Yeison Jimenez murió hace 2 días, ahora su Padre Rompió su silencio dejando al mundo en SHOCK

Antes de perder a Jason, no tuve una visión ni un sueño.

Claro.

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Tuve algo peor, una sensación constante de peligro, como si el corazón me avisara sin palabras.

Hoy, Orlando Jiménez Aristizábal, su padre, hablo desde el dolor que deja un hijo que no vuelve.

Esta historia no habla de casualidades, habla de advertencias que llegan demasiado tarde.

Jason tenía 34 años y una vida construida con sacrificio.

Había alcanzado el respeto de la gente, el amor del público y aún le faltaba cumplir muchos sueños.

Pero desde hacía meses algo no encajaba.

Me contaba que soñaba con aviones, con caídas, con su propia muerte.

Decía que no le diera importancia, pero yo veía en sus ojos que no era solo un mal sueño.

Cada viaje me dejaba inquieto.

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Sentía un peso en el pecho que no sabía explicar.

Le pedía que tuviera cuidado, que no se confiara.

Él, con esa forma suya tan tranquila, me decía, “Pa, todo va a estar bien.

” Yo asentía, pero por dentro algo me gritaba que no.

Ese día salió a trabajar como siempre, responsable, comprometido, amando lo que hacía.

Nunca pensé que ese sería el último viaje que emprendería.

Cuando me avisaron del accidente, sentí que me arrancaban una parte del alma.

El tiempo se detuvo.

El mundo perdió sentido.

Jason era más que un cantante.

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Era un hijo que llamaba antes de volar, que hablaba de la muerte con una madurez que hoy me estremece.

Tal vez él sabía algo que nosotros no queríamos aceptar.

Yo como padre sigo viviendo, pero con una ausencia que no se llena, con un dolor que no se explica y con una pregunta que me acompañará siempre.

¿Y si ese presentimiento no era solo miedo? Hoy dicen que todo está en investigación, que habrá respuestas técnicas, pero como padre hay cosas que no necesitan pruebas.

En mi corazón quedó la certeza de que algo lo estaba preparando, de que Jason presentía su final.

Yo no pude cambiar el destino, solo pude advertirlo, amarlo con todo y caminar a su lado hasta el último instante.

Desde muy joven comprendió que la música popular no era solo melodía, era verdad.

Era contar lo que muchos callaban.

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Por eso su gente se veía reflejada en sus canciones, en esa voz quebrada que no fingía fuerza, en esa forma tan suya de cantar desde el alma.

Muchos me decían que Jason era distinto, que no imitaba a nadie y tenían razón.

Tenía carácter, una valentía silenciosa y una forma frontal de enfrentar la vida.

Yo lo veía claro cada vez que pisaba un escenario.

No salía a impresionar, salía a dejar algo de sí.

Nunca olvidó sus inicios grabando canciones sincertezas, apostándole a un sueño que parecía imposible.

Te deseo lo mejor.

Fue solo la primera puerta que se abrió.

De ahí en adelante todo fue trabajo duro, errores, aprendizajes y disciplina.

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Yo lo vi crecer, lo vi pasar de escenarios pequeños a lugares que jamás soñó pisar sin perder la humildad ni el agradecimiento.

Cuando llenó el campín con mi promesa, entendí que ese hijo mío había cambiado la historia de la música popular.

Ese día me miró con orgullo y me dijo que había valido la pena cada desvelo, cada sacrificio.

Yo lo abracé sin saber que ese recuerdo sería uno de los más grandes, pero el éxito no le quitó el peso de la vida.

Jason vivía entre aeropuertos, conciertos y proyectos.

Pensaba sin parar, creaba sin descanso.

A veces regresaba agotado, callado y se sentaba conmigo a conversar como cuando era niño.

En esos momentos yo veía al artista apagarse y al hijo aparecer.

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buscando descanso, buscando paz.

Me decía que la fama no lo hacía sentirse invencible, que al contrario, había noches en las que el miedo lo acompañaba en silencio, que aunque frente al público mostrara fortaleza, por dentro había cosas que lo inquietaban.

Yo lo escuchaba como padre, con el corazón en la mano y le aconsejaba que se cuidara, que la vida no era solo trabajo, que también había que detenerse a respirar.

El día que se fue, todo pasó demasiado rápido.

