La figura de Carlos Salinas de Gortari continúa generando un profundo impacto emocional y político en México, incluso décadas después de haber dejado formalmente el poder.
Su sєxenio se convirtió en uno de los más analizados, cuestionados y debatidos de la historia contemporánea mexicana, no solo por sus resultados económicos, sino por su legitimidad democrática.
Para muchos ciudadanos, Salinas representa el inicio visible de una transformación estructural del país que tuvo costos sociales elevados y consecuencias duraderas.
Para otros sectores, encarna la modernización económica, la apertura comercial y la inserción de México en los mercados globales.
Esa dualidad explica por qué su nombre sigue despertando pasiones, críticas intensas y reflexiones académicas profundas.
Hablar de Salinas implica necesariamente hablar de poder, desigualdad, decisiones estructurales y heridas históricas que aún no cierran.
Su gobierno no puede analizarse de forma aislada, sino dentro de un contexto internacional marcado por el auge del neoliberalismo.
También debe entenderse como parte de una transición política incompleta, donde las reformas económicas avanzaron más rápido que las democráticas.
Ese desequilibrio marcó el tono de su presidencia y explica buena parte de las tensiones posteriores.
Por ello, su legado sigue siendo objeto de disputa en la memoria colectiva mexicana.
Carlos Salinas de Gortari nació en 1948 en la Ciudad de México, dentro de una familia con profundas conexiones políticas e intelectuales.
Su padre, Raúl Salinas Lozano, fue un funcionario destacado del sistema priista, lo que influyó tempranamente en su formación.
Desde joven, Carlos estuvo expuesto a debates sobre política económica, desarrollo nacional y administración pública.
Estudió economía en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se formó académicamente en un ambiente crítico y plural.
Posteriormente cursó estudios de posgrado en la Universidad de Harvard, integrándose a la élite tecnocrática mexicana.
Ese perfil académico lo colocó dentro de una generación de economistas que apostaban por reformas estructurales profundas.
Su ascenso político fue rápido y estratégico, especialmente durante el gobierno de Miguel de la Madrid.
En 1982 fue nombrado secretario de Programación y Presupuesto, una de las carteras más influyentes del gabinete.
Desde ese cargo, tuvo control sobre las finanzas públicas en un periodo de crisis y austeridad.
Esa experiencia consolidó su imagen como administrador eficiente, aunque también como ejecutor de políticas impopulares.
La candidatura presidencial de Salinas en 1988 se dio mediante el tradicional mecanismo del dedazo dentro del Partido Revolucionario Institucional.
Su juventud y formación internacional fueron presentadas como símbolos de renovación frente a un sistema político desgastado.
Sin embargo, las elecciones del 6 de julio de 1988 marcaron un punto de quiebre en la historia democrática del país.
La oposición, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, logró un respaldo ciudadano inédito.
Durante el conteo electoral ocurrió la llamada “caída del sistema”, un evento que hasta hoy sigue siendo motivo de controversia.
Cuando el sistema de cómputo se restableció, la tendencia favoreció sorpresivamente al candidato priista.
Salinas fue declarado ganador, pero con una legitimidad severamente cuestionada por amplios sectores sociales.
La posterior destrucción de las boletas electorales impidió cualquier recuento independiente.
Ese episodio dejó una marca indeleble en la credibilidad del proceso y del nuevo gobierno.
Desde su inicio, la presidencia de Salinas cargó con una sombra de ilegitimidad que nunca se disipó completamente.
Durante su sєxenio, Salinas impulsó un ambicioso paquete de reformas económicas de corte neoliberal.
Se privatizaron empresas estatales estratégicas, incluyendo bancos, telecomunicaciones y siderúrgicas.
El argumento oficial fue aumentar la eficiencia, reducir el déficit fiscal y modernizar la economía nacional.
Una de las decisiones más emblemáticas fue la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
El tratado integró a México a un mercado regional con Estados Unidos y Canadá.

A corto plazo, se observó un aumento de la inversión extranjera y estabilidad macroeconómica.
