🌎💣🛢️ Máxima presión: Trump cerca a Cuba mientras Rusia y China negocian en las sombras

Durante las últimas semanas, el escenario internacional ha entrado en una fase de tensión creciente y profunda incertidumbre, marcada por decisiones políticas que reconfiguran alianzas históricas y reabren viejas heridas geopolíticas en el continente americano.image

La atención global se ha desplazado con rapidez desde Venezuela hacia el Caribe, luego de que Donald Trump anunciara públicamente que su administración ha iniciado contactos indirectos con Cuba, mientras endurece de manera simultánea las sanciones económicas y energéticas contra la isla.

Este doble mensaje, que mezcla palabras de apertura con acciones de presión extrema, ha generado un intenso debate entre analistas internacionales que se preguntan si Estados Unidos está ofreciendo una vía de negociación real o simplemente ejecutando una estrategia de asfixia progresiva.

El contexto no es menor, porque estas declaraciones se producen después de la captura de Nicolás Maduro, un acontecimiento que alteró profundamente el equilibrio político regional y debilitó uno de los principales apoyos estratégicos de La Habana durante las últimas décadas.
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En este nuevo tablero, Cuba aparece como la siguiente pieza clave en una partida de largo aliento, donde cada movimiento parece calculado para producir cambios internos sin recurrir a una confrontación militar directa.

El propio Donald Trump declaró desde Florida que existen conversaciones en curso con autoridades cubanas, subrayando su interés en la situación de los migrantes y exiliados, al tiempo que insistía en la necesidad de cambios estructurales en la isla.

Sin embargo, el gobierno cubano respondió con cautela, evitando confirmar o desmentir de forma explícita dichas conversaciones, aunque sí emitió un comunicado en el que expresó su disposición a un diálogo respetuoso con Estados Unidos.

En ese mensaje oficial, La Habana propuso reactivar mecanismos de cooperación técnica en asuntos sensibles como la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo, el lavado de activos y la ciberseguridad, intentando proyectar una imagen de apertura responsable.

No obstante, esta postura contrasta con declaraciones previas del presidente cubano Miguel Díaz-Canel, quien semanas antes había afirmado que no existía ningún tipo de negociación en marcha con Washington.Donald Trump asegura que Rusia y China realizan pruebas nucleares secretas  y anuncia que EE. UU. retomará sus propios ensayos

Esta contradicción aparente ha alimentado las sospechas sobre la existencia de canales diplomáticos discretos, diseñados para explorar escenarios de transición sin exponer públicamente a ninguna de las partes.

Mientras tanto, la retórica de Trump no se ha quedado en palabras, ya que firmó un decreto que impone aranceles y sanciones a los países que vendan petróleo a Cuba, calificando a la isla como una amenaza excepcional para la seguridad regional.

Además, Estados Unidos ha presionado para cortar el suministro de petróleo venezolano hacia La Habana, golpeando uno de los pilares energéticos que ha sostenido al régimen cubano en los últimos años.

La respuesta de Cuba fue contundente, rechazando cualquier acusación sobre la presencia de bases militares extranjeras y negando que su territorio represente un riesgo para otros países del hemisferio.

Sin embargo, desde Washington persisten las sospechas de que China podría operar instalaciones de inteligencia en la isla, un factor que eleva significativamente el nivel de preocupación estratégica de la Casa Blanca.

En medio de este escenario, México anunció el envío de ayuda humanitaria a Cuba, mientras solicitaba claridad a Estados Unidos sobre el alcance real de las nuevas sanciones energéticas.Trump Ordena al Departamento de Guerra de EUA Reanudar Pruebas de Armas Nucleares

La situación interna de Cuba añade una capa adicional de complejidad, ya que el país enfrenta apagones constantes, escasez de combustible y una crisis económica profunda que ha deteriorado las condiciones de vida de la población.

Desde La Habana, el gobierno acusa a Trump de intentar asfixiar deliberadamente a la ciudadanía, utilizando el sufrimiento social como herramienta de presión política para forzar concesiones.

Por su parte, Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, han sido explícitos al señalar que su objetivo final es propiciar un cambio de régimen en Cuba, aunque mediante una estrategia gradual.

Las tensiones no se han limitado al plano diplomático, ya que en las calles cubanas se han registrado protestas y episodios de hostilidad, como los insultos dirigidos al encargado de negocios estadounidense durante una visita oficial.

Estos incidentes reflejan un clima social cargado de frustración y desconfianza, donde el rechazo al bloqueo convive con el cansancio acumulado tras décadas de dificultades económicas.
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Para comprender mejor este panorama, el análisis del internacionalista Camilo González, docente universitario, resulta clave para interpretar la lógica detrás de la estrategia estadounidense.

Según González, Trump está aplicando una política de máxima presión, en la que Cuba se ve obligada a negociar para evitar consecuencias económicas aún más severas.

Esta estrategia no busca un colapso inmediato del régimen, sino un proceso lento y progresivo de transformación interna, similar al modelo aplicado previamente en Venezuela.

El plan, de acuerdo con este enfoque, se desarrolla en tres fases claramente identificables: primero el orden, luego la generación de rentas económicas y finalmente una transición política controlada.

Trump entiende que desmantelar un régimen con más de sesenta años de historia no es una tarea rápida, por lo que aprovecha el momento de mayor vulnerabilidad energética y social para aumentar la presión.

En este contexto, la dependencia cubana del petróleo proveniente de aliados como Venezuela y México se convierte en el punto más débil del sistema, y también en el principal objetivo de las sanciones estadounidenses.

La coincidencia entre crisis energética, protestas sociales y aislamiento internacional crea un escenario propicio para forzar cambios sin recurrir a intervenciones directas.thumbnail

Al mismo tiempo, Estados Unidos observa con atención el papel de China y Rusia en la isla, conscientes de que una apertura económica no garantiza necesariamente una democratización política.

El modelo que parece perfilarse es el de una liberalización económica controlada, inspirada en el caso chino, donde el mercado se abre parcialmente sin ceder el control político central.

Sectores estratégicos como el turismo y el azúcar despiertan un interés particular para Estados Unidos, que ve en ellos una posible fuente de rentas futuras dentro de un nuevo esquema económico cubano.

En conclusión, todo indica que Donald Trump ha puesto a Cuba en el centro de una estrategia regional de largo plazo, que busca reconfigurar el equilibrio de poder en el Caribe y el hemisferio occidental.

No se trata de una invasión ni de un golpe inmediato, sino de una combinación de sanciones, aislamiento y presión económica diseñada para provocar transformaciones internas graduales.

Cuba enfrenta uno de los momentos más difíciles de su historia reciente, sin el respaldo pleno de Venezuela, con una crisis energética severa y con potencias como Rusia y China jugando sus propias cartas estratégicas.

La pregunta que queda abierta es si este proceso desembocará en un acuerdo negociado, una transición controlada o una confrontación prolongada que profundice aún más el sufrimiento de la población.
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Lo único claro es que este movimiento apenas comienza y que sus consecuencias marcarán el futuro político y económico de la región durante los próximos años.

 

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