normal descubre que su hijo hizo algo terrible, siente vergüenza, siente dolor, se pregunta qué hizo mal, se cuestiona si falló en algo.

A veces llora sola sin que nadie la vea.

Cilia no sintió nada de eso.

Cilia no lloró, no se avergonzó, no se preguntó dónde falló.

Cilia movió cielo y tierra para sacarlo de la cárcel.

Durante 7 años usó todos sus contactos, toda su influencia, todo su poder para intentar liberarlo y en octubre de 2022 lo logró.

Joe Biden, el presidente de Estados Unidos, perdonó a los narcosobrinos.

Fue parte de un intercambio de prisioneros.

Estados Unidos liberó a Efraín Campo y Francisco Flores.

A cambio, Venezuela liberó a siete estadounidenses que tenía secuestrados, incluyendo a cinco directivos de la empresa Citgo, un canje, narcotraficantes condenados a cambio de rehenes políticos.

Cilia recuperó a su sobrino y nunca jamás, en ningún momento, reconoció públicamente lo que él había hecho.

Nunca pidió perdón al pueblo venezolano.

Nunca admitió que su familia estaba involucrada en el narcotráfico.

Nunca, porque Parailia, su familia, siempre estuvo por encima de Venezuela, por encima de millones de personas, por encima de todo.

Pero los narcosobrinos eran solo la punta del iceberg.

Lo que estaba pasando dentro de Venezuela, en las calles, en las cárceles, en los centros de detención clandestinos, era mucho peor.

Para entenderlo, necesitas saber qué pasaba cuando alguien se atrevía a protestar, cuando alguien criticaba al gobierno en redes sociales, cuando alguien era sospechoso de ser opositor.

Los detení a veces con orden judicial, a veces sin ninguna.

Los metían en centros de detención que nadie sabía que existían.

Y ahí, lejos de las cámaras, lejos de los abogados, lejos de sus familias, empezaba el horror.

En 2018, la Corte Penal Internacional, el tribunal que juzga crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, abrió una investigación formal contra el régimen de Maduro.

La llamaron situación Venezuela primina.

Era la primera vez en la historia que la Corte Penal Internacional investigaba a un gobierno de América Latina por crímenes de lesa humanidad.

La primera vez, el fiscal jefe en ese momento, Karim Khan, lo explicó con palabras que no dejaban lugar a dudas.

Existe una base razonable para creer que se han cometido crímenes de lesa humanidad en Venezuela.

son graves y exigen investigación y enjuiciamiento.

¿Qué encontraron los investigadores? Persecuciones políticas sistemáticas contra cualquiera que criticara al gobierno.

Detenciones arbitrarias de opositores, periodistas, activistas.

Torturas en centros de detención del Sevín, el servicio de inteligencia, violencia sexual contra presos políticos, hombres y mujeres, desapariciones forzadas de personas que nunca volvieron a aparecer, ejecuciones extrajudiciales de supuestos delincuentes, pero también de disidentes.

La misión internacional independiente de las Naciones Unidas sobre Venezuela hizo algo que nadie había hecho antes.

Entrevistaron a las víctimas, a los sobrevivientes y documentaron caso por caso lo que les habían hecho.

122 casos de víctimas de tortura entre 2014 y 2022.

Solo los casos que pudieron verificar completamente.

Había cientos más.

Las víctimas describieron lo que les hicieron en los interrogatorios.

Descargas eléctricas en las partes más sensibles del cuerpo, casi ahogamientos donde les metían la cabeza en tanques de agua hasta que casi perdían el conocimiento.

Palizas que duraban horas, les rompían huesos, les arrancaban las uñas, amenazas de muerte.

Vamos a matarte y nadie va a encontrar tu cuerpo.

Amenazas de hacerles daño a sus esposas, a sus hijas, a sus madres de la peor manera posible, si no confesaban lo que los interrogadores querían escuchar.

Los dejaban sin ropa en habitaciones, con aire acondicionado al máximo, horas, días.

