Durante más de tres décadas, el nombre de Romina Power ha estado envuelto en un silencio denso, casi reverencial, que mezcló amor, pérdida, misterio y una herida abierta que nunca terminó de cerrarse ante la opinión pública internacional.
Ese silencio no fue vacío ni ausencia, sino una forma de resistencia íntima frente a una tragedia que transformó para siempre su vida personal, su identidad artística y su relación con el mundo que durante años la observó como un símbolo de felicidad idealizada.
Ahora, con setenta y cuatro años, Romina decide hablar con una serenidad inquietante, no para provocar escándalo, sino para recuperar su propia voz frente a narrativas ajenas que durante décadas se impusieron sobre su dolor.
Sus palabras no buscan ofrecer certezas definitivas, sino exponer una verdad emocional que se negó a desaparecer con el paso del tiempo, incluso cuando la industria del espectáculo y la opinión pública exigían cierre, conclusión o resignación.
El eje de ese silencio prolongado siempre fue la desaparición de su hija, un hecho que fracturó no solo una familia, sino también una de las historias de amor más emblemáticas de la música europea contemporánea.
Antes de que la tragedia lo consumiera todo, Al Bano y Romina Power representaron una fantasía colectiva de amor eterno, construida tanto sobre melodías románticas como sobre una complicidad escénica que parecía auténtica e inquebrantable.
Durante los años ochenta y noventa, su imagen pública fusionaba música, matrimonio y devoción, ofreciendo al público una narrativa donde el amor no era solo cantado, sino vivido frente a millones de espectadores.
Ese vínculo, sin embargo, no nació en un contexto ideal, sino del choque entre dos mundos profundamente distintos que parecían destinados a no encontrarse jamás.
Él provenía de una familia humilde del sur de Italia, forjada en el trabajo agrícola, la disciplina y la fe, mientras ella creció entre estudios cinematográficos, internados europeos y la herencia simbólica de Hollywood.
La unión de ambos, lejos de ser sencilla, se construyó en medio de resistencias familiares, prejuicios sociales y una exposición mediática constante que nunca permitió una intimidad completamente protegida.
La historia personal de Al Bano comenzó en Cellino San Marco, donde su infancia estuvo marcada por la austeridad y por un nombre que recordaba el pasado bélico de su padre durante la Segunda Guerra Mundial.
Desde joven, desafió las expectativas familiares al elegir la música como destino, apostando por una carrera artística que lo llevaría al Festival de Sanremo y al reconocimiento nacional italiano.
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Su ascenso se consolidó con “Nel Sole”, una canción que no solo lo catapultó al estrellato, sino que también cambió su vida personal de manera irreversible.
Durante el rodaje de la película homónima, conoció a Romina Power, una adolescente de dieciséis años cuya presencia luminosa contrastaba con su propio origen rural y su carácter reservado.
La conexión entre ambos fue inmediata, aunque inicialmente silenciosa, creciendo en intensidad lejos de las cámaras hasta convertirse en un lazo imposible de ignorar.
Romina, por su parte, había nacido bajo el peso simbólico de una herencia cinematográfica poderosa, siendo hija del legendario Tyrone Power y de la actriz Linda Christian.
Su infancia estuvo atravesada por el lujo, los viajes constantes y una pérdida temprana que marcaría profundamente su mundo emocional y su relación con el afecto.
La muerte repentina de su padre cuando ella aún era una niña dejó una huella que más tarde influiría en su manera de amar, de aferrarse y de resistirse al abandono.
A pesar de la fama temprana y de una educación privilegiada, Romina desarrolló una sensibilidad introspectiva que la alejaba del estereotipo superficial asociado a Hollywood.
Cuando eligió a Al Bano, no lo hizo desde la rebeldía juvenil, sino desde una convicción profunda de que el amor no debía responder a jerarquías sociales ni expectativas externas.
El matrimonio entre ambos, celebrado en 1970 ante miles de personas, fue tanto un acto de amor como una respuesta a las presiones culturales de la época, donde el embarazo fuera del matrimonio era socialmente condenado.
Aquella boda multitudinaria, lejos de ser íntima, simbolizó desde el inicio una vida compartida bajo la mirada constante del público y los medios.
