Fernando Almada y su hermano Mario han sido dos de los nombres más reconocidos en la historia del cine mexicano, especialmente en el género del western y las películas de acción.
Durante décadas, ambos formaron una dupla legendaria, conocida por su química en pantalla y por interpretar a héroes rudos y leales.
Juntos, se convirtieron en un símbolo del cine de acción mexicano, llevando a miles de espectadores a ver sus películas, que se destacaban por su realismo y el estilo único de sus personajes.
Sin embargo, detrás de esa fama y de la vida en la pantalla, se escondía una historia más compleja y, a menudo, marcada por la competencia y las tensiones personales.
Fue solo tras la muerte de Fernando Almada en 2023, a los 94 años, cuando finalmente se conocieron detalles que habían permanecido ocultos durante décadas, revelando una rivalidad silenciosa y un precio personal por vivir a la sombra de su hermano.
La historia de Fernando Almada comenzó en 1959, cuando dio sus primeros pasos en el cine mexicano.
Su carrera no comenzó con grandes producciones, sino en un drama pequeño llamado Milagros de San Martín de Porres, una película de bajo presupuesto que le permitió adentrarse en el mundo de la actuación.
Desde el principio, Fernando se destacó por su disciplina y por su enfoque meticuloso en el arte de la interpretación.
A diferencia de su hermano Mario, que era más impulsivo e instintivo, Fernando veía la actuación como un oficio que debía dominarse, no como un camino fácil hacia la fama.
En paralelo, Mario Almada, su hermano menor, comenzaba a descubrir los entresijos del cine, pero su temperamento lo empujaba hacia la cámara, buscando siempre la adrenalina de la acción y la inmediatez del momento.
A pesar de ser opuestos en su enfoque hacia la vida y la actuación, los hermanos Almada encontraron una fórmula exitosa.
Juntos, crearon una tensión palpable en pantalla que dio a sus películas un pulso único.
Mientras Fernando construía sus personajes con calma y precisión, Mario vivía en la intensidad del momento, impulsado por su energía y su deseo de acción inmediata.
Esta dinámica entre ambos, que muchos consideraron una rivalidad, se convirtió en una de las características más poderosas de su trabajo conjunto.
A lo largo de las décadas de 1970 y 1980, los hermanos Almada se hicieron sinónimos de las películas de acción mexicanas.
Sus películas, como El nido del águila y La banda del carro rojo, no solo fueron un éxito en taquilla, sino que también se convirtieron en un referente cultural.
A pesar de las críticas que desestimaban esas producciones como entretenimiento superficial, las películas de los Almada se destacaron por su mirada honesta hacia las desigualdades sociales y las luchas de las comunidades marginadas, un enfoque que los hacía distintos a otros artistas del género.
Hacia finales de los años 70, Fernando Almada encontró un nuevo camino en la dirección y la escritura de guiones.
Su película El conjuro del pantano, lanzada en 1978, marcó un punto de inflexión en su carrera.
En esta producción, Fernando se alejó de los tiroteos y las persecuciones tradicionales del western para sumergirse en una trama más profunda, donde la moralidad se volvía ambigua y los personajes se enfrentaban a dilemas internos complejos.
Este enfoque más introspectivo le permitió dar una nueva dimensión a sus personajes y a la narrativa del cine mexicano, ofreciendo un contraste con el estilo más directo de Mario.
Fernando, en su carrera, siempre priorizó la precisión y el detalle, trabajando hasta altas horas de la noche para ajustar cada escena y cada línea de diálogo, mientras que Mario se dejaba llevar por la intuición y la emoción del momento.
Sin embargo, a pesar de las diferencias en su estilo de trabajo, los hermanos Almada compartían un lazo inquebrantable.
A lo largo de los años, ambos se enfrentaron a la precariedad de la industria del cine mexicano, especialmente durante las décadas de 1980 y 1990, cuando el financiamiento disminuyó y Hollywood comenzó a dominar las pantallas mexicanas.
A pesar de las dificultades económicas, los hermanos continuaron trabajando y apoyándose mutuamente.
En una entrevista de 1994, Fernando comentó: “Sentíamos que el suelo se movía bajo nuestros pies, pero Mario y yo ya habíamos sobrevivido a cosas peores.
Esto era solo otra cuesta que subir”.
Estos momentos de tensión no solo estuvieron marcados por problemas económicos, sino también por tragedias personales, como la enfermedad de su madre y la muerte de un primo cercano.
Durante esos tiempos difíciles, Fernando fue quien mantuvo la calma y apoyó a su familia, mientras que Mario, con su energía característica, seguía adelante sin detenerse.
La vida personal de Mario Almada también estuvo marcada por una serie de dificultades emocionales y familiares.
Aunque su carrera fue prolífica, su vida personal no estuvo exenta de momentos difíciles, incluyendo un breve matrimonio y problemas de custodia.
Sin embargo, la familia Almada siempre estuvo unida, especialmente en los momentos de crisis.
Fue Fernando quien se encargó de cuidar a la hija de Mario en varias ocasiones, llevando a cabo las tareas cotidianas y cuidando de la niña como si fuera su propia hija.
Estos gestos de apoyo mutuo reflejaban la profunda conexión que existía entre los hermanos, una relación que iba más allá de las películas y que perduró a lo largo de los años.
Cuando Mario Almada falleció en 2016, Fernando experimentó una pérdida devastadora.
Aunque públicamente mantuvo su compostura, aquellos que lo conocían bien sabían que la muerte de su hermano había dejado un vacío profundo en su vida.
En una entrevista posterior, Fernando describió a Mario como “mi compañero de toda la vida”, y recordó que, aunque la imagen pública de Mario era la de un hombre duro y valiente, en su vida privada era un ser muy distinto: amable, tranquilo y muy cercano a su familia.
Esta revelación sobre la verdadera personalidad de Mario cambió la forma en que muchos lo veían, y ofreció una mirada más humana a la leyenda del cine mexicano.
En los últimos años de su vida, Fernando continuó trabajando en proyectos más pequeños y se dedicó a mantener el legado de los Almada.

Sin embargo, la industria del cine mexicano cambió drásticamente, y las oportunidades de trabajo disminuyeron.
Fue entonces cuando Fernando comenzó a reflexionar sobre su carrera y su relación con Mario.
En una entrevista de 2018, Fernando finalmente admitió que había existido una competencia constante y silenciosa entre ellos, pero que nunca hubo resentimientos.
“Nos empujábamos el uno al otro”, dijo Fernando, “y aunque siempre hubo rivalidad, esa rivalidad fue lo que nos mantuvo de pie en una industria que ya había sepultado a tantos otros”.
Esta confesión fue un hito en la narrativa pública de los hermanos Almada, y ofreció una nueva perspectiva sobre su relación y su legado.
El 30 de octubre de 2023, Fernando Almada falleció a los 94 años.
Su muerte fue un momento triste para el cine mexicano, ya que perdimos a uno de los últimos grandes exponentes de una época dorada del cine nacional.
Sin embargo, su legado perdura en sus películas, en su enfoque único de la actuación y en la relación entrañable que compartió con su hermano Mario.
Los hermanos Almada no solo fueron una pareja icónica en el cine, sino también un reflejo de la lealtad, la generosidad y la solidaridad que caracteriza a los grandes artistas.
Aunque la industria cambió, y los tiempos avanzaron, la huella que dejaron ambos hermanos sigue viva en el corazón del cine mexicano y en la memoria de aquellos que disfrutaron de su arte.