La desaparición de Alfonso Mejía: El niño que dio vida a Los olvidados y su trágica retirada
Alfonso Mejía, un nombre que resonó con fuerza en el cine mexicano, pasó de ser la estrella de una de las películas más emblemáticas del cine latinoamericano a desaparecer del ojo público, dejando tras de sí un legado cinematográfico que muchos recuerdan, pero pocos celebran.
A sus 15 años, interpretó uno de los papeles más complejos y conmovedores de la historia del cine mexicano, el de Pedro en Los olvidados de Luis Buñuel.
Con su rostro marcado por una tristeza profunda, capturó la esencia del sufrimiento de los jóvenes marginados en los barrios pobres de la Ciudad de México, convirtiéndose en el corazón de una obra maestra que sería aclamada en todo el mundo.
Sin embargo, tras ese éxito, la vida de Mejía dio un giro inesperado.
Su carrera se desvaneció sin explicación, y durante más de 50 años, el actor desapareció casi por completo.
¿Qué ocurrió realmente con Alfonso Mejía después de que las cámaras dejaron de rodar? ¿Por qué un joven tan prometedor se retiró tan rápidamente? En este artículo, desvelamos la historia de este actor que desapareció del ojo público, pero cuyo impacto en el cine mexicano nunca fue olvidado.
Alfonso Mejía nació en 1934 en la colonia Roma de la Ciudad de México, en una familia de clase media que no tenía vínculos con la industria del entretenimiento.
Creció en un hogar estable pero sencillo, donde la vida transcurría lejos de los focos del cine y la fama.
A pesar de su contexto modesto, desde pequeño mostró una habilidad destacada para la música y el canto, lo que atrajo la atención de sus profesores y vecinos.
A los 15 años, impulsado por sus amigos, se animó a presentarse a un casting para una película que cambiaría su vida: Los olvidados, dirigida por el exiliado español Luis Buñuel.
El filme, conocido por su visión cruda y realista de la pobreza y la desesperanza, buscaba un joven capaz de transmitir la miseria sin recurrir a la emotividad exagerada.
Buñuel vio en Mejía una presencia única, una mirada melancólica que podía captar la esencia de un joven atrapado entre la pobreza y la violencia de la sociedad mexicana.
El rodaje de Los olvidados fue un proceso intenso y desafiante.
La película, que enfrentaba una dura crítica de la clase política y la industria cinematográfica mexicana, se convirtió en un referente del cine neorrealista.
A pesar de la controversia que generó, la película fue un éxito internacional y consolidó a Luis Buñuel como uno de los grandes maestros del cine mundial.
Alfonso Mejía, con solo 16 años, ganó el Ariel al Mejor Actor Infantil por su interpretación de Pedro, un joven marginado que lucha por encontrar su lugar en un mundo que lo ha abandonado.
Con esta actuación, Mejía pasó de ser un estudiante desconocido a convertirse en una de las figuras más prometedoras del cine mexicano.
Tras su éxito en Los olvidados, la carrera de Mejía parecía estar destinada a grandes cosas.
A lo largo de los años 50, continuó trabajando en el cine mexicano, participando en una variedad de películas que abarcaban desde melodramas hasta realismo social.
Su transición hacia papeles adultos fue un proceso complicado para muchos actores infantiles, pero Mejía logró adaptarse y convertirse en un galán romántico, un joven respetable y moralmente recto en contraste con el personaje de Pedro que había interpretado en su juventud.
Películas como Juventud sin Dios y Quinceañera le valieron una segunda nominación al Ariel, consolidando su estatus como una de las promesas del cine mexicano.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la carrera de Mejía comenzó a cambiar.
A medida que los temas y las estéticas del cine mexicano evolucionaban hacia un cine más político y experimental, la imagen pulcra y respetable que Mejía proyectaba comenzó a sentirse fuera de lugar.
En la segunda mitad de los años 60, el cine mexicano estaba siendo redefinido por una nueva generación de directores y actores que rechazaban las convenciones anteriores.
En contraste, Mejía seguía siendo un rostro recurrente en producciones de estudio que enfatizaban la moralidad de clase media y la movilidad ascendente, valores alineados con la agenda desarrollista de los gobiernos de Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos.
