El 25 de julio de 1976, una niña de tan solo 7 años esperaba a su padre en la puerta de su casa.
Sin embargo, él no llegó.
Dos días antes, en plena calle de Caracas, fue detenido por la policía secreta del gobierno.
Lo arrestaron, lo golpearon y lo sometieron a torturas que terminaron con su vida.
Durante 48 horas, le rompieron las costillas, lo quemaron con cigarrillos, le aplicaron descargas eléctricas, lo golpearon hasta destrozarle el hígado y, finalmente, lo dejaron morir solo en una celda sin atención médica.
Cuando el gobierno anunció su muerte, lo hizo en televisión nacional, informando que había fallecido de un infarto, ocultando la verdadera causa de su muerte.
La niña, que esperaba a su padre en la puerta, vio cómo su mundo se desmoronaba en un instante.
Lo que el gobierno no sabía era que esa niña, marcada por la brutalidad del sistema que asesinó a su padre, juró vengarse.
Cincuenta años después, esa niña cumplió su promesa, pero el precio que pagó por lograrlo fue enorme.
Hoy, ella es la presidenta de Venezuela.
Su nombre es Delcir Rodríguez, una mujer que gobernó con un poder absoluto y que, según testimonios, tuvo un romance con uno de los galanes más conocidos de la televisión latinoamericana, Fernando Carrillo.
Sin embargo, a pesar de los años que han pasado, la relación con él nunca fue confirmada públicamente por ella.
La historia de Delcir Rodríguez no es solo la historia de una venganza, sino también de una transformación de una niña inocente en una figura que, según muchos, ha utilizado el poder para lograr sus propios fines.
Su camino hacia el liderazgo político está lleno de contradicciones, de promesas incumplidas y de decisiones que afectaron a millones de personas en su país.
A pesar de que los logros de Delcir son innegables, la sombra de su pasado sigue persiguiéndola.
Su venganza se convirtió en el motor de su vida, pero ¿realmente logró encontrar la justicia que tanto anhelaba? ¿O se ha convertido en lo que juró destruir?

Delcir Rodríguez nació el 18 de mayo de 1969 en Caracas, Venezuela.
A los 7 años, su vida dio un giro irreversible cuando su padre, Jorge Antonio Rodríguez, fue detenido y sometido a una brutal tortura por parte del gobierno.
Su padre fue un líder guerrillero y un ferviente defensor de la izquierda revolucionaria, un hombre que creía en un cambio social radical para Venezuela.
Durante los años 70, el régimen en Venezuela estaba dispuesto a eliminar cualquier tipo de oposición, y la figura de Jorge Rodríguez representaba una amenaza para el orden establecido.
El 23 de julio de 1976, Jorge Rodríguez fue arrestado en Caracas y llevado al centro de detención de la DISIP (Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención), donde fue sometido a una feroz tortura.
La autopsia reveló las horribles consecuencias de los abusos a los que fue sometido: siete costillas rotas, quemaduras de cigarro en su piel, lesiones internas graves y el hígado destrozado.
A pesar de las evidencias, el gobierno salió en televisión nacional diciendo que había muerto de un infarto, un claro intento de encubrir el asesinato.
La niña de 7 años, Delcir, fue testigo del dolor de su madre y de la mentira del gobierno.
La venganza comenzó a gestarse en su interior, una venganza que la acompañaría durante toda su vida.
A medida que Delcir crecía, su dolor se convirtió en una misión.
Su madre, devastada por la muerte de su esposo, alimentó ese deseo de venganza en sus hijos.
No hubo consuelo ni lágrimas de despedida, solo un objetivo claro: vengar la muerte de su padre.
Delcir estudió con determinación y se preparó para tomar el poder.
Estudió Derecho en la Universidad Central de Venezuela y, más tarde, se especializó en Derecho Laboral en Francia.
Su vida se centró en cumplir una promesa que le hizo a su madre: lograr el poder y vengar la muerte de su padre.
En 1999, cuando Hugo Chávez llegó al poder, Delcir encontró la oportunidad que había estado esperando durante más de dos décadas.
Con el apoyo de Chávez, Delcir comenzó a ascender rápidamente en el gobierno, ocupando cargos clave en el gabinete.
