La noticia del fallecimiento de Rodolfo Hernández se conoció en las primeras horas del 2 de septiembre y generó una reacción inmediata en distintos sectores de la sociedad colombiana.
Durante la jornada, la confirmación oficial por parte del centro médico donde permanecía hospitalizado puso fin a varios días de expectativa sobre su delicado estado de salud.
El comunicado difundido por la institución médica señaló que, pese a los esfuerzos del equipo profesional que lo atendió de manera constante, el deceso fue inevitable.
La información fue acompañada de un mensaje de condolencias dirigido a sus familiares, amigos, allegados y seguidores, así como de un pedido explícito de respeto a la privacidad en este momento de duelo.
Con su fallecimiento se cierra un capítulo significativo de la política reciente del país, marcado por una figura que despertó adhesiones intensas y rechazos igualmente firmes.
Para muchos ciudadanos, su nombre quedó asociado a una etapa de inconformismo social canalizado a través de un discurso directo y confrontacional.
Rodolfo Hernández nació en Piedecuesta, departamento de Santander, en el seno de una familia de origen campesino que influyó de manera decisiva en su carácter y visión de vida.
Desde joven se formó como ingeniero, profesión que no solo definió su trayectoria laboral inicial, sino que también marcó su estilo posterior en la administración pública.
Durante años se mantuvo vinculado al sector empresarial, construyendo una imagen de gestor pragmático, orientado a resultados y con un lenguaje alejado de los códigos tradicionales de la política.
Su ingreso al escenario político nacional se produjo tras una etapa de visibilidad local que lo proyectó como una figura disruptiva dentro del panorama institucional.
Quienes lo conocieron de cerca suelen describirlo como un hombre de temperamento fuerte, convicciones rígidas y una comunicación frontal que evitaba los matices diplomáticos.
Esa personalidad, que para algunos resultaba incómoda, fue precisamente la que le permitió conectar con amplios sectores inconformes con las élites tradicionales.
El punto de quiebre en su proyección pública se dio durante su paso por la Alcaldía de Bucaramanga, cargo desde el cual adquirió notoriedad nacional.
Su administración estuvo marcada por un discurso enfocado en la lucha contra la corrupción y la crítica abierta a prácticas que consideraba nocivas para la gestión pública.
Ese periodo también estuvo acompañado de controversias, decisiones cuestionadas y enfrentamientos verbales que lo mantuvieron constantemente en el centro del debate mediático.
Sin embargo, para una parte significativa de la ciudadanía, esas polémicas reforzaron la imagen de un líder ajeno a los formalismos y dispuesto a confrontar al poder establecido.
La combinación de confrontación, lenguaje coloquial y uso intensivo de redes sociales lo convirtió en una figura difícil de ignorar en el escenario político colombiano.

Desde allí comenzó a gestarse un capital político que trascendió lo local y lo posicionó como alternativa en el ámbito nacional.
Esa proyección alcanzó su punto máximo cuando decidió postularse a la Presidencia de la República, respaldado por un movimiento político que giraba en torno a su figura.
Durante la campaña, Hernández logró captar la atención de votantes desencantados con las opciones tradicionales, apelando a un mensaje de cambio radical.
Su desempeño electoral fue significativo, alcanzando el segundo lugar y quedando muy cerca de la jefatura del Estado, un resultado que sorprendió a analistas y encuestadores.
Aunque no logró la victoria, su participación dejó una huella clara en el sistema político, evidenciando la profundidad del malestar social existente.
Tras ese proceso, continuó siendo un referente para un sector de la opinión pública que veía en él una voz incómoda pero necesaria.
Al momento de su fallecimiento, ejercía como líder de un partido político propio, manteniendo presencia en el debate nacional pese a sus limitaciones de salud.
En los meses previos a su muerte, el propio Hernández había hecho pública la gravedad de su estado médico, generando una reacción empática incluso entre sus críticos.
Durante una audiencia relacionada con un proceso judicial en el que se encontraba involucrado, manifestó entre lágrimas que padecía una enfermedad en fase avanzada.
En esa intervención reconoció que había intentado diversos tratamientos y procedimientos, aunque el avance del padecimiento superó las posibilidades médicas disponibles.
Ese testimonio marcó un momento de quiebre en su imagen pública, mostrando una faceta vulnerable poco habitual en su trayectoria política.
Con el paso de las semanas, su estado se fue deteriorando hasta requerir hospitalización prolongada, acompañada por su círculo familiar más cercano.
Imágenes difundidas tras su fallecimiento mostraron a sus allegados reunidos en un gesto de dolor compartido, reflejando el impacto humano de la pérdida.
Las reacciones a su muerte incluyeron mensajes institucionales y pronunciamientos de distintas figuras públicas, entre ellas el presidente Gustavo Petro, quien expresó condolencias a la familia.
Más allá de las diferencias ideológicas, varios sectores reconocieron la influencia que Hernández tuvo en la configuración del debate político contemporáneo.
Su figura seguirá siendo objeto de análisis, tanto por el estilo que introdujo como por las tensiones que generó dentro del sistema democrático.
Para algunos, representó una ruptura necesaria con prácticas arraigadas; para otros, un liderazgo problemático marcado por la confrontación constante.
Lo cierto es que su muerte invita a una reflexión más amplia sobre el tipo de liderazgos que emergen en contextos de crisis institucional y desconfianza ciudadana.
En el recuerdo colectivo quedará la imagen de un personaje complejo, polémico y profundamente influyente, cuya trayectoria dejó una marca difícil de ignorar en la historia política reciente de Colombia.