María Félix, conocida como “La Doña”, dejó una huella imborrable en la cultura mexicana.
No solo fue una de las figuras más emblemáticas del cine mexicano, sino también una mujer cuya vida estuvo marcada por la rebeldía, la fuerza y la independencia, características que definieron tanto su carrera como su carácter.
Su muerte, el 8 de abril de 2002, fue tan simbólica como su vida: falleció el mismo día en que nació, un hecho que muchos consideraron como una ironía poética, un cierre perfecto de un círculo que comenzó en 1914.
Sin embargo, detrás de su imagen de icono intocable y poderosa, se encuentra una historia de contradicciones, sufrimientos y decisiones difíciles que marcaron el curso de su vida.
María Félix nació en Álamos, Sonora, en una familia marcada por la disciplina y las estrictas normas de la época.
Desde su infancia, demostró una personalidad rebelde que desafiaría todas las expectativas de su entorno.
A lo largo de su vida, María se enfrentó a amores perdidos, matrimonios complicados, y una carrera que, aunque exitosa, estuvo llena de sacrificios.
No obstante, lo que la hizo realmente única no fue solo su belleza, sino su capacidad para mantenerse fiel a sí misma en un mundo que no estaba dispuesto a aceptar a una mujer como ella: audaz, orgullosa y, sobre todo, libre.
Esta es la historia de María Félix, la mujer que, con su personalidad indomable, transformó la imagen de la mujer en el cine mexicano y cuya vida, marcada por el lujo y el sufrimiento, sigue siendo una figura de culto.
Una infancia marcada por el desafío
María Félix nació el 8 de abril de 1914 en Álamos, Sonora, en una familia que, a pesar de su origen modesto, estaba determinada a imponer orden y disciplina.
Su padre, Bernardo Félix Floris, era un hombre de carácter firme, con una marcada orientación militar y política.
Su madre, Josefina Hüereña Rosas, era profundamente religiosa y educada en un convento, lo que la hacía seguir reglas estrictas.
En un entorno donde la obediencia era la norma, María se mostró desde pequeña como una niña indomable, desafiando las expectativas tradicionales de su género y lugar.
Mientras sus hermanas jugaban con muñecas y aprendían a ser “señoritas”, María prefería correr con los niños, trepar árboles y montar a caballo.
Su energía, su valentía y su carácter rebelde desconcertaban a sus padres.
En lugar de conformarse con las expectativas, María vivió su vida sin miedo, sabiendo desde joven que no había nacido para obedecer.
Esa rebeldía sería la marca de su vida, una característica que la acompañó a lo largo de toda su carrera y que, a la larga, la haría destacar en un mundo cinematográfico dominado por hombres.
El primer amor y la tragedia de la separación

En su juventud, María encontró en su hermano mayor, Pablo Félix Guereña, un modelo a seguir, su protector y su confidente.
Juntos compartieron muchos momentos de su niñez, como montar a caballo y aprender canciones rancheras.
Su relación fue cercana y sólida, pero con el tiempo, esa admiración se transformó en algo más profundo, algo prohibido.
María reconoció años después que su primer amor verdadero fue su hermano Pablo.
Este sentimiento, aunque inconfeso y complicado, dejó una marca profunda en su vida.
Sin embargo, esa relación fue abruptamente interrumpida por su madre, que, al darse cuenta de los sentimientos de María, decidió separarlos, enviando a Pablo a trabajar lejos de la familia y prohibiendo cualquier contacto entre ellos.
Para María, este fue el primer abandono significativo de su vida, un golpe emocional que, como tantas otras tragedias, la acompañó por siempre.
Esta herida no sanó nunca, y desde ese momento, las relaciones que María estableció con los hombres serían profundamente marcadas por este vacío.
A pesar de esta separación forzada, María encontró en su belleza un arma poderosa que, más tarde, le abriría puertas en el mundo del cine.
El descubrimiento de su belleza y el inicio en el cine
A los 14 años, María se mudó con su familia a Guadalajara, donde comenzó a explorar las oportunidades que la vida le ofrecía.
Fue en esta ciudad donde se dio cuenta del poder de su belleza.
No era solo una belleza convencional, sino una presencia magnética que atraía todas las miradas.
Su fama creció rápidamente: fue elegida reina estudiantil y del carnaval, y se convirtió en el centro de atención dondequiera que iba.
Fue aquí donde empezó a entender que su apariencia era un medio para conseguir lo que deseaba, un poder que sabía cómo manejar.
A pesar de la estricta educación religiosa que su madre le proporcionó, María Félix no se sometió a las normas establecidas.
Fue expulsada en varias ocasiones de los conventos a los que su madre la enviaba, debido a su carácter rebelde y su negativa a aceptar las reglas que consideraba injustas.
A los 17 años, decidió casarse con Enrique Álvarez de la Torre, un hombre mayor y bien posicionado que le ofrecía estabilidad, algo que ella pensaba que necesitaba en ese momento.
Sin embargo, el matrimonio pronto se convirtió en una prisión emocional.
Los celos obsesivos de Enrique, las constantes discusiones y el control absoluto de su vida personal llevaron a María a tomar una decisión que marcaría su destino: se divorció, sin dinero, pero con la determinación de seguir adelante.

