La vida y el legado de Margarito Esparza: El hombre más pequeño del mundo
Hablar de Margarito Esparza Nevares es recordar a un hombre que, a pesar de su pequeña estatura de apenas 70 cm, vivió una vida llena de momentos impactantes, no solo en los escenarios, sino en las sombras de la fama.
Conocido como el actor más pequeño del mundo, Margarito compartió pantalla con leyendas como Germán Valdés “Tin Tan”, se convirtió en una figura recurrente en la televisión mexicana y, aunque estuvo rodeado de la gloria, también enfrentó muchas dificultades personales que lo llevaron a una vida marcada por el abandono, la soledad y la enfermedad.
Fue un hombre que pasó de ser una figura admirada a un ser olvidado y vulnerable.
Sin embargo, su historia, aunque llena de sacrificios y sufrimiento, también es un testimonio de la lucha y el coraje para seguir adelante a pesar de todo.
Margarito Esparza Nevares nació en 1936 en San Ignacio, Sinaloa, México, con un diagnóstico de enanismo hipofisario, una condición rara que afecta la producción de la hormona del crecimiento en la glándula pituitaria, lo que resultó en su pequeña estatura, pero también en una estructura corporal proporcional.
Desde joven, su vida estuvo marcada por desafíos físicos y sociales, y a pesar de los prejuicios y la discriminación que enfrentó, Margarito nunca dejó que su estatura definiera su destino.
Desde niño, mostró un interés por el mundo del espectáculo, un deseo que lo llevó a buscar oportunidades en el cine y la televisión mexicana.
En la década de 1950, Margarito comenzó a conseguir pequeños papeles en el cine mexicano, aunque muchos de estos roles eran más bien secundarios o cómicos.

Apareció en películas populares de la época de oro como El mariachi desconocido, Soy un golfo y Pura vida, en las cuales, aunque su nombre no aparecía en los créditos, su presencia en pantalla no pasaba desapercibida.
Fue en estas producciones donde comenzó a hacerse un nombre, no solo por su estatura, sino también por su voz aguda y su capacidad para conectar con el público.
Su participación más destacada en el cine fue junto a Tin Tan, una de las figuras cómicas más populares de la época, con quien compartió roles en películas como La odalisca número 13 y Una noche con el diablo.
La relación profesional entre ambos fue clave para el ascenso de Margarito en la industria del entretenimiento mexicano.
Sin embargo, la carrera de Margarito no solo se limitó al cine.
En televisión, tuvo su primera participación importante en el programa infantil Los juguetes de Gamboín, conducido por el famoso Ramiro Gamboa, conocido como “el tío Gamboín”.
En este programa, Margarito apareció como un “juguete viviente”, sentado dentro de una caja de cartón, lo que aprovechaba su tamaño para crear un efecto visual único.
Este tipo de papel lo marcó durante gran parte de su carrera, ya que la industria del entretenimiento lo veía principalmente como una curiosidad, un recurso cómico que podía ser utilizado en programas de variedades o en sketches humorísticos, pero sin mucha agencia como actor.
A pesar de estos límites, Margarito continuó trabajando en la industria, aceptando roles que lo mantenían en el ojo público, pero también lo relegaban a papeles que, aunque le daban visibilidad, no lo permitían desarrollar todo su potencial como artista.
Su vida personal fue tan difícil como su carrera profesional, y a lo largo de los años, sufrió la pérdida de seres queridos.
En 1960, ambos de sus padres murieron con poco tiempo de diferencia, lo que lo dejó sin el apoyo emocional que necesitaba.
La muerte de su madre fue especialmente dolorosa, ya que tras ese evento, Margarito se vio aún más solo, enfrentando las dificultades de la vida sin tener a su familia cercana para apoyarlo.
En este período de su vida, su carrera sufrió un gran golpe, y aunque en sus primeras décadas había sido un rostro habitual en el cine y la televisión, durante los años posteriores su visibilidad comenzó a disminuir.