Durante años, esa exposición fue amortiguada por el éxito artístico conjunto, por canciones que hablaban de esperanza, fidelidad y felicidad compartida.
Su consolidación como dúo musical los convirtió en referentes internacionales, conquistando Europa y América Latina con melodías sencillas, emotivas y universalmente comprensibles.
Sin embargo, detrás de esa armonía pública se acumulaban tensiones silenciosas, diferencias de carácter y una presión constante que fue erosionando lentamente el equilibrio emocional de la pareja.
El quiebre definitivo llegó el seis de enero de 1994 con la desaparición de Ylenia Carrisi en Nueva Orleans, un hecho que transformó el amor en duelo y la esperanza en incertidumbre permanente.

Ylenia, joven culta, políglota y creativa, había decidido explorar el mundo lejos del apellido que la precedía, buscando una identidad propia fuera del escenario familiar.
Su desaparición generó una avalancha de teorías, especulaciones y versiones que nunca lograron ofrecer una respuesta definitiva ni un cierre emocional a sus padres.
Mientras algunos sostenían hipótesis de muerte, otros alimentaban la idea de una desaparición voluntaria, ninguna respaldada por pruebas concluyentes.
Para Romina, aceptar la muerte sin certeza equivalía a traicionar un vínculo invisible que, como madre, afirmaba seguir sintiendo con absoluta claridad.
Con el paso de los años, esa diferencia esencial entre aceptar y esperar se convirtió en una grieta irreparable entre Romina y Al Bano.
Él, agotado por la espera interminable, buscó un cierre legal que le permitiera seguir viviendo, mientras ella se aferró a la intuición materna como única forma de supervivencia emocional.

La tragedia no solo destruyó un matrimonio, sino que redefinió la identidad de ambos, separándolos en caminos vitales opuestos.
El divorcio, formalizado muchos años después, fue solo el desenlace administrativo de una ruptura que había ocurrido mucho antes en el plano íntimo.
Las disputas legales y las acusaciones públicas que siguieron profundizaron la herida, alimentando una narrativa mediática que redujo el dolor humano a titulares simplificados.
Romina optó por el retiro, alejándose de Italia y reconstruyendo su vida desde el silencio, la pintura, la escritura y una conexión más profunda con la naturaleza.
Al Bano, en cambio, permaneció en su tierra, refugiándose en la música, la fe y el trabajo agrícola como formas de sostén emocional.
Los reencuentros esporádicos sobre el escenario, especialmente en Sanremo, despertaron nostalgia y emociones contradictorias tanto en ellos como en el público.
Esas apariciones conjuntas nunca significaron una reconciliación sentimental, sino un reconocimiento tácito de una historia compartida imposible de borrar.
La música volvió a unirlos solo como artistas marcados por una tragedia común, no como una pareja dispuesta a reconstruirse.
En 2025, Romina Power decidió romper definitivamente su silencio con la publicación de sus memorias, un acto que no busca revancha, sino reapropiación de su propio relato.
En ese libro, reafirma su convicción de que su hija sigue viva y denuncia el daño causado por décadas de especulación irresponsable.
Sus palabras no pretenden convencer, sino explicar cómo el amor de una madre puede sostenerse incluso cuando el mundo exige resignación.
También expone las fisuras de su matrimonio, no desde el rencor, sino desde una mirada madura que reconoce errores, desilusiones y silencios compartidos.
Al cerrar su testimonio, Romina no ofrece respuestas definitivas, sino una pregunta incómoda que permanece abierta para todos.
¿Seguir adelante significa necesariamente renunciar a la esperanza, o puede el amor sobrevivir incluso cuando no existen pruebas ni certezas visibles para sostenerlo?
La historia de Romina Power no es solo la de una estrella marcada por la tragedia, sino la de una mujer que decidió no permitir que otros escribieran el final de su dolor.
Su silencio, lejos de ser olvido, fue una forma de resistencia íntima frente a un mundo que confundió cierre con abandono.
Hoy, al hablar, no reabre una herida, sino que confirma que nunca terminó de cerrarse.
Y en esa verdad incómoda, profundamente humana, reside la fuerza de una madre que aún se niega a dejar ir.