En el umbral de sus 60 años, Enrique Peña Nieto volvió a hablar, pero no desde México, ni en un espacio institucional, sino desde la distancia cómoda de Europa.
No fue una comparecencia judicial ni un mensaje de rendición de cuentas con formato oficial.
Fue más bien una serie de frases sueltas, con tono de balance personal, que reabrieron viejas heridas.
El exmandatario que alguna vez representó la promesa de “un nuevo México” reapareció como una figura discreta, casi desdibujada, caminando lejos del país que gobernó en uno de los periodos más cuestionados de su historia reciente.
Ese contraste alimentó una pregunta inevitable.
Qué significa romper el silencio después de tanto tiempo, cuando la reputación pública ya está marcada y los hechos siguen siendo materia de disputa.
Durante su presidencia, el discurso de modernidad convivió con episodios que deterioraron la confianza ciudadana.
La seguridad, la corrupción, las tensiones institucionales y las crisis de credibilidad se fueron acumulando hasta convertir el sєxenio en un símbolo de desgaste.
En ese proceso, el silencio se transformó en parte del problema.
Para muchos mexicanos, no fue solo lo que ocurrió, sino la manera en que se evitó explicar, detallar o asumir responsabilidades políticas con claridad.
Por eso, cuando el exmandatario dejó escapar que “hubo cosas que no podían decirse en su momento”, el impacto no fue legal, sino moral y narrativo.
La frase sugería que la verdad completa, o al menos la verdad que él conoció, estaba condicionada por fuerzas mayores al individuo.
El relato de Peña Nieto, para quienes lo observan desde la historia política mexicana, no comienza en Los Pinos.
Comienza en el origen y en la arquitectura del poder que lo elevó.

Atlacomulco, el Estado de México y las redes priistas tradicionales aparecen como el suelo de su carrera.
No se trató únicamente de talento personal o de un ascenso espontáneo, sino de una ruta con padrinazgos, alianzas y mecanismos de promoción que el partido dominó durante décadas.
La preparación académica, los vínculos institucionales y la habilidad para moverse dentro de esas estructuras fueron parte del trayecto.
Pero lo que lo distinguió en un momento clave fue la construcción de imagen.
Con la llegada de la política-espectáculo, Peña Nieto se convirtió en un activo mediático.
La gobernatura del Estado de México operó como un laboratorio de visibilidad.
Obras, compromisos, inauguraciones y mensajes se diseñaron como piezas de comunicación masiva.
En ese modelo, la percepción fue tan importante como la gestión.
Para muchos críticos, esa estrategia no solo buscó informar, sino moldear un personaje.
Y en 2012, cuando compitió por la presidencia, el personaje ya estaba instalado.
Al inicio del sєxenio, la administración se presentó como eficiente, moderna y reformista.
Se impulsaron cambios estructurales y se activó una narrativa internacional favorable.
Sin embargo, la distancia entre el relato y la experiencia cotidiana de millones comenzó a crecer.
La relación con el dolor social fue uno de los puntos más sensibles.
Cuando se presentaron crisis graves, la comunicación oficial fue percibida como fría, tardía o insuficiente para la dimensión del momento.
En una sociedad marcada por violencia, desigualdad y hartazgo, esa falta de conexión emocional se convirtió en un costo político alto.
Luego llegaron escándalos que golpearon el corazón simbólico del gobierno.
Uno de los más emblemáticos fue el cuestionamiento sobre una residencia asociada a un contratista del Estado, que instaló la sospecha de conflicto de interés y privilegio.
El debate no se limitó a la propiedad, sino a la idea de que el poder podía beneficiarse de relaciones empresariales sin rendición plena de cuentas.
La respuesta pública fue interpretada por amplios sectores como defensiva y poco convincente.
A partir de ahí, la credibilidad se erosionó con más facilidad.
Cada episodio posterior encontraba un terreno social ya contaminado por la desconfianza.
Con el paso del tiempo, la presidencia dejó de verse como un liderazgo sólido y pasó a entenderse como una administración atrapada entre control mediático y crisis reales.
La popularidad cayó, los discursos se volvieron blanco de crítica y el gobierno fue perdiendo capacidad de persuasión.
Al final del sєxenio, el cierre no tuvo aura de legado, sino de agotamiento.
Tras dejar el cargo, Peña Nieto se alejó de México y optó por una vida privada en el exterior.
Ese retiro reforzó la percepción de evasión entre quienes esperaban explicaciones directas.
Y en ese vacío, la memoria pública siguió llenándose con investigaciones, testimonios, versiones contradictorias y debates sin resolución definitiva.
Años después, sus declaraciones desde Europa no entregaron pruebas ni detalles verificables.
Tampoco constituyeron una admisión formal de delitos.
Pero sí movieron el eje del debate hacia una idea inquietante.
Que hubo silencios estratégicos, y que esos silencios no necesariamente respondían a incapacidad, sino a cálculo, presión o conveniencia política.
En términos periodísticos, eso no cierra una historia.
La vuelve más compleja.
Porque si el exmandatario sugiere que la verdad era peligrosa cuando estaba en el poder, entonces el foco deja de ser solo la persona.
El foco pasa a ser el sistema.
Un sistema que premia la imagen, administra el acceso a la información y protege equilibrios mediante acuerdos tácitos.
Esa lectura conecta con una sensación extendida en México.
Que la política no solo compite en elecciones, sino que negocia silencios para sobrevivir.
Y que la rendición de cuentas real rara vez ocurre en el tiempo emocional de las víctimas y de la ciudadanía.
Hoy, Peña Nieto aparece como una figura que intenta reescribir su papel sin asumir el peso completo de lo ocurrido.
Habla lo suficiente para insinuar conciencia, pero no lo bastante para cerrar heridas.
Eso mantiene viva la tensión entre memoria e impunidad percibida.
Y también explica por qué su nombre continúa generando debate aun lejos del país.
La pregunta final, entonces, no es solo qué dijo o qué omitió.
La pregunta es qué revela su silencio sobre la forma en que México ha sido gobernado.
En ese sentido, la historia no termina con el retiro europeo ni con frases sueltas ante una cámara.
Termina, o continuará, en el terreno más duro para cualquier político.
El juicio social de la memoria.
Ese que no se suspende por la distancia, no prescribe con el tiempo y no depende de micrófonos oficiales.
Porque cuando un expresidente admite que calló, aunque sea de manera indirecta, el país inevitablemente responde con otra pregunta.
Si él calló por miedo o por conveniencia, quién más sabía.
Y quién más decidió guardar silencio también.