A pesar de su éxito y de su constante presencia en pantalla, Mejía comenzó a distanciarse de la vida pública.
Evitaba las fiestas y los círculos sociales de la industria, optando por mantener un perfil bajo y concentrarse en su trabajo.
Mientras sus contemporáneos como Pedro Infante y Jorge Mistral cultivaban activamente su celebridad, Mejía parecía sentirse incómodo con la fama y las expectativas que conlleva.
Su actitud reservada y su aversión a la exposición mediática lo hicieron aún más enigmático, y muchos comenzaron a preguntarse qué pasaba con él.
La respuesta llegó en 1970, cuando después de participar en Rubí, una adaptación cinematográfica de la exitosa telenovela, Mejía decidió abandonar la actuación.
Con solo 36 años y casi tres décadas en el cine, decidió retirarse sin hacer ningún anuncio público, sin despedidas ni entrevistas.
Simplemente se desvaneció de la vida pública.
La verdadera razón de su retiro, como reveló más tarde en entrevistas privadas, fue profundamente personal.
Durante sus años de fama, Mejía mantuvo una relación con una admiradora llamada Carmelita.
Su relación comenzó a través de cartas que él describió como emocionalmente profundas, y eventualmente se casaron.
Tras su matrimonio, Mejía se trasladó a Chihuahua, lejos del bullicio de la Ciudad de México y de los círculos de la industria cinematográfica.
Allí, comenzó una nueva vida como productor y asesor de contenidos en Canal 28, una estación regional de televisión.
Además, también trabajó como instructor en el Centro de Capacitación para Televisión, donde formó a jóvenes profesionales del medio.
Su transición de figura pública a educador fue total, y durante las siguientes décadas fue conocido entre sus colegas locales como “el licenciado”, un apodo que reflejaba su comportamiento respetuoso y su autoridad tranquila.
Aunque Mejía se alejó de los focos mediáticos, su legado nunca fue olvidado.
En la década de 1990 y principios de los 2000, participó de manera discreta en eventos académicos relacionados con el cine mexicano y Luis Buñuel.

Sin embargo, se mantenía firme en su decisión de no regresar al ojo público ni participar en proyectos retrospectivos.
A pesar de los numerosos homenajes y celebraciones en su honor, Mejía evitaba cualquier atención mediática.
En 2010, aceptó participar en un homenaje organizado por el periódico Vanguardia, pero dejó en claro que no quería hablar de su retiro ni de su vida fuera del cine.
En su escasa intervención, habló sobre su experiencia en Los olvidados y la importancia histórica de la película, pero siempre mantuvo su distancia respecto al reconocimiento público.
La desaparición de Alfonso Mejía
Alfonso Mejía murió en 2021 a los 87 años, a causa de problemas de salud relacionados con la edad.
La noticia de su fallecimiento fue discreta, sin grandes homenajes ni cobertura mediática.
A pesar de su histórica participación en Los olvidados, una película considerada patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO, su muerte pasó casi desapercibida.
La cobertura de prensa fue mínima, y la ausencia de un tributo oficial o nacional generó críticas dentro de la industria del cine.
Muchos profesionales del medio destacaron la importancia de su contribución al cine mexicano, pero la respuesta pública fue casi inexistente.
El hecho de que Mejía nunca buscara protagonismo ni reconocimiento para sí mismo se refleja en su legado.
Aunque Los olvidados sigue siendo un pilar del cine latinoamericano, la figura de Alfonso Mejía permanece en gran medida fuera del foco mediático.
A lo largo de su vida, se alejó de la fama y de la industria para vivir en sus propios términos.
Para Mejía, el olvido fue una elección personal, una forma de escapar de las expectativas de la fama y abrazar una vida más tranquila, lejos de los reflectores.
En su silencio, Mejía demostró que las historias más importantes no siempre provienen de aquellos que son más recordados, sino de los que, a pesar de ser olvidados por el público, continúan moldeando la historia cultural de manera profunda y silenciosa.
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La desaparición de Alfonso Mejía del ojo público no fue una huida ni un fracaso, sino una elección consciente de vivir en sus propios términos, lejos de la fama que alguna vez lo definió.