Mientras el país trataba de entender lo ocurrido y las autoridades hacían su trabajo, mi mente se quedó atrapada en sus recuerdos, en su risa, en su voz llamándome papá, en los planes que aún quería cumplir.

La tarde cayó y con ella llegó una oscuridad que no era solo del cielo, sino del alma de miles de personas que crecieron escuchando sus canciones.

Jason se fue dejando melodías que hoy duelen distinto, letras que ahora parecen despedidas y recuerdos que el tiempo no podrá borrar.

Mi hijo nació del pueblo y llegó a lo más alto sin traicionarse, sin olvidar de dónde venía.

Y aunque su voz se apagó de manera inesperada, su historia, su música y su verdad siguen vivas en cada persona que alguna vez encontró consuelo en una de sus canciones.

Con el paso de las horas, mientras el dolor se acomodaba en el pecho como una herida abierta, entendí que todo ocurrió en cuestión de segundos.

Ese viaje que emprendió con la ilusión de seguirle cumpliendo a su gente terminó de forma abrupta en un lugar silencioso, lejos de los aplausos, lejos de las luces y de los escenarios que tanto amaba.

Ahí comprendí que a un padre no le quitan solo a un hijo, le arrancan una parte del alma que jamás vuelve a ser la misma.

Yo prefiero recordar a Jason no como la noticia que estremeció al país, sino como el hombre disciplinado y apasionado que se abrió camino a punta de trabajo.

Nunca necesitó fingir ni ponerse disfraces para ganarse a la gente.

Su verdad era suficiente.

Venía de días agotadores, de presentaciones una tras otra, de horas interminables en carretera, junto a su equipo, con quienes no solo compartía trabajo, sino también silencios, risas cansadas y sueños que se iban construyendo kilómetro a kilómetro.

Recuerdo que en esos viajes solía sentarse adelante mirando la carretera con un cuaderno en la mano.

A veces anotaba frases sueltas, ideas que le venían de repente.

Me decía que muchas de sus canciones nacían así, escuchando historias en el camino, observando a la gente en las paradas, imaginando vidas que luego convertía en versos.

esa noche también tenía otro compromiso, otro encuentro con su público, porque así era él, cumplido hasta el final, incapaz de fallarle a quienes lo esperaban.

Cuando llegó la confirmación oficial, sentí que el tiempo se congelaba.

Pero más allá de cualquier investigación o explicación, entendí que lo que quedaba era un vacío imposible de llenar, el de un hijo que vivía para cantar, que viajaba pensando en la próxima canción, en el próximo abrazo con su gente, sin saber que ese trayecto sería el último.

Hoy quedan carreteras que ya no recorrerá, escenarios que todavía guardan su eco y corazones que no logran entender como una vida tan intensa, tan entregada y tan luminosa, pudo apagarse de repente.

Trás del nombre que el país aprendió a corear, yo siempre vi al niño inquieto que encontró en la música una forma de resistir.

Desde pequeño buscó cómo ayudar en la casa, cómo hacerse escuchar, como salir adelante sin atajos.

Madrugaba, trabajaba más que muchos, escuchaba historias ajenas con atención y en silencio las iba transformando en canciones.

Ahí, en esa infancia de esfuerzo, se fue forjando el artista y el hijo que hoy sigo extrañando cada día.

Muchas de las canciones de Jason nacieron de esa forma sencilla y profunda a la vez, de charlas en la calle, de silencios largos después del cansancio, de observar a la gente común y atreverse a contar lo que otros solo sentían.

Él no escribía para impresionar ni para cumplir modas, escribía para decir verdades.

Por eso su música terminó siendo tan cercana, tan humana, tan fácil de sentir para quienes lo escuchaban.

Recuerdo que a veces llegaba a la casa de madrugada agotado y en lugar de dormir se quedaba tarareando melodías bajito, como si tuviera miedo de que una idea se le escapara.

Me decía, “Pa, es que si no la escribo ahora, se me va.

” Así nacieron muchas canciones en momentos en los que el cuerpo pedía descanso, pero el alma le exigía seguir creando.

Cada logro que alcanzó fue fruto de esa disciplina que se forjó en la dificultad de no rendirse cuando parecía que nadie lo estaba viendo.

En sus últimos tiempos vivía con el ritmo acelerado de quien siente que su momento había llegado.