Los encadenaban en posiciones dolorosas hasta que no podían mover los brazos.

Un sobreviviente contó que lo obligaron a escuchar los gritos de su hermano siendo torturado en la habitación de al lado.

Otra víctima, una mujer, contó que le hicieron daño de la peor manera que se le puede hacer a una mujer.

múltiples veces mientras le decían que eso era lo que le pasaba a las traidoras.

La presidenta de la misión, Marta Baliñas, lo resumió con palabras que no dejan a dudas.

Nuestras investigaciones y análisis muestran que el Estado venezolano utiliza los servicios de inteligencia y sus agentes para reprimir la disidencia en el país.

Esto conduce a graves delitos y violaciones de derechos humanos, incluidos actos de tortura y violencia sexual.

La recurrencia de estas prácticas, dijo la misión, revela la existencia de un patrón de represión sistemática.

No eran excesos de algunos funcionarios, no eran errores aislados, era política de estado.

Iilia estaba en el centro de todo, pero lo peor todavía no ha llegado, porque lo que te voy a contar ahora, lo que los fiscales de Estados Unidos revelaron hace unas horas, es algo que ni siquiera la ONU sabía, algo que cambia todo, pero primero un número.

un número que lo dice todo sobre lo que pasaba en Venezuela.

En 2022, la Organización venezolana Probea, junto con el centro Gumilla publicó un informe sobre ejecuciones extrajudiciales.

Documentaron con nombres y fechas las personas que fueron ejecutadas por fuerzas de seguridad del Estado.

Solo en 2022, un solo año, 824 personas.

824.

El director de Provea, Rafael Uzcategui, lo explicó.

Las cifras de ejecuciones extrajudiciales muestran claramente que la violencia estatal es una herramienta sistemática de control social.

Una herramienta sistemática de control social.

Matar para controlar.

Iilia estaba en el centro de todo ese sistema.

Aquí viene lo cuarto que te prometí, lo que los fiscales de Estados Unidos revelaron esta semana, lo que nadie se atrevía a decir en voz alta hasta ahora.

En la acusación formal contra Nicolás Maduro y Cilia Flores, presentada en el distrito sur de Nueva York y hecha pública después de la captura, hay párrafos que cambian todo lo que sabíamos.

Necesito que prestes mucha atención a lo que viene, porque esto es lo más grave de todo.

Esto es lo que ningún medio venezolano se atrevió a decir durante años.

Voy a leerte exactamente lo que dicen los fiscales.

Los fiscales de Estados Unidos aseguran que Maduro y su esposa Cilia Flores, mantenían sus propias pandillas financiadas por el Estado, conocidas como colectivos, para facilitar y proteger su operación de narcotráfico.

Pandillas financiadas por el Estado.

Colectivos.

Los colectivos son grupos armados civiles que operan en los barrios de Venezuela.

Oficialmente el gobierno dice que son organizaciones comunitarias.

En la práctica son matones con armas que responden directamente al poder.

Tú los has visto en las noticias.

Hombres en moto con pasamontañas, disparando a manifestantes, golpeando a quien se atreva a protestar.

Y según los fiscales de Estados Unidos, Maduro y Cilia los usaban para proteger sus operaciones de narcotráfico.

Pero el párrafo continúa y lo que viene es todavía peor, mucho peor.

También ordenaron secuestros, palizas y asesinatos contra quienes les debían dinero por drogas o que de alguna manera obstaculizaban su operación de narcotráfico, incluyendo el asesinato de un capo local de la droga en Caracas, Venezuela.

Detente un momento, léelo otra vez en tu mente.

Ordenaron asesinatos.

No, Maduro solo, Maduro y su esposa, los dos juntos, ordenando secuestrar personas, ordenando golpearlas, ordenando matarlas, a quienes les debían dinero de la droga, a quienes estorbaban el negocio, la mujer que nació en Tinaquillo, la niña de las barriadas del oeste de Caracas, la abogada que se especializó en derechos humanos ordenando asesinar personas.