En la década de 1970, Margarito se trasladó a El Salvador, donde se casó con Rosa Urbina Miranda y tuvo tres hijos.
Aunque en El Salvador continuó trabajando como cantante y actuando en pequeños eventos, las oportunidades en el entretenimiento eran limitadas, y su vida personal también comenzó a desmoronarse.
La relación con su esposa fue complicada y estuvo marcada por problemas financieros, lo que llevó a una separación en los años 80.
En este tiempo, Margarito comenzó a lidiar con la presión de ser una figura pública constantemente ridiculizada por su tamaño, lo que afectó su autoestima.
Aunque era respetado por algunos por su talento como cantante, muchos lo veían como una curiosidad más que como un artista serio, y esa percepción de ser una figura “graciosa” o “exótica” lo limitó profesionalmente.
Después de varios años de estar ausente del ojo público, Margarito regresó a México en los años 90, pero su regreso no fue fácil.
En la televisión mexicana, su participación en programas cómicos como No Manches, Ponchivisión y Las Noches del Fútbol lo colocó nuevamente en los reflectores, pero esta vez en un papel que seguía siendo más de entretenimiento físico que de actuación seria.
A pesar de que los productores lo seguían invitando a participar, su presencia era frecuentemente utilizada como un elemento de sorpresa, basándose en su estatura para generar risa o asombro.
Sin embargo, a pesar de estas limitaciones, Margarito nunca dejó de aceptar estos trabajos, ya que representaban una de las pocas maneras de mantenerse activo en la industria y ganar algún ingreso.
La vida de Margarito llegó a un punto de quiebre en 2015, cuando un video que lo mostraba en condiciones precarias, rodeado de sus pertenencias en bolsas de plástico frente a un edificio, se hizo viral en redes sociales.
La imagen de Margarito, tan familiar para generaciones de mexicanos, pero ahora demacrado y olvidado, conmocionó al país.
Este episodio reflejó la realidad de muchos artistas veteranos que, a pesar de haber alcanzado la fama en su juventud, se ven abandonados por la industria cuando ya no son rentables.
La difusión de esta imagen puso en evidencia la difícil situación que vivió Margarito en sus últimos años, viviendo entre alquileres temporales y presentaciones callejeras, lejos de los grandes escenarios que una vez lo vieron brillar.
En 2016, la tragedia llegó cuando Margarito falleció en Puebla tras haber sido hospitalizado por una grave neumonía.
Su muerte pasó desapercibida para muchos, y fue solo después de su deceso cuando las redes sociales comenzaron a llenar el vacío de su historia.
A pesar de que su familia había luchado por mantener su vida privada, la exposición mediática siguió su curso, alimentando más rumores y especulaciones sobre su vida personal.
El hospital, al que llegó después de enfermarse tras una presentación en la feria local, fue el lugar donde finalmente murió a los 79 años.
La imagen de Margarito en el hospital, publicada antes de su fallecimiento, generó críticas por la falta de respeto a su privacidad, pero también dejó en evidencia cómo la industria lo había tratado: como un objeto de entretenimiento hasta el final.
El legado de Margarito Esparza sigue presente, pero también nos deja una lección sobre la fragilidad del éxito en la industria del entretenimiento.
A pesar de que su vida fue difícil, marcada por el abandono y la soledad, Margarito Esparza dejó una huella en la cultura popular mexicana que no se puede borrar.
Su historia es un testimonio de lucha, de cómo un hombre con un talento único logró abrirse camino en un mundo que muchas veces no lo aceptó como un igual.
Aunque su carrera terminó de manera triste y olvidada, su nombre sigue siendo recordado por aquellos que lo vieron crecer en los escenarios y por los que hoy aún aprecian su talento.

Su vida, aunque rodeada de dificultades, fue un claro ejemplo de resiliencia en el mundo del entretenimiento.