El triunfo en el cine mexicano
Después del divorcio, María comenzó una nueva etapa en su vida, buscando recuperar lo que había perdido.
Vivió en la Ciudad de México, trabajando como recepcionista en un consultorio, mientras luchaba por recuperar a su hijo, Enrique Álvarez Félix, quien había sido arrebatado de su vida por su exesposo.
Fue en este momento de desesperación que el destino intervino.
Un director de cine, Miguel Zacarías, la vio en la calle y reconoció en ella algo que los demás no veían: una estrella en potencia.
Sin formación en actuación y sin experiencia en el cine, María aceptó una prueba sin garantías.
Esta prueba fue el inicio de una carrera meteórica.
El papel en El Peñón de las Ánimas (1943) marcó el inicio de su carrera como actriz, y pronto se convirtió en la protagonista indiscutida del cine mexicano.
A pesar de los intentos de algunos actores como Jorge Negrete por socavar su presencia, María Félix se ganó el respeto de todos con su personalidad arrolladora y su talento innegable.
Su ascenso en la industria fue rápido, y el cine mexicano comenzó a cambiar para adaptarse a su imagen: una mujer fuerte, dominante, que no pedía permiso para existir.
La consolidación de “La Doña” y sus relaciones
María Félix no solo se convirtió en una estrella de cine, sino también en un símbolo cultural.
Con el tiempo, su nombre se asoció con el poder, la belleza y la independencia femenina.
Su interpretación de Doña Bárbara (1943) la consolidó como una de las figuras más importantes de la cinematografía mexicana.
El personaje que interpretó en esa película fue mucho más que un papel; fue una declaración de su fuerza y autonomía.
Desde ese momento, María Félix dejó de ser solo una actriz: comenzó a interpretarse a sí misma, tanto en la pantalla como fuera de ella.
En su vida personal, María continuó siendo una mujer de carácter fuerte, y sus relaciones amorosas también fueron intensas y dramáticas.
Su relación con el compositor Agustín Lara fue una de las más destacadas, aunque no exenta de dificultades.
La pasión entre ellos fue indiscutible, pero los celos y el control por parte de Lara hicieron que la relación se tornara insostenible.
María no temió tomar la decisión de divorciarse, aunque lo hizo con la conciencia de que esta fue la mejor opción para su felicidad.
En su vida posterior, María nunca volvió a casarse por amor, y aunque tuvo otras relaciones, ninguna logró atraparla de la misma manera.
El legado de María Félix
La vida de María Félix estuvo marcada por las decisiones radicales, por la lucha constante por mantenerse fiel a sí misma y por su capacidad para transformar su vida en una historia de poder y éxito.
Aunque su vida estuvo llena de momentos de lujo, fama y adoración, también estuvo plagada de dolor, pérdida y sacrificios.
Su relación con su hijo, su dolor por la pérdida de su primer gran amor y su retiro temprano del cine dejaron huellas profundas en su vida.
Al morir, María Félix dejó un legado complejo, que no solo se limita a sus películas o su imagen como “La Doña”, sino que se extiende a la influencia que tuvo en la representación de la mujer en el cine mexicano.

Su historia es un ejemplo de resistencia, de lucha por la autonomía personal y de la capacidad de una mujer para desafiar las normas impuestas por la sociedad.
María Félix no fue solo una estrella del cine, fue un fenómeno cultural que sigue siendo admirado y debatido en la actualidad.