Esa es la verdad que nadie quería contar.

Esa es la verdad que finalmente salió a la luz.

Esa es Cilia Flores, la narcotía.

¿Cómo? ¿Cómo llegó hasta ahí? Es la pregunta que no deja de dar vueltas.

¿Cómo una mujer que creció sin nada terminó ordenando matar gente? ¿Cómo alguien que conoció la pobreza en carne propia pudo destruir a millones de pobres? ¿Cómo una persona que fue discriminada por ser hija natural terminó discriminando a millones? He pensado mucho en esto y creo que la respuesta está en lo que nunca tuvo.

Cilia creció pobre.

Eso marca.

Creció sin padre.

Eso también marca.

creció con la vergüenza de ser hija natural en un país donde eso significaba algo.

Creció en las barriadas, viendo como otros tenían todo mientras ella no tenía nada.

Creció con rabia, una rabia silenciosa que fue creciendo durante años.

Y cuando finalmente llegó al poder, cuando finalmente tuvo en sus manos lo que siempre había querido, algo pasó.

No quiso soltarlo.

No podía soltarlo porque soltar el poder significaba volver a ser la niña pobre de Tinaquillo.

Significaba volver a ser nadie.

Significaba perder todo lo que había construido durante décadas.

Y eso para Cilia era inaceptable.

Así que hizo lo que fuera necesario para quedarse, lo que fuera.

Metió a su familia en el gobierno, 47 personas.

su madre, sus hermanos, sus primos, sus sobrinos, su exesposo, porque no confiaba en nadie que no fuera de su sangre, porque solo la familia era leal, solo la familia la protegería hasta el final.

controló a Maduro, lo asesoró, lo dirigió, le dijo qué hacer y qué no hacer, porque ella era más inteligente, más despiadada, más calculadora.

Maduro era la cara, ella era el cerebro.

Y cuando sus sobrinos fueron arrestados traficando cocaína, los protegió.

Movió cielo y tierra para liberarlos.

negó todo, atacó a Estados Unidos, inventó historias de secuestros porque la familia estaba primero siempre por encima de la verdad, por encima de la vergüenza, por encima de Venezuela y cuando el pueblo se reveló, cuando millones salieron a las calles a protestar, cuando los estudiantes gritaban libertad, cuando las madres exigían comida para sus hijos, ordenó aplastar Torturas para los que se atrevían a hablar, ejecuciones para los que estorbaban, terror para mantener el control, todo para no volver a ser la niña pobre de Tinaquillo, todo para no perder lo que había construido.

Todo para seguir siendo la mujer más poderosa de Venezuela.

Una politóloga colombiana, Nastasja Rojas, profesora de derechos humanos en la Universidad Javeriana, lo dijo mejor que nadie.

El chavismo traiciona todo lo que habían criticado al ponerla como primera combatiente.

Traicionaron todo.

Cilia venía del pueblo y destruyó al pueblo.

Cilia era mujer y permitió que torturaran mujeres.

Cilia era abogada.

que decía defender derechos humanos y ordenó pisotear esos derechos miles de veces.

La contradicción más brutal de la historia venezolana.

Mientras Venezuela se desangraba, mientras la gente moría de hambre y de enfermedades curables, los hijos de Cilia vivían como reyes.

Déjame contarte lo que pasaba en Venezuela en febrero de 2014.

Empezó lo que llamaron la primavera venezolana.

Todo comenzó cuando un grupo de estudiantes protestó contra la inseguridad en una universidad del estado Táchira, cerca de la frontera con Colombia.

La policía los reprimió con violencia y eso encendió todo.

De pronto había protestas en todo el país, en Caracas, en Maracaibo, en Valencia, en Mérida, estudiantes en las calles exigiendo cambio.

Madres que salían a protestar porque no encontraban leche para sus hijos.

Jóvenes que estaban hartos de la delincuencia, de la escasez, de la inflación que devoraba sus sueldos.