Viajaba sin parar, pensaba en nuevos proyectos, hablaba de sonidos distintos, de letras más profundas.

Nunca imaginó que uno de esos trayectos tan comunes para él marcaría un final tan doloroso.

Hoy se habla de procedimientos, de escenas duras, de trabajos de rescate.

Yo, como padre, prefiero quedarme con otra imagen, la de mi hijo perseverante, del compositor incansable que convirtió su historia en canciones y dejó sembrada una huella que no se apaga con la noche ni con el silencio que ahora duele tanto.

Mientras todo ocurría lejos de mí, solo podía imaginar movimientos apresurados, rostros serios, personas haciendo su trabajo con respeto, tratando de poner orden en medio de una tragedia sin regreso.

En ese lugar no solo terminó un viaje, quedó suspendida una vida construida con sacrificio, con sueños logrados a pulso y con una cercanía real con la gente que lo acompañó desde el principio.

Y entendí que aunque el trayecto terminó, lo que Jason sembró seguirá vivo en cada canción que aún se canta con el corazón.

Poco a poco el país fue comprendiendo que Jason no había llegado a su destino, que ese compromiso más, uno de tantos que asumía con total responsabilidad, ya no se cumpliría.

Él vivía así, con agendas apretadas, días interminables y noches cortas, porque sabía que estaba atravesando un momento importante de su carrera y no quería desaprovecharlo.

Como padre, muchas veces le decía que bajara el ritmo, pero él siempre respondía que había que honrar cada oportunidad.

Por eso el golpe fue tan fuerte.

No se fue solo un cantante, se fue un referente.

Se fue un hombre que trascendió los escenarios y se convirtió en ejemplo, en jurado, en guía para tantos jóvenes que vieron en su historia una prueba de que si se podía salir adelante.

Desde niño fue un soñador persistente, convencido de que la música era su camino, atreviéndose a mostrarse, a competir, a creer, incluso cuando otros dudaban.

Con los años rompió barreras que parecían imposibles para su género, alcanzó logros que antes no existían y dejó canciones que hoy viven en la memoria de la gente.

Nada de eso fue casualidad, fue trabajo constante, disciplina silenciosa y una conexión honesta con el público que lo sintió como propio.

Y aunque hoy todo parezca envuelto en un silencio difícil de aceptar, la huella que dejó mi hijo sigue viva porque fue sembrada con verdad.

Ese día yo pensaba en la gente que lo esperaba sin saber nada, en los rostros llenos de ilusión que se habían reunido para verlo cantar como tantas otras veces.

En algún lugar había familias completas, jóvenes y adultos, que hicieron un espacio en su rutina para compartir una noche de música y de repente todo quedó suspendido en una espera que nunca tuvo respuesta.

Como padre, ese pensamiento todavía me duele.

No hubo anuncio festivo ni prueba de sonido, solo una sensación extraña que fue apoderándose del ambiente hasta que el silencio lo llenó todo.

A mí como padre me dolía imaginar esos escenarios vacíos, esas luces encendidas sin sentido, porque Jason vivía para cumplir, para llegar a tiempo, para no fallarle nunca a su gente.

Mientras el país empezaba a comprender lo que estaba ocurriendo, yo sentía como algo imposible se iba volviendo real.

Mi hijo atravesaba un momento pleno con proyectos nuevos, presentaciones seguidas y la energía intacta de quien ama profundamente lo que hace.

Había hablado conmigo de planes, de canciones, de todo lo que venía y por eso cuesta aceptar que la vida pueda detenerse así, sin aviso, en medio de un camino que parecía uno más.

No fue una despedida anunciada, fue una pausa brutal impuesta por el destino.

Después llegaron las imágenes que ningún padre quiere ver, esas que se quedan grabadas aunque uno cierre los ojos.

Para Colombia fue un golpe seco, para mí fue el momento en que el mundo se partió en dos.

Jason se fue joven, cercano, siendo esa voz que muchos sentían propia, dejando un dolor que no distingue lugares ni edades.

Hoy quedan canciones que ya no suenan igual, tarimas que lo recuerdan en silencio y un país entero tratando de entender como una vida tan llena de sueños, trabajo y amor por la gente pudo apagarse de manera tan inesperada.

Mi hijo venía de abajo, de una vida sencilla, de aprender desde temprano el valor del trabajo y la disciplina y esa esencia jamás la perdió.