En 2003, fue nombrada coordinadora de la vicepresidencia y, poco después, ministra del despacho de la presidencia.
En 2006, asumió el cargo de presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, consolidando su posición de poder.
La familia Rodríguez, encabezada por Delcir y su hermano Jorge, había logrado lo que tanto habían soñado: un control absoluto sobre el destino de Venezuela.
El camino hacia el poder no fue fácil.
A pesar de la relación cercana de Delcir con el régimen chavista, su ascenso no estuvo exento de controversias.
En 2006, Delcir fue cuestionada por su relación con Fernando Carrillo, el galán de la telenovela *Abigail*.
Aunque nunca confirmaron su relación, Carrillo defendió a Delcir públicamente, llamándola “el gran amor de su vida”.
Sin embargo, Delcir nunca mencionó a Carrillo en entrevistas, y la relación nunca fue confirmada.
Este silencio marcó su vida, ya que, a pesar de su éxito, Delcir se mantuvo distante de cualquier cosa que no fuera el poder.
En 2020, un evento relevante cambió la vida de Delcir: fue capturada en España con 40 maletas, a pesar de tener prohibida la entrada a Europa debido a las sanciones internacionales.
Las maletas fueron trasladadas sin pasar por aduanas, y en ellas se encontraron grandes cantidades de dinero y oro, que Delcir había llevado consigo.
Este hecho desató una serie de investigaciones, que revelaron un sistema de corrupción en el que Delcir y su círculo cercano estaban involucrados.
Mientras Venezuela sufría una crisis humanitaria, ella y su entorno se beneficiaban del control de recursos vitales como la comida y los medicamentos.
Las sanciones internacionales se intensificaron contra Delcir Rodríguez.
En 2018, la Unión Europea la sancionó por violaciones de derechos humanos y corrupción.
En 2019, Estados Unidos la incluyó en su lista de personas sancionadas por su implicación en el narcotráfico y la violación de derechos humanos.
Sin embargo, Delcir continuó con su poder absoluto en Venezuela, defendiendo su régimen y las políticas de Maduro, mientras el pueblo venezolano seguía sufriendo las consecuencias de la corrupción y la represión.
El 3 de enero de 2026, Venezuela vivió un acontecimiento histórico: el presidente Nicolás Maduro fue capturado en una operación militar dirigida por Estados Unidos.
Durante 13 horas, nadie supo dónde estaba Delcir.
La incertidumbre creció hasta que apareció en una conferencia de prensa en el Palacio de Miraflores, asegurando que Venezuela no sería esclava y exigiendo la liberación de Maduro.
Esta declaración dejó en claro que Delcir estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para mantener el poder, incluso si eso significaba entregar a su propio presidente para salvarse a sí misma.
La historia de Delcir Rodríguez es una de las más complejas y trágicas de Venezuela.
Desde la niña que juró vengar la muerte de su padre hasta la mujer que, al llegar al poder, se convirtió en lo que su padre luchó contra.
En su búsqueda por la justicia, Delcir ha dejado un rastro de contradicciones: ha defendido un régimen que ha oprimido a su pueblo, ha acumulado riquezas mientras la gente sufre y ha dejado de lado el amor y la familia por el poder.
A lo largo de los años, su rabia y venganza se han convertido en su única motivación, y lo que alguna vez fue una promesa de justicia se ha transformado en una lucha por el control.
Aunque su ascenso al poder fue imparable, el costo personal fue enorme.
A los 56 años, Delcir Rodríguez ha pagado un precio alto por su venganza, y ahora se enfrenta a las consecuencias de sus decisiones.
La historia de su vida es una reflexión sobre el poder, la justicia y el precio que uno está dispuesto a pagar para alcanzarlos.
Al final, la venganza puede ser un motor poderoso, pero también puede consumir a quienes la llevan dentro.
¿Realmente valió la pena todo lo que sacrificó? Eso es lo que se preguntan millones de venezolanos, mientras Delcir continúa gobernando un país devastado por su propio legado.

Este contenido está inspirado en hechos reales, pero puede incluir recreaciones, nombres cambiados y elementos ficcionales con fines narrativos y de entretenimiento.
No glorificamos la violencia ni promovemos conductas ilegales.
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Toda semejanza con personas o situaciones no señaladas puede ser coincidencia.