Las barricadas se multiplicaron, las calles se llenaron de gente y el gobierno respondió como siempre respondía: “Con violencia, gases lacrimógenos, balas de goma y también balas de verdad.

Los colectivos, esas pandillas armadas que financiaba el gobierno, salieron a las calles a reprimir.

Pasaban en motos disparando a los manifestantes.

No usaban uniforme, no rendían cuentas a nadie, solo disparaban.

43 personas murieron en esas protestas.

43 estudiantes, trabajadores, madres de familia, gente que solo quería un país mejor.

Una de las víctimas más conocidas fue Génesis Carmona, una reina de belleza de 22 años que recibió un balazo en la cabeza mientras protestaba en Valencia.

Otra fue Vasilda Costa, un estudiante de 24 años, asesinado el primer día de las protestas en Caracas.

Los hospitales se llenaron de heridos, las cárceles se llenaron de presos políticos, el país ardía en llamas.

Y mientras eso pasaba, mientras Venezuela se desangraba, dos de los hijjastros de Maduro estaban muy lejos de ahí, en otro continente, en otra realidad.

Walter y Joswal Gavidia Flores, hijos del primer matrimonio de Cilia, estaban en Madrid, en España.

Se hospedaron en el hotel Ritz.

El hotel Rids de Madrid es uno de los más lujosos de Europa.

Un edificio histórico frente al Museo del Prado.

Candelabros de cristal en cada pasillo.

Pisos de mármol italiano.

Habitaciones que cuestan más de 1000 € por noche.

Es donde se hospedan los jeques árabes, las estrellas de Hollywood, los herederos de las grandes fortunas y ahí estaban los hijos de Cilia.

18 días.

El periódico español.

La razón investigó la historia y publicó los números.

Solo en hospedaje, sin contar comidas ni compras, gastaron 44,000 € 44,000 € casi $50,000 en 18 días.

Para que entiendas lo que eso significa.

En Venezuela, en ese momento, el salario mínimo era de unos al mes.

Lo que los hijos de Cilia gastaban en una sola noche de hotel, un venezolano promedio lo ganaba en 3 años de trabajo.

3 años, 1000 días de trabajo para pagar una noche de los hijos de Cilia en el Ritz.

Mientras en Venezuela no encontraba papel higiénico en los supermercados, mientras las madres hacían colas de 6 horas bajo el sol para comprar un paquete de harina, mientras las abuelas buscaban comida en la basura porque la pensión no les alcanzaba ni para pan, mientras los bebés morían en hospitales que no tenían incubadoras, mientras los ancianos morían porque no había insulina, para los diabéticos.

Mientras los estudiantes caían muertos en las calles por atreverse a protestar, ellos estaban en Madrid comprando ropa de diseñador en las tiendas de lujo de la calle Serrano, cenando langosta y caviar en restaurantes con estrellas micheline, tomando champañ 200 € la botella, paseando por el retiro como si fueran herederos de la realeza europea.

vivían como príncipes, como si Venezuela no existiera, como si el sufrimiento de millones no tuviera nada que ver con ellos.

Y nadie les decía nada, nadie los detení.

Nadie les preguntaba de dónde venía ese dinero, porque eran los hijos de Cilia, la familia del poder, intocables.

a la Omur 1 de la mañana del 3 de enero de 2026 todo terminó mientras Caracas dormía, mientras las luces de la ciudad estaban apagadas, mientras la gente no tenía idea de lo que estaba por pasar, el cielo se llenó de un sonido que nadie reconoció al principio.

Helicópteros, decenas de helicópteros, fuerzas especiales de Estados Unidos.

La fuerza Delta, la unidad de élite más letal del ejército norteamericano, cruzaron el espacio aéreo venezolano.

La llamaron operación resolución absoluta.

Primero vinieron los bombardeos.

Objetivos militares en Caracas, en el estado Miranda, en Aragua, en la Guaira.

El fuerte Tiuna, el mayor complejo militar de Venezuela, sede del Ministerio de Defensa, ardió en llamas.

Las bases aéreas fueron neutralizadas en minutos, los radares destruidos, la fuerza aérea venezolana no pudo despegar ni un solo avión.

Y mientras las explosiones iluminaban el cielo de Caracas, mientras el humo negro subía sobre la ciudad, un grupo de soldados se dirigía a un objetivo muy específico, la residencia presidencial.

entraron sin encontrar resistencia.

Los guardias, confundidos por los bombardeos, no supieron reaccionar.

Subieron las escaleras, abrieron la puerta del dormitorio principal y ahí estaban Nicolás Maduro y Cilia Flores en su cama.

Despertados por las explosiones, sin entender todavía lo que estaba pasando, los soldados los sacaron de la cama, los esposaron.

No hubo negociación, no hubo resistencia, solo el sonido de las esposas cerrándose en sus muñecas.

Los subieron a un helicóptero Black Hawk y los sacaron del país.

30 minutos después de iniciada la operación ya estaban en el aire rumbo a Estados Unidos, rumbo a la justicia que habían evadido durante 25 años.

Donald Trump lo anunció horas después desde Maralago, su residencia en Florida.

Estaba rodeado de asesores militares.

Sonreía.

dijo textualmente, Estados Unidos de América ha llevado a cabo con éxito un ataque a gran escala contra Venezuela y su líder, el presidente Nicolás Maduro, quien junto con su esposa ha sido capturado y trasladado fuera del país.

Cuando le preguntaron cómo habían logrado la operación, respondió con su estilo característico.

Mucha buena planeación y muchas grandes tropas.

La fiscal general de Estados Unidos, Panam Bondy, confirmó los cargos formales poco después.

Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores han sido acusados formalmente en el distrito sur de Nueva York.

Los cargos contra Cilia.

Conspiración para importar cocaína a Estados Unidos.

Posesión de ametralladoras y artefactos destructivos.

Conspiración para poseer armas de guerra.

Las penas van de 20 años de prisión a cadena perpetua.

Cadena perpetua.

La mujer que controlaba un país desde las sombras.

La mujer que ordenaba asesinatos.

La mujer que protegía narcotraficantes.

Ahora está en una celda de Nueva York esperando juicio.

Hay una imagen que está circulando desde esta madrugada, maduro, bajando de un avión en la base aérea Stewart de Nueva York, esposado, encorbado, rodeado de agentes del FBI y la DEA.

El hombre que se creía intocable, el dictador que se burlaba del mundo entero, el que bailaba salsa en televisión mientras su pueblo moría, esposado, vencido, derrotado.

Y en otro avión, llegando al mismo lugar, estaba Cia, la mujer más poderosa de Venezuela, la que manejaba todo desde las sombras, la del genio de los mil demonios, la narcotía, también esposada.

también humillada, también caída.

8 millones de venezolanos huyeron de su país en los últimos años.

8 millones.

Esa cifra es difícil de imaginar.

Es más que la población completa de muchos países, más que la población de Suiza, más que la población de Austria.

Es la diáspora más grande de la historia de América Latina, más grande que la de Cuba, más grande que ninguna otra.

Y cada uno de esos 8 millones tiene una historia.

madres que dejaron a sus hijos pequeños con las abuelas porque no había forma de alimentarlos, que se fueron a Colombia, a Perú, a Chile, a trabajar en lo que fuera, limpiando casas, vendiendo en la calle, lavando platos en restaurantes para mandar dinero a Venezuela para que sus hijos pudieran comer.

Padres que cruzaron la selva del Darién a pie, esa selva que está entre Colombia y Panamá.

70 km de montañas, ríos, animales salvajes y grupos armados que roban y matan.

Miles de venezolanos murieron en esa selva, ahogados en los ríos, picados por serpientes, asesinados por bandidos.

Sus cuerpos quedaron en la selva sin nombre, sin tumba.