Sin embargo, los beneficios no se distribuyeron de manera equitativa entre regiones y sectores sociales.
Muchos pequeños productores, especialmente campesinos, enfrentaron una competencia imposible de sostener.
La concentración de la riqueza se intensificó y la desigualdad social se amplió.
Estas consecuencias alimentaron críticas sobre el verdadero costo social de la modernización salinista.
El sєxenio también estuvo marcado por episodios de violencia política que incrementaron la desconfianza social.
El asesinato de Luis Donaldo Colosio en 1994 sacudió profundamente al país y al sistema político.
Aunque las investigaciones oficiales señalaron a un autor material solitario, las dudas persisten hasta hoy.
Meses después, el homicidio de José Francisco Ruiz Massieu agravó la crisis política.
Estos hechos generaron un clima de incertidumbre y paranoia colectiva.
A ello se sumó el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas.
El conflicto evidenció las profundas desigualdades regionales que el modelo económico no había resuelto.
Hacia el final del sєxenio, la estabilidad económica comenzó a resquebrajarse.
La sobrevaluación del peso y la dependencia de capitales especulativos crearon una situación insostenible.
Todo ello desembocó en la crisis conocida como el “error de diciembre” tras el cambio de gobierno.
En 1995, México enfrentó una de las peores crisis económicas de su historia reciente.
El peso se devaluó abruptamente, el desempleo aumentó y miles de empresas quebraron.
Millones de familias perdieron ahorros, viviendas y estabilidad económica en cuestión de semanas.
Aunque la crisis estalló formalmente bajo el gobierno de Ernesto Zedillo, muchos la atribuyeron a decisiones heredadas.
La figura de Salinas pasó rápidamente de modernizador a principal señalado por la catástrofe.
Ese cambio de percepción fue devastador para su imagen pública.
La detención de su hermano Raúl Salinas por cargos de enriquecimiento ilícito agravó el descrédito familiar.
Ante el clima hostil, Carlos Salinas se retiró de la vida pública mexicana.
Se estableció en el extranjero, residiendo en Irlanda, Reino Unido y posteriormente España.
Desde entonces, mantiene un perfil bajo, con apariciones públicas esporádicas.
A pesar de su retiro, la influencia simbólica de Salinas persiste en la política y economía mexicanas.
Muchos de los grandes grupos empresariales actuales surgieron o se consolidaron durante su sєxenio.
Las privatizaciones de los años noventa siguen siendo objeto de análisis crítico y debate académico.
Para algunos historiadores, su gobierno marcó una ruptura necesaria con un modelo económico agotado.
Para otros, representó una cesión de soberanía y un debilitamiento del Estado social.
Estas interpretaciones encontradas reflejan la complejidad de su legado.
Salinas no es recordado solo como un individuo, sino como símbolo de una época.
Una época de promesas de progreso que convivieron con exclusión, corrupción percibida y crisis.
La memoria colectiva mexicana sigue procesando ese periodo con emociones encontradas.
Hablar de Salinas hoy es hablar de las bases del México contemporáneo.
En conclusión, Carlos Salinas de Gortari sigue siendo una figura central para entender las transformaciones recientes del país.
Su presidencia dejó avances macroeconómicos, pero también profundas fracturas sociales.
Las decisiones tomadas durante su sєxenio continúan influyendo en la vida cotidiana de millones de personas.
El debate sobre su legado no es un ejercicio nostálgico, sino una reflexión necesaria sobre poder y responsabilidad.
La historia de Salinas muestra cómo las reformas sin consenso social pueden generar resentimientos duraderos.
También evidencia los riesgos de separar modernización económica de justicia social.
El periodismo y la academia tienen el deber de analizar ese periodo con rigor y sin simplificaciones.
La ciudadanía, por su parte, tiene derecho a conocer y discutir su historia completa.
Solo así es posible aprender de los errores y evitar su repetición.
El nombre de Carlos Salinas de Gortari seguirá siendo sinónimo de una etapa decisiva, compleja y profundamente polémica de México.