Nada le fue regalado y por eso defendía su camino con tanto orgullo.

La música lo habitaba desde niño, no como un pasatiempo, sino como una certeza profunda.

Yo, como su padre, lo vi subirse a escenario siendo muy pequeño, pararse frente al público sin miedo, volver a casa con los ojos brillantes y la convicción intacta de que ese era su lugar.

Con los años, mientras él crecía, también crecían sus responsabilidades.

Ayudaba en lo que podía, componía en silencio, soñaba despierto y trabajaba sin descanso.

Cuando llegó a la adolescencia, ya tenía claro que su voz era su herramienta y también su destino.

Escribía desde lo que vivía, desde lo que veía y desde lo que dolía.

y por eso sus canciones siempre sonaron reales.

Hoy su partida deja un vacío que no se mide en giras ni en números, sino en el silencio que quedó donde antes había esperanza y música.

Se fue un capítulo irrepetible, un hijo, un artista y la prueba de que los sueños, incluso cuando se cumplen, pueden doler cuando se apagan demasiado pronto.

Con el paso del tiempo, mi hijo fue encontrando su propia voz, no solo la que cantaba, sino la que decía lo que muchos callaban.

Cada canción hacía de vivencias reales, de momentos duros y de aprendizajes que la vida le fue imponiendo, y por eso la gente sentía que él hablaba por ellos.

Jason entendió que ya no cargaba solo con su propia historia, sino con la de muchos que se vieron reflejados en la suya.

La tecnología amplificó su voz y llevó su mensaje más lejos de lo que alguna vez imaginó, conectando con personas de distintos países que encontraron en su música un espejo de sus propias vidas.

Hoy, como padre, al mirar atrás, su trayectoria se siente distinta, más profunda, más pesada de recordar.

No fue solo una carrera exitosa, fue un legado construido desde abajo con paciencia, esfuerzo y verdad.

Aunque su voz ya no esté presente, sus canciones siguen vivas.

siguen recordando que los sueños pueden abrirse camino incluso en los terrenos más difíciles y que lo que se hace con el corazón no desaparece, ni siquiera cuando la vida se interrumpe demasiado pronto.

A mí me duele pensar que, sin saberlo, mi hijo se estaba despidiendo a su manera.

Horas antes había estado haciendo lo que más amaba, entregándose por completo, sonriendo con esa alegría que solo le provocaba la música y el contacto con la gente.

Nada en su mirada anunciaba un final, al contrario, se veía pleno, agradecido, vivo.

Después de ese momento, todo cambió demasiado rápido, como si la vida se hubiera cerrado sin aviso, sin dar tiempo a entender.

Jason no se detuvo, no bajó el ritmo, siguió adelante como siempre, fiel a su camino, a su responsabilidad y a su sueño.

Y así se fue en movimiento, con el corazón puesto en lo que amaba, dejando atrás aplausos que aún resuenan y un vacío que no se llena con explicaciones.

Para muchos fue solo un instante, para mí fue el momento en que el tiempo se rompió.

Jason dejó su historia escrita en canciones, en recuerdos y en la emoción de quienes lo escucharon.

Aunque su partida fue repentina.

Su amor por la música quedó sembrado para siempre.

Yo, como su padre, solo puedo imaginar ese instante como una lucha silenciosa, un momento breve en el que todo dependió de algo que nadie pudo controlar.

Sé que no iba solo, que estaba acompañado por personas que caminaron a su lado durante años, compañeros de ruta con quienes compartió madrugadas, cansancio y la ilusión intacta de seguir llevando su música a cada rincón.

No eran solo un equipo de trabajo, eran una familia que se fue formando en el camino.

Todo terminó sin aviso, sin espacio para palabras finales, de una forma tan rápida que aún cuesta entenderla.

Mi hijo se fue así, en movimiento, sin detenerse, fiel a la pasión que lo impulsó desde el primer día.

No hubo aplausos ni despedidas, solo un silencio que cayó de golpe y marcó para siempre el cierre de una historia construida con esfuerzo, amor por la música y entrega total.

Yo me quedo con eso, con la certeza de que Jason vivió persiguiendo lo que amaba y que aunque su camino se cerró de manera abrupta, su recuerdo sigue vivo en cada persona que alguna vez sintió su voz como propia.

Yeah.

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