Abuelas que nunca volvieron a ver a sus nietos, que los vieron crecer por videollamada, que murieron preguntándose si algún día podrían abrazarlos otra vez.

Familias destrozadas para siempre, hermanos que no se han visto en años.

Padres que no conocen a sus nietos, hijos que no pudieron despedirse de sus padres antes de que murieran.

Sueños destruidos, vidas arruinadas.

profesionales que eran médicos, ingenieros, abogados en Venezuela, que ahora trabajan de taxistas, de meseros, de lo que sea, empezando de cero a los 40 años, a los 50, con títulos que no valen nada en otro país.

Todo eso, todas esas vidas destruidas, todas esas familias rotas, todo ese dolor por el poder de dos personas, todo para que Maduro y Cilia siguieran en el trono, todo para que su familia viviera como reyes mientras el pueblo moría.

Quizá tú también conoces a alguien que vino de abajo, alguien que luchó con todo lo que tenía, alguien que sacrificó cosas que nadie vio, alguien que se levantaba antes que el sol para trabajar, alguien que llegó lejos a pesar de todo lo que tenía en contra y te enorgullece porque sabes lo que cuesta, porque sabes que no es fácil, porque lo has vivido en carne propia.

Hay algo hermoso en ver a alguien de abajo llegar arriba.

Hay esperanza en eso.

Hay un mensaje.

Si ella pudo, quizá yo también puedo.

Pero Cilia no es ese tipo de historia.

Cilia es lo contrario.

Cilia es la historia de alguien que llegó al poder y lo usó para destruir a los suyos, que tuvo la oportunidad de cambiar las cosas y eligió robar.

que pudo tender la mano a millones de mujeres como ella, mujeres que venían de barriadas, mujeres sin padre, mujeres sin oportunidades, madres solteras que luchan cada día y decidió aplastarlas.

Déjame contarte algo sobre las mujeres venezolanas.

Durante décadas soñaron con que una mujer llegara al poder, una mujer que entendiera lo que es levantarse a las 4 de la mañana para hacer cola por comida.

Una mujer que supiera lo que es criar hijos sola.

Una mujer que conociera el sufrimiento de verdad.

Una mujer que hiciera justicia.

Y cuando Cilia llegó al poder, muchas pensaron, “Por fin, por fin alguien como nosotras.

Pero no.

Cilia llegó y las traicionó.

Mientras las madres venezolanas buscaban comida en la basura, Cilia metía a su familia en el gobierno.

Mientras las abuelas morían sin medicinas, los hijos de Cilia gastaban 40,000 € en hoteles de lujo.

Mientras las mujeres eran torturadas en cárceles del régimen, Cilia ordenaba más represión.

La traición más grande no fue al pueblo venezolano, fue a las mujeres venezolanas, a las que creyeron en ella, a las que pensaron que una mujer de barriada iba a ser diferente, a las que pusieron su esperanza en alguien como ellas.

Y Cilia las destruyó a todas, a cada una de ellas.

Cuando Efraín Campo fue arrestado en 2015, dijo algo en el avión de la DEA que resume todo.

Le preguntaron por qué lo hacía, por qué traficaba cocaína teniendo todo lo que tenía.

¿Por qué arriesgaba su libertad, su futuro, todo? Y él respondió, “Para ayudar a mi familia a mantenerse en el poder.

La familia, el poder.

Por encima de Venezuela, por encima de 8 millones de exiliados, por encima de 824 personas ejecutadas en un año, por encima de miles de torturados, por encima de todo.

” Cilia construyó un imperio familiar sobre los huesos de su pueblo y ahora ese imperio se derrumbó.

Hoy, mientras grabo esto, Cilia Flores está en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, MDC Brooklyn, le dicen.

Es una prisión federal de máxima seguridad en el corazón de Nueva York.

Un edificio de ladrillo marrón, sin ventanas, con alambres de púas en el techo.

Es la misma cárcel donde estuvo Joaquín el Chapo Guzmán esperando juicio, donde estuvo Gislin Maxwell, donde ponen a los criminales más peligrosos del mundo, a los narcotraficantes, a los terroristas, a los asesinos en serie y ahora a la primera combatiente de Venezuela.

Las condiciones en MDC Brooklyn son conocidas por ser brutales.

Las celdas son pequeñas, frías en invierno, sofocantes en verano.

Los presos pasan 23 horas al día encerrados, una hora de patio, nada más.

La comida es mala, el ruido es constante, las luces nunca se apagan del todo.

Cilia tiene 69 años.

Ha vivido las últimas dos décadas rodeada de lujo.

Palacios presidenciales, escoltas personales, chefs privados, los mejores médicos de Venezuela a su disposición y ahora está en una celda de 3 met por tr con un colchón delgado, un inodoro de metal y paredes de concreto.

Si la condenan a cadena perpetua, morirá ahí, lejos de Venezuela.

Lejos de Tinaquillo, el pueblo donde nació, lejos de las barriadas donde creció, lejos del poder que tanto amó, lejos de todo lo que construyó y de todo lo que destruyó.

Maduro está en la celda de al lado, también esperando juicio, también enfrentando cadena perpetua.

El matrimonio del poder, los que gobernaron Venezuela durante más de una década, los que ordenaron torturas, los que protegieron narcotraficantes, los que destruyeron un país entero, los dos juntos, pero ya no en un palacio, en una cárcel.

Hubo justicia después de 25 años de chavismo, después de una década de Maduro y Cilia, finalmente fue suficiente.

Nunca va a ser suficiente.

824 personas ejecutadas en un solo año.

Miles torturadas, millones exiliadas.

un país entero destruido.

Ninguna sentencia puede pagar eso.

Ninguna cárcel puede devolver lo que se perdió.

Ningún juicio puede resucitar a los muertos.

Pero al menos por primera vez en décadas los responsables van a enfrentar consecuencias.

Al menos el mundo va a escuchar la verdad completa.

Al menos las víctimas van a tener voz en una corte.

Al menos van a poder contar lo que les hicieron.

La primera combatiente, así quiso que la llamaran, no primera dama.

Eso era para la élite, para los ricos, para las mujeres que solo aparecían en las fotos y sonreían.

Ella era diferente.

Ella era combatiente, primera combatiente de la República Bolivariana de Venezuela.

Y combatió.

Vaya que combatió.

Combatió contra su propio pueblo cuando se atrevió a protestar.

Combatió contra la verdad cuando la verdad la incomodaba.

Combatió contra la prensa cuando la prensa la cuestionaba.

Combatió contra los jueces cuando los jueces querían investigar.

Combatió contra Estados Unidos cuando Estados Unidos la acusó.

Combatió contra todo y contra todos durante 25 años.

Todo para no volver a ser la niña pobre de Tinaquillo.

Todo para no volver a sentir vergüenza.

Todo para no volver a ser nadie.

Y perdió.

Finalmente perdió.

Y ahora, en una celda de Brooklyn, lejos de Venezuela, lejos de su familia, lejos del poder.

Ahora sí es nadie.

Ahora sí volvió a ser la niña de Tinaquillo, pero sin el pueblo que la vio nacer, sin el país que destruyó, sin nada.

Cilia Flores, la niña de Tinaquillo que soñaba con tener poder, la hija natural que crecía sin padre en las barriadas, la abogada que defendió a un golpista preso y vio una oportunidad.

La mujer que sedujo a un hombre 6 años menor y lo convirtió en su socio, la que metió a 47 familiares en el gobierno, la que humilló a su exesposo convirtiéndolo en empleado, la madre adoptiva de un narcotraficante, la que traicionó a las mujeres venezolanas, la líder que ordenó torturar y asesinar, la que controlaba todo desde las sombras, la del genio de los 1 demonios.

La narcotía esposada, caída, derrotada para siempre.

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Nos vemos en el próximo